viernes, 30 de enero de 2015

Ladrones de perros


-Esta mañana fue más evidente que nunca, por eso me arriesgué a que regresara el tipo del furgón y me sorprendiera infraganti espiando; no me atreví a entrar en el almacén pero lo que pude ver por las ventanas del callejón fue suficiente como para asegurarme de que lo que te estoy contando no son alucinaciones mías. Desde hace algo más de una semana llega el cómplice con el vehículo, cada dos días, se lleva las jaulas con los perros y le deja otras vacías.

¡Mira! He comprado estos prismáticos exclusivamente para poder observar hasta el más mínimo detalle. Sí, ya sé que no son de muy buena calidad, son los únicos que encontré en el bazar chino de al lado, pero no necesito más para comprobarlo con detalle. Te vuelvo a decir que no son inventos míos, que todos los perros que han desaparecido últimamente en el barrio los robó el que se hace pasar por fontanero. ¡Apostaría a que ese de profesional no tiene más que el uniforme y el bigote al estilo de Mario Bros!

Ya te lo dije en su momento, que he visto en más de una ocasión cómo el falso fontanero se hacia el entretenido ojeando el diario deportivo y a la mínima ocasión y descuido de sus dueños se los arrebataba. Los perros acudían a las galletas que él les tiraba disimuladamente en el parque y, cuando sus cuidadores miraban para otro lado, les enganchaba al collar una cadena que lleva siempre en el bolsillo y rápidamente se daba la vuelta tras los arbustos del pequeño jardín hasta esconderlos en el almacén. Con la gorra roja no lo distingo bien desde aquí, la visera le cubre medio rostro, pero por la manera de caminar afirmaría que es chino. Estoy convencido de que debe de tratarse de una mafia de ladrones de perros. ¡A saber qué harán con ellos!

Tienes que acercarte disimuladamente y verlo tú con tus propios ojos, Alicia. Te he vuelto a llamar para que lo compruebes. Sólo tienes que mirar por la ventana y verás las jaulas vacías esperando para introducir en ellas a los pocos perros que quedan en el barrio.

-Te vuelvo a decir que todo son imaginaciones tuyas, Aníbal. No existe ninguna mafia ni ladrones de perros. Desde que tuviste el accidente te estás volviendo un poco paranoico; todo el día aquí metido entre cuatro paredes, sin apenas salir a la calle… Del balcón al sillón y viceversa, esa es toda tu vida. Esos cuatro metros escasos acabarán por volverte loco. Tienes que salir a pasear, ya puedes caminar perfectamente apoyado en las muletas; hasta el médico está cansado de decirte que tienes que perderle el miedo a caminar.

Lo volveré a hacer una vez más, la última, pero no me limitaré a mirar por las ventanas. Esta vez llamaré al timbre y hablaré con el fontanero sin tapujos. Le pediré explicaciones por los perros que ha robado, según tú, y le exigiré que me muestre el interior del almacén.

-¡No Alicia, no puedes arriesgarte! Ese tipo puede ser peligroso, es muy corpulento y puede hacerte daño. Creo que lo mejor es que mires por las ventanas y después llamemos a la policía.

-No, en esta ocasión lo haré a mi manera. ¡Basta ya de juegos! Si es un ladrón de perros lo vamos a desenmascarar y si no es así ya no te quedarán excusas de ningún tipo para continuar con el asunto. No pienso continuar toda la vida escuchando tus paranoias, si no acabaré por volverme también como tú, una perturbada mental.

Alicia salió del apartamento y rápidamente Aníbal se dio media vuelta en dirección al balcón con los prismáticos en la mano. Se colocó en posición estratégica y siguió con la mirada a través de los anteojos los pasos de su amiga atravesando la calle hasta situarse frente a la puerta del almacén, a la que llamó presionando el timbre.

Tras un breve espacio de tiempo esperando la puerta se abrió y tras ella apareció el fontanero con su inconfundible mono azul y gorra roja. No parecía muy dispuesto a que Alicia pudiera ver lo que escondía en el interior del local, a tenor de cómo el individuo se esforzaba con sus movimientos en mantener la puerta bien cerrada mientras conversaban. Pero ella demostraba estar decidida a esclarecer aquel turbio asunto, descaradamente  había pasado al ataque intentando apartar al hombre de su estática posición al tiempo que la dialéctica parecía subir de tono y los ademanes se volvían agresivos.

Al otro lado de la calle, en el balcón, Aníbal sufría el momento por el que su amiga estaba atravesando, sintiéndose impotente por no poder estar junto a ella para protegerla y culpable por haberla involucrado en aquel asunto que por momentos pasaba de claro a oscuro cuando, tras las lentes, observó cómo la discusión pasaba a mayores tornándose en enfrentamiento físico. El fontanero había agarrado violentamente de espaldas y por el cuello a Alicia y la introducía en el local cerrando la puerta tras de sí.

Aníbal se temía lo peor. Rápidamente soltó los prismáticos y se dirigió hacia el teléfono, con el que visiblemente nervioso marcó el número de la policía. Pero algo ocurría, tras varios intentos no conseguía hacer la llamada, parecía como si se hubiese quedado de repente sin servicio. El aparato no emitía ningún tipo de sonido, ninguna señal de estar operativo.

Soltó el teléfono y agarró las muletas decidido a defenderla, a enfrentarse al agresor sin pensar en su desventaja física. Ni siquiera se le pasó por la cabeza su indefensión frente a él. Aceleró el paso todo lo que sus piernas le permitían y cruzó la calle temiendo que ya fuese demasiado tarde, que le hubiese provocado un daño irreparable a su amiga.

Frente a la entrada del almacén, subió los tres escalones que le separaban de la puerta y sin llamar la empujó violentamente. El interior estaba en absoluta oscuridad. Se adentró dos pasos y, en ese justo momento, las luces se encendieron. Ante él aparecieron Alicia, el fontanero, familiares y compañeros de trabajo, que, al unísono, en un ambiente de celebración adornado de guirnaldas y confetis gritaban alegremente: ¡Feliz Cumpleaños!





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