miércoles, 25 de junio de 2014

Un golpe de calor


Aquella calurosa mañana de verano no parecía ser diferente a otras, era de las que uno percibe la sensación de que será una más, sosegada y sin sobresaltos, sin nada que la altere en una ciudad provinciana.
La radio repetía una y otra vez los mismos consejos, que bebiésemos agua hasta el limite de sufrir una inundación interna, que evitásemos exponernos al sol en las horas críticas, las más peligrosas, en las que el sólo hecho de cruzar la calle se convertía en una aventura no deseable. Era de esas jornadas en las que un golpe de calor nos puede cambiar la vida.
La mañana avanzaba y Ezequiel había decidido bajar hasta la plaza de La Corredera, mientras se disponía a preparar el desayuno. Un café con leche desnatada, por aquello de que mucha grasa no sirve para nada, y unas rebanadas de pan tostado con mantequilla y mermelada de naranja amarga.
Pensó en visitar los puestos de antigüedades de la plaza, aprovechar alguna ganga, mirar escaparates y tomarse una caña en el bar El Sótano a eso del mediodía. Todo prometía una mañana de vacaciones agradable y relajada.
Después de desayunar, Ezequiel se tiró a la calle con el optimismo y la alegría que contagia una hermosa y radiante mañana de verano. Echó un vistazo al sol y rápidamente cruzó la vía buscando la acera de la sombra, aún era demasiado temprano como para empezar a sufrir el caluroso martirio.
El paseo se dejaba disfrutar, el rap del mp3 en sus oídos le ponía banda sonora a su mañana y ésta le regalaba unos cuerpos femeninos que subían y bajaban la calle, exuberantes y bronceados, frescos y jugosos como un melocotón recién cortado del frutal. Los escaparates se ofrecían al ocio, a la curiosidad, todo quedaba envuelto en una atmósfera propia ausente de la realidad, en una burbuja en la que se sentía seguro de sí y casi emocionado.
Para Ezequiel, bajar la calle Nueva siempre era una gozada, porque es bajar, no subir, y por que la acera de la derecha tiene la sombra en la mañana, la deseada sombra; porque tiene naranjos, las dos aceras los tienen, y porque la de enfrente posee unas esbeltas, hermosas y elegantes columnas que apuntan al cielo azul celeste y que son parte de las ruinas del templo romano.
Bajo los arcos se aglutinaban variopintos puestos de venta, ropa, muebles, antigüedades, libros, alfarería, flores y un sin fin de curiosidades. El centro de la plaza se abría espacioso a los veladores de los bares que la rodeaban.
Caminó, curioseó, compró, y cuando sonaron los toques anunciando el mediodía en el reloj de la plaza notó una sequedad en la garganta, era el momento de la cerveza y se encaminó a El Sótano.
Cuando ya estaba cerca, al pasar por los veladores de su terraza, decidió tomar la cerveza al aire libre, una amplia sombrilla proyectaba buena sombra y allí pensó que estaría más animado para la vista que en el interior del bar. Ezequiel nunca imaginó que esta cuestión de ser o no ser, adentro o afuera, sería la decisión más importante de su vida, la que le marcaría el resto de su existir, el encuentro con el gran amor imposible.
Apareció el camarero y pidió una cerveza muy fría, fue un sorbo de vida, fresquita y espumosa, bajaba por la garganta como un salvavidas, pero a los diez minutos se le dificultaba la respiración; el sol abrasaba y, bajo la sombrilla el efecto invernadero y la temperatura se multiplicó, se desvanecía, la vista se le nublaba. Un ataque de ansiedad le hizo ponerse en pie y se dirigió al interior del local para pagar al camarero; dentro del establecimiento el aire acondicionado le sugirió quedarse y refrescarse con otra caña de cerveza.
Tenía la sensación que algo extraño le pasaba, se sintió raro, este golpe de calor me ha trastornado, se dijo para sí, y efectivamente le transformó. La caña ya no le refrescaba, el rap no le movía y los carnales cuerpos no le provocaban el mismo deseo que antes. Le apeteció un zumo de fruta y a partir de ese momento se hizo su bebida favorita; la música clásica que sonaba en ese instante se convirtió en la partitura ideal, sus sentidos del gusto, tacto, vista, oído y olfato habían cambiado, el golpe de calor le hizo diferente.
Confuso por lo que le estaba ocurriendo, de repente un escalofrió le recorrió el cuerpo, la piel se le puso de gallina y un nudo se le hizo en la garganta, quedó asombrado, nunca antes vio tanta hermosura. Morena, dulce, elegante, radiante como una novia, con un vestido rojo de tul y los volantes rígidos como la uralita; el pelo negro recogido en un moño; dos pendientes de berenjena adornando su esbelto cuello y unos zapatos flamencos negros charol. ¡Sí! Era una muñeca souvenir vestida de faralaes con un rótulo en la base que decía:”Recuerdo de Córdoba”.
El corazón se le iba a salir de su sitio, a punto de estallar, las palpitaciones subían como los grados en el exterior, Cupido disparó y quedó el flechazo consumado. Las piernas le temblaban, no acertaba a coger el vaso con la bebida. Por un instante le vino a la memoria aquella canción de Serrat, de Cartón Piedra, la historia de un tipo que se enamora de una maniquí, y se identificó con él, pero aquello era una canción y lo que él estaba viviendo no sabía si era real.
Se sintió culpable, miró a un lado y a otro, se preguntaba si alguien se habría dado cuenta de sus sentimientos hacia aquella belleza e intentó tranquilizarse; pero la miraba y la miraba, no podía apartar sus ojos de ella, era como si le hablara y él sentía que le escuchaba. Sin palabras se creó una conversación, un dialogo mudo en el que ella le hablaba de amor y él le contaba sobre el futuro. Pasaban los minutos y se acrecentaba su amor, ella le pedía libérame y él vayamos a escribir la historia.
En un descuido del camarero, Ezequiel la tomó por la cintura, la rescató de la estantería y corrió con ella hacia el exterior, y corrió con ella hasta su portal, subió la primera planta y tras él cerró la puerta con llave. Allí, en su nido de amor, solos los dos y sin el mundo de por medio, su amor se hacía infinito e inmenso, nadie ya los iba ha separar. De sus labios sólo brotaron dos palabras, dulces y posesivas: -¡Amor mío!
Tomó su mano dulcemente y la besó con pasión. El timbre de la puerta sonó. Se dirigió a la entrada, abrió, y fue a encontrarse con tres tipos, los dos primeros vestidos de negro y con gafas oscuras, el tercero llevaba sotana. Le sedaron y se lo llevaron, nunca más apareció.


