viernes, 20 de junio de 2014

Efecto lepidóptero


Últimamente se sentía decaído, con la moral por los suelos, la desidia se iba apoderando de Ovidio como una mancha de aceite sobre el papel, como un mal que se extiende sin pretensión, discretamente y sin un motivo aparente que alimentase ese estado anímico. Desde que varios años atrás cumpliera la cincuentena la apatía le había venido visitando asiduamente con más frecuencia cada vez, los amigos se reducían en número y los que quedaban tardaban más tiempo en mostrar sus afectos de cariño con cumplidos saludos telefónicos. Nunca cayó en el desencanto de sentirse frustrado gracias a su afición por la fotografía que le había ayudado a seguir adelante y no caer por el acantilado de la auto-estima, despeñándose por el abismo de un estado depresivo. Agradecía a Dios cada día el haber podido dedicarse y vivir profesionalmente de lo que más le había gustado en la vida y por lo que sentía verdadera pasión.

Tampoco nunca desarrolló otra ocupación que no fuese la de dedicarse por entero al negocio familiar, el mismo que su abuelo fundara algunos años antes del enfrentamiento bélico civil que envolvió al país en una espiral de violencia descontrolada e irracional. El vetusto negocio fotográfico se había ido adaptando a los tiempos, a las nuevas corrientes profesionales, a las modas y a todas las vicisitudes que se fueron presentando en tantos años de dedicación. A todo se había ido enfrentando con superación la vieja tienda-taller de fotografía menos a la pérdida de todos sus seres queridos, uno tras otro fueron desapareciendo hasta quedar solo él, sin descendencia, con lo que a su despedida daría fin a toda la saga de varias generaciones dedicadas a captar tantos momentos, emociones, estados anímicos, acontecimientos históricos que iban pasando con los años al anonimato, a la ingrata indiferencia que el tiempo y la vida se encargan de acelerar y archivar dándole pátina.

En muchas ocasiones se había preguntado si realmente valía la pena continuar abriendo al público la tienda, la tecnología digital con sus nuevos soportes y formatos no daba tregua en una innovación constante; muy pocas veces ya desde hacia demasiado tiempo quedaba el regusto de haber sido rentable la jornada al echar el cierre. No se trataba de esforzarse por mantener la rentabilidad de un negocio, era cuestión de orgullo, de mantener viva su historia y la de su familia, el sentimiento de obligación, de no defraudar la memoria de tanto esfuerzo, de tantas ilusiones y esperanzas que no llegaron a perderse del todo porque siempre le quedó en el subconsciente el presentimiento de que la providencia le deparaba un regalo inesperado como premio a su constancia.

Las viejas bisagras oxidadas chirriaron al tiempo que la campanilla avisaba con su sonar al contacto con la puerta al abrirse, que un cliente hacía acto de presencia. Miró a través de la piquera desde la trastienda y vio cómo un hombre de edad madura, aparentemente aproximada a la suya, entraba y se detenía frente al viejo mostrador de madera a la espera de que le atendieran. Salió a la tienda y atendió al caballero de modales refinados y discretos, con aire de extranjero a tenor de su acento cubano. Tras el saludo de cortesía el cliente sacó un sobre de papel de la chaqueta y de él extrajo una rancia fotografía en blanco y negro, la imagen de un niño de apenas tres años de edad. El deterioro de la estampa era pronunciado, las grietas en el papel recorrían la imagen en diferentes direcciones y reclamaba una rápida y detallada restauración. Ovidio aceptó el encargo y el compromiso de entregar el trabajo terminado en un par de horas. El cliente se despidió y, con las mismas, él se adentró en la trastienda, en el taller, a realizar la labor.

Se sentó ante la mesa de trabajo con la foto bajo el inclemente acoso de la lupa y comenzó a valorar sus desperfectos minuciosamente, deteniéndose en cada detalle y comparando al mismo tiempo las facciones del rostro del niño con las del cliente, lo que dedujo en conclusión que se trataban de la misma persona. Giró  la foto y en el reverso halló un nombre en bolígrafo azul un tanto despintado; Evaristo. Supuso que sería el nombre del niño y por consiguiente el del cliente.

Inmerso en la restauración de la imagen su imaginación se trasladó por la historia hasta el momento oportuno en que se tomó la instantánea. Se dejaba llevar pensando en el caprichoso destino que la había traído hasta sus manos después de tantos años, como si la providencia hubiese provocado la cadena de sucesos hasta dejarla ante él, como el efecto dominó, sucediéndose movimientos uno tras otro hasta llegar al sitio predestinado con un solo impulso. Como en el efecto mariposa, en el que su simple aleteo puede provocar un tsunami al otro lado del mundo. 

Ovidio continuó hasta concluir su trabajo a la espera de que el cliente regresara para recoger la fotografía. Puntualmente, de nuevo la campanilla de la puerta volvió a sonar su agudo tilín anunciando su presencia. Salió a la tienda con la foto y se la entregó. Había quedado satisfecho y lo reflejaba la ilusión de su rostro. Ovidio se atrevió imprudentemