sábado, 7 de junio de 2014

La heredera


Poco a poco había ido coleccionando un gran número de libros con la intención de poder leerlos algún día, todos ellos escritos en castellano. Desde siempre tuvo la inquietud de aprender de lo que decían sus páginas pero las circunstancias nunca se lo permitieron. Aún así y a pesar de las dificultades siempre mantuvo la esperanza y a oportunidad que se le brindaba no dudó nunca en ir recopilando, guardando libros uno tras otro,  hasta llegar a cubrir todas las paredes de su habitación con estanterías colmadas de libros de diferente temática, eso sí, colocados sin un orden establecido, ni siquiera se dejó llevar por el tamaño o el color de las tapas, intentando que el cromatismo creara un equilibrio entre las distintas tonalidades.

El primero de todos fue un ejemplar de La cabaña del tío Tóm, que encontró hacía muchos años cuando todavía era una niña que apenas podía ponerse en pie por sí sola. Ella fue quien lo vio olvidado sobre el banco del parque por donde pasaba en brazos de su madre camino de la parada del autobús. Quedó atraída por los colores de los dibujos infantiles que adornaban las tapas y comenzó a lloriquear y llamar la atención señalando hacia el libro que su madre no había percibido, hasta que por fin comprendió lo que quería y se lo dio; Jimena lo sostuvo entre sus manos y ya no lo soltó ni siquiera dormida. Pasó a ser su juguete preferido que trataba con mimo, con mucho cariño, como si ya entendiese el significado de lo que un libro representa. 

Luego vinieron los años en Bélgica, donde sus padres emigraron en busca del progreso en una época en la que la vieja Europa aún se curaba las heridas de la última gran guerra. No fue por mucho tiempo, el suficiente como para que se dieran cuenta de que el amor y la añoranza por sus otros hijos y su pueblo, donde los habían dejado bajo la custodia de la familia, podían más que cualquier oportunidad  por lograr una vida más digna.

Después vinieron otros; algunos de ellos regalados en la adolescencia y otros comprados con sus ahorros, colecciones semanales que cada otoño editaban las editoriales y vendían en los quioscos casi siempre en ediciones de bolsillo, sin importarle repetir título que ya tuviera, como Ana Karenina, del que sospechaba tenerlo repetido por varias veces, aunque esos detalles no les importaban mucho. Lo importante para ella era atesorar conocimiento escrito en papel, signos, caracteres negros sobre blanco.

Por último fue la herencia inesperada de doña Gertrudis, la anciana a la que cuidó en los últimos días de vida. Jimena siempre le reprochó a la providencia no haber podido coincidir con aquella señora mucho antes, por todo lo que pudo haber podido aprender de ella y que el tiempo y su enfermedad no le permitieron. Grertrudis derrochaba unos modales exquisitos, no obstante, había ejercido de institutriz por muchos años en la corte de uno de los marajá más cultos y renombrados; había educado a todos sus hijos, que fueron muchos, e incluso al mismísimo heredero del trono. Pero con los años comenzó a darse cuenta de su pérdida de memoria y decidió regresar a la casa familiar, donde se refugió al calor de los suyos. Fue entonces cuando apareció Jimena en su vida, como empleada para cuidarla y estar al tanto de sus necesidades, y, aún con parte importante de sus facultades mentales perdidas, la en otro tiempo institutriz pareció darse cuenta de su inquietud por conocer, por lo que le dejó como herencia una enorme y valiosa colección de libros, muchos de ellos fueron pasando por su familia de generación en generación al tiempo que se añadían ejemplares únicos.   

Fue un regalo magnífico, el mejor de todos cuantos la vida le había dado. Aquella colección le atrapó de tal manera que en los últimos años de su vida no existieron para ella otras ocupaciones más importantes que la de tumbarse en la cama y cómodamente ir pasando página tras página de los libros, sabedora de que no tendría tiempo físico en toda su vida para leerlos todos. Así que, día tras días, no hacía otra cosa más que mirar las palabras escritas tratando de familiarizarse con ellas, por si algún día se le presentaba la oportunidad de aprender a leer y enterarse de lo que decían.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

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