Mientras, su princesa, quedó recostada en el sillón del hogar esperando el regreso.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

viernes, 20 de junio de 2014

Efecto lepidóptero


Últimamente se sentía decaído, con la moral por los suelos, la desidia se iba apoderando de Ovidio como una mancha de aceite sobre el papel, como un mal que se extiende sin pretensión, discretamente y sin un motivo aparente que alimentase ese estado anímico. Desde que varios años atrás cumpliera la cincuentena la apatía le había venido visitando asiduamente con más frecuencia cada vez, los amigos se reducían en número y los que quedaban tardaban más tiempo en mostrar sus afectos de cariño con cumplidos saludos telefónicos. Nunca cayó en el desencanto de sentirse frustrado gracias a su afición por la fotografía que le había ayudado a seguir adelante y no caer por el acantilado de la auto-estima, despeñándose por el abismo de un estado depresivo. Agradecía a Dios cada día el haber podido dedicarse y vivir profesionalmente de lo que más le había gustado en la vida y por lo que sentía verdadera pasión.

Tampoco nunca desarrolló otra ocupación que no fuese la de dedicarse por entero al negocio familiar, el mismo que su abuelo fundara algunos años antes del enfrentamiento bélico civil que envolvió al país en una espiral de violencia descontrolada e irracional. El vetusto negocio fotográfico se había ido adaptando a los tiempos, a las nuevas corrientes profesionales, a las modas y a todas las vicisitudes que se fueron presentando en tantos años de dedicación. A todo se había ido enfrentando con superación la vieja tienda-taller de fotografía menos a la pérdida de todos sus seres queridos, uno tras otro fueron desapareciendo hasta quedar solo él, sin descendencia, con lo que a su despedida daría fin a toda la saga de varias generaciones dedicadas a captar tantos momentos, emociones, estados anímicos, acontecimientos históricos que iban pasando con los años al anonimato, a la ingrata indiferencia que el tiempo y la vida se encargan de acelerar y archivar dándole pátina.

