domingo, 13 de julio de 2014

El guitarrista anónimo


Los rayos del sol que acariciaban la guitarra sobre la silla le habían animado a levantarse de la cama y asomarse por la ventana. La tarde otoñal era cálida y al otro lado del cristal la gente paseaba por el parque entre los juegos y el griterío de los niños. Al salir del edificio el olor a jazmín le hizo sentirse como en casa, pero no era más que una sensación provocada por el olfato. La vista se encargó de recordarle que se hallaba en un país extraño, muy lejano al suyo. La calle parecía estar cambiada, no recordaba haber visto hasta entonces los edificios que se levantaban a un lado y a otro de la vía. Rara mezcla entre la Puerta de Brandeburgo de Berlín y los rascacielos neoyorquinos de Manhattan.

Nadie parecía que lo tuviera en cuenta mientras caminaba por la acera, la gente pasaba delante de él a toda prisa, ignorando su existencia; sólo un joven moreno guitarra en mano y vestido de negro le miraba fijamente desde el otro lado de la calle, desde la otra acera, triste, apenado, en silencio, al tiempo que una aglomeración de público le aplaudía enfervorecido.

El parque se divisaba a lo lejos, al final de aquella calle que tan pronto estaba atestada por un enorme gentío como que de repente se quedaba solitaria, donde  los sentidos no transmitían ningún tipo de sensación. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y todo se volvió inerte, sordo, inodoro, oscuro.

En un pestañeo el decorado había cambiado por completo, totalmente diferente. La cálida brisa llevaba consigo una dulce melodía aflamencada y el ambiente se tornó alegre, armonioso, repleto de colores vivos plasmados entre los atuendos de los transeúntes y las flores del jardín, que movían sus pétalos al ritmo del aire tranquilo entre los diferentes tonos verdes de la arboleda.

Se había entretenido mirando hacia el estanque, embelesado con la escena que se mostraba ante él. Un niño reía alegre en su cochecito infantil al tiempo que varios peces y un gorrión jugaban al borde del agua. Los peces saltaban y el pequeño pajarito entonaba su canto. La madre completaba la estampa ajena a lo que sucedía a su alrededor, sentada en un banco, junto a su hijo, y con un libro entre las manos.

Distraído y disfrutando con la felicidad que transmitía el niño no advirtió que una anciana caminaba a paso muy lento delante de él, con la que inevitablemente tropezó. La mujer giró la cabeza y con sonrisa plácida le miró a los ojos, después desvió la mirada hacia el suelo, como mostrándole un papel que se hallaba a sus pies y que parecía habérsele caído. Se agachó, cogió la cuartilla, y al levantar la mirada la anciana ya no estaba, había desaparecido como por arte de magia.

Extrañado buscó a un lado y a otro, giró sobre sí, y la anciana no daba indicio alguno de su existencia, solamente el papel blanco entre sus dedos daban fe del encuentro misterioso y fugaz. Al observar el papel notó que unas letras iban apareciendo de la nada y atraído por la curiosidad leyó: “Tus deseos se cumplirán, pero en el cuerpo de otro, a quien tú mismo mostrarás el camino para lograrlo”.

De repente sus ojos se abrieron como platos y su mirada quedó clavada como un puñal en el techo de la habitación, pensando, tratando de encontrar una explicación a lo soñado. Al bajar la mirada del techo la dejó sobre su guitarra, apoyada sobre la silla, que le recordaba la necesidad de trabajar para ganarse la cena. Tras levantarse de la cama agarró por el mástil a su fiel compañera y se dirigió con ella hacia la boca del metro más cercano.

A la mañana siguiente, de domingo, el sol había amanecido en todo su esplendor y el parque se mostraba como el lugar idóneo para conseguir unas monedas a cambio de su música.

Siempre escogía el mismo sitio, el mismo banco junto a la fuente del estanque. La complicidad con el sonido del agua resaltaba sus melodías. Le recordaba a los jardines de la Alhambra de Granada y a las fuentes del Patio de Los Naranjos de la Mezquita de Córdoba.

El rasgar de cuerdas llamaba la atención de los paseantes, que atraídos por el exótico sonido se acercaban hacia él y a su música envolvente, hacia aquel sonar procedente de otros lugares extraños y lejanos, que valoraban y gratificaban dejando unas monedas sobre la gorra de paño a cuadros en el suelo.

En uno de los paréntesis, entre pieza y pieza musical, de entre el público se le acercó un joven que exclamó:
-¡Que música más hermosa!- pero él no entendía bien lo que le decía, sólo hablaba español. Se limitó a sonreírle y a gesticular con la cabeza a modo de agradecimiento.
-Mi nombre es Leonardo - dijo el joven en inglés, mientras le tendía la mano.
-Federico - dijo en español el guitarrista, al tiempo que correspondía estrechándola con la suya.
Federico había cautivado los sentidos de Leonardo con su música y éste suspiraba con la posibilidad de que el joven español le enseñara a tocar aquellas hermosas melodías. No tuvo que esforzarse mucho para convencerlo de que le diera clases y, aunque hablaban diferente idioma, no supuso un problema para entenderse musicalmente.

El primer día fue un desastre para el joven aprendiz con la guitarra entre sus manos, al segundo aprendió a posicionar los dedos sobre el mástil y en el tercero quedaron ancladas para siempre en su memoria las seis notas básicas para tocar flamenco.
No hubo más. Al cuarto día Federico no acudió a su cita. Leonardo esperó varios días sin respuesta y ante su ausencia decidió localizarlo en la pensión donde se hospedaba. La respuesta que encontró fue la menos deseada, la más triste de todas cuantas pudiera esperar. Federico se había suicidado. Nadie supo localizar a su familia ni su lugar de procedencia. El joven guitarrista quedó para siempre en un país extraño, ignorado, olvidado, para todos menos para Leonardo, que con tristeza y agradecimiento lo recordaría por siempre.

Aquellas seis notas, las tres únicas clases que Leonardo recibió de Federico, fueron los cimientos con los que construyó su éxito, las que le sirvieron para aclamarlo como músico por todo el mundo. Las décadas pasaron y, en su vejez, Leonardo no había olvidado al guitarrista español desconocido. Cada día acudía a sentarse en el mismo banco donde por primera vez escuchó los acordes que marcaron su vida.

Una tarde de otoño decidió bajar al parque a tomar el sol. El astro parecía resplandecer en las alturas más que nunca y, al bajar a la calle, un aroma a jazmín, inusual por aquellos lugares, le transportó a otros tiempos, a otras vivencias que no supo precisar. Los edificios no eran los mismos, habían cambiado, y ya nadie se detenía a pedirle un autógrafo, como si su fama se hubiese esfumado de repente. Sólo un joven, a quien trataba de recordar, con guitarra en mano, le sonreía desde la otra acera, difuminándose su imagen al tiempo que el sol perdía intensidad. Distraído, mirando hacia el cielo por la oscuridad que se ceñía, no vio a una anciana que caminaba a paso lento delante de él, con la que tropezó sin poderlo evitar…



Texto extraído del libro de relatos Las Alas del Destino.
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

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