En muchas ocasiones se había preguntado si realmente valía la pena continuar abriendo al público la tienda, la tecnología digital con sus nuevos soportes y formatos no daba tregua en una innovación constante; muy pocas veces ya desde hacia demasiado tiempo quedaba el regusto de haber sido rentable la jornada al echar el cierre. No se trataba de esforzarse por mantener la rentabilidad de un negocio, era cuestión de orgullo, de mantener viva su historia y la de su familia, el sentimiento de obligación, de no defraudar la memoria de tanto esfuerzo, de tantas ilusiones y esperanzas que no llegaron a perderse del todo porque siempre le quedó en el subconsciente el presentimiento de que la providencia le deparaba un regalo inesperado como premio a su constancia.

Las viejas bisagras oxidadas chirriaron al tiempo que la campanilla avisaba con su sonar al contacto con la puerta al abrirse, que un cliente hacía acto de presencia. Miró a través de la piquera desde la trastienda y vio cómo un hombre de edad madura, aparentemente aproximada a la suya, entraba y se detenía frente al viejo mostrador de madera a la espera de que le atendieran. Salió a la tienda y atendió al caballero de modales refinados y discretos, con aire de extranjero a tenor de su acento cubano. Tras el saludo de cortesía el cliente sacó un sobre de papel de la chaqueta y de él extrajo una rancia fotografía en blanco y negro, la imagen de un niño de apenas tres años de edad. El deterioro de la estampa era pronunciado, las grietas en el papel recorrían la imagen en diferentes direcciones y reclamaba una rápida y detallada restauración. Ovidio aceptó el encargo y el compromiso de entregar el trabajo terminado en un par de horas. El cliente se despidió y, con las mismas, él se adentró en la trastienda, en el taller, a realizar la labor.

Se sentó ante la mesa de trabajo con la foto bajo el inclemente acoso de la lupa y comenzó a valorar sus desperfectos minuciosamente, deteniéndose en cada detalle y comparando al mismo tiempo las facciones del rostro del niño con las del cliente, lo que dedujo en conclusión que se trataban de la misma persona. Giró  la foto y en el reverso halló un nombre en bolígrafo azul un tanto despintado; Evaristo. Supuso que sería el nombre del niño y por consiguiente el del cliente.

Inmerso en la restauración de la imagen su imaginación se trasladó por la historia hasta el momento oportuno en que se tomó la instantánea. Se dejaba llevar pensando en el caprichoso destino que la había traído hasta sus manos después de tantos años, como si la providencia hubiese provocado la cadena de sucesos hasta dejarla ante él, como el efecto dominó, sucediéndose movimientos uno tras otro hasta llegar al sitio predestinado con un solo impulso. Como en el efecto mariposa, en el que su simple aleteo puede provocar un tsunami al otro lado del mundo. 

Ovidio continuó hasta concluir su trabajo a la espera de que el cliente regresara para recoger la fotografía. Puntualmente, de nuevo la campanilla de la puerta volvió a sonar su agudo tilín anunciando su presencia. Salió a la tienda con la foto y se la entregó. Había quedado satisfecho y lo reflejaba la ilusión de su rostro. Ovidio se atrevió imprudentemente saltándose el protocolo a preguntarle si el niño de la imagen era él, para después de encontrar la respuesta afirmativa aventurarse en averiguar curiosamente si el nombre de Evaristo era el suyo propio. La conversación se fue ampliando en torno a la fotografía, a su tiempo, al lugar, a la trayectoria a través de tantos años. Los minutos fueron pasando y la empatía se fue agrandando entre los dos hombres, cada vez más visible, a cada momento más compartida, hasta comenzar cada uno de ellos a notar algo especial en sus miradas, una atracción inesperada que fue tornándose más cómplice, a la par que Ovidio dejaba volar por su pensamiento la posibilidad de que el tsunami, del efecto propiciado por el insecto lepidóptero, estuviese a punto de desencadenarse en una historia de amor orquestada por el destino.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

sábado, 14 de junio de 2014

Cuento del hombre bipolar


La cálida mañana veraniega invitaba al relax y disfrute de los placeres mediterráneos en la pequeña ensenada. Como cada mañana estival el cuenta-cuentos disfrutaba de la brisa marinera junto a su pino preferido, bajo su sombra, a la espera de que los jóvenes y curiosos que transitaban la playa acudieran a su encuentro, donde cada día les contaba un cuento, les narraba una historia con sabor a mar napolitano. Poco a poco y como en una liturgia los escuchantes se iban sentando a su alrededor, esperando a que el narrador comenzara su relato. El contador bebió un trago de agua fresca y comenzó su historia, la del hombre bipolar:

Cuentan que hace ya algunos años, tantos como los que no alcanzamos a haber vivido, existió un joven inquieto hijo de esta isla. Pietro, como se llamaba, soñaba cada día con recorrer otros lugares, otros países, con vivir aventuras y nuevas experiencias. Él creía que era la mejor manera de encontrarse a sí mismo, de ir puliendo su pensamiento a golpe de vivencias. Tantas ilusiones y ansias por recorrer mundo tenía que cada mañana subía a la colina más alta de Ischia para en los días claros observar en el horizonte la silueta de la costa napolitana, la línea del paisaje toscano; cada jornada hasta la puesta del sol, donde Neptuno pinchaba con su tridente al astro rey hasta llevarlo a su reino a dormir, para al día siguiente despertar de nuevo radiante y vigoroso, espléndido de luz, exultante de vida.

Uno de aquellos días, en el que el otoño se hizo patente y las nubes comenzaron a nublar el horizonte, Pietro decidió que había llegado el momento de partir a buscar su propia identidad, aquella que contaban los mayores del pueblo llevamos dentro y que sólo aparece con el transcurrir de los días y las experiencias. Era tan inquieto que no soportó la espera, quiso adelantarse a su tiempo y a las vivencias para provocar su llegada lo antes posible. Bajó de la colina y fue en busca de su amada madre, de la que se despidió, para luego acercarse a los barcos amarrados en el puerto y en uno de ellos cruzar hasta su horizonte soñado.

Recorrió la Toscana, sus colinas y campos cosechados, y continuó hasta llegar a Venecia, por donde navegó en góndolas entre canales con el revolotear de palomas al sonido bizantino del repicar de San Marcos. Y continuó su caminar; y caminó hacia el Norte hasta poner sus pies andariegos en las orillas del Danubio, en el valle de los Bosques de Viena, con ritmo de vals y entre lagos con blancos cisnes que se difuminaban con los paisajes de palacios nevados. Y siguió la senda con la vista puesta en los Alpes, en su esbelta cordillera y por los verdes valles a su falda.

Continuó hacia el Norte, hacia el Este, hasta las tierras bajas, entre canales y molinos de viento, al color de los interminables campos de tulipanes. El mar se situó a sus pies y decidió bajar continente hacia el Sur, hasta quedar prendado en las riberas marsellesas de la Costa Azul. Siguió el mismo punto cardinal en su rosa de los vientos hasta enamorarse de Sierra Morena y recorrer sus montes bandoleros a lomos de una yegua cartujana; miró hacia el Este y ancló sus ojos en los tristes fados de la dulce Lisboa, donde se sentó a mirar el horizonte atlántico, igual que años atrás hacía sobre la colina de su querida isla mediterránea. La añoranza le invadió y decidió que aquél era el momento de regresar; y regresó.

Nadie en su pueblo recordaba ya al joven Pietro, ni siquiera su querida madre salió a recibirlo, ya no estaba entre los moradores vivos de Ischia. Sus paisanos, que no lo reconocían, murmuraban a su paso preguntándose quién sería aquel desaliñado personaje que caminaba siempre solo y hablando en voz alta, cambiando el tono, preguntándose y respondiéndose a la vez, llorando y consolándose, riéndose a doble carcajada... Comenzaron a llamarle el hombre bipolar, porque era capaz de mostrar doble personalidad. Hasta que una mañana uno de los más ancianos de la isla lo reconoció y recordó que salió muchos años atrás a recorrer mundo para encontrarse a sí mismo, fue el que supo llegar a la conclusión más lógica, que Prieto no sólo había encontrado su identidad sino que había regresado acompañado de su otro yo, el que todos llevamos dentro y muchos desconocen.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 7 de junio de 2014

La heredera


Poco a poco había ido coleccionando un gran número de libros con la intención de poder leerlos algún día, todos ellos escritos en castellano. Desde siempre tuvo la inquietud de aprender de lo que decían sus páginas pero las circunstancias nunca se lo permitieron. Aún así y a pesar de las dificultades siempre mantuvo la esperanza y a oportunidad que se le brindaba no dudó nunca en ir recopilando, guardando libros uno tras otro,  hasta llegar a cubrir todas las paredes de su habitación con estanterías colmadas de libros de diferente temática, eso sí, colocados sin un orden establecido, ni siquiera se dejó llevar por el tamaño o el color de las tapas, intentando que el cromatismo creara un equilibrio entre las distintas tonalidades.

El primero de todos fue un ejemplar de La cabaña del tío Tóm, que encontró hacía muchos años cuando todavía era una niña que apenas podía ponerse en pie por sí sola. Ella fue quien lo vio olvidado sobre el banco del parque por donde pasaba en brazos de su madre camino de la parada del autobús. Quedó atraída por los colores de los dibujos infantiles que adornaban las tapas y comenzó a lloriquear y llamar la atención señalando hacia el libro que su madre no había percibido, hasta que por fin comprendió lo que quería y se lo dio; Jimena lo sostuvo entre sus manos y ya no lo soltó ni siquiera dormida. Pasó a ser su juguete preferido que trataba con mimo, con mucho cariño, como si ya entendiese el significado de lo que un libro representa. 

Luego vinieron los años en Bélgica, donde sus padres emigraron en busca del progreso en una época en la que la vieja Europa aún se curaba las heridas de la última gran guerra. No fue por mucho tiempo, el suficiente como para que se dieran cuenta de que el amor y la añoranza por sus otros hijos y su pueblo, donde los habían dejado bajo la custodia de la familia, podían más que cualquier oportunidad  por lograr una vida más digna.

Después vinieron otros; algunos de ellos regalados en la adolescencia y otros comprados con sus ahorros, colecciones semanales que cada otoño editaban las editoriales y vendían en los quioscos casi siempre en ediciones de bolsillo, sin importarle repetir título que ya tuviera, como Ana Karenina, del que sospechaba tenerlo repetido por varias veces, aunque esos detalles no les importaban mucho. Lo importante para ella era atesorar conocimiento escrito en papel, signos, caracteres negros sobre blanco.

Por último fue la herencia inesperada de doña Gertrudis, la anciana a la que cuidó en los últimos días de vida. Jimena siempre le reprochó a la providencia no haber podido coincidir con aquella señora mucho antes, por todo lo que pudo haber podido aprender de ella y que el tiempo y su enfermedad no le permitieron. Grertrudis derrochaba unos modales exquisitos, no obstante, había ejercido de institutriz por muchos años en la corte de uno de los marajá más cultos y renombrados; había educado a todos sus hijos, que fueron muchos, e incluso al mismísimo heredero del trono. Pero con los años comenzó a darse cuenta de su pérdida de memoria y decidió regresar a la casa familiar, donde se refugió al calor de los suyos. Fue entonces cuando apareció Jimena en su vida, como empleada para cuidarla y estar al tanto de sus necesidades, y, aún con parte importante de sus facultades mentales perdidas, la en otro tiempo institutriz pareció darse cuenta de su inquietud por conocer, por lo que le dejó como herencia una enorme y valiosa colección de libros, muchos de ellos fueron pasando por su familia de generación en generación al tiempo que se añadían ejemplares únicos.   

Fue un regalo magnífico, el mejor de todos cuantos la vida le había dado. Aquella colección le atrapó de tal manera que en los últimos años de su vida no existieron para ella otras ocupaciones más importantes que la de tumbarse en la cama y cómodamente ir pasando página tras página de los libros, sabedora de que no tendría tiempo físico en toda su vida para leerlos todos. Así que, día tras días, no hacía otra cosa más que mirar las palabras escritas tratando de familiarizarse con ellas, por si algún día se le presentaba la oportunidad de aprender a leer y enterarse de lo que decían.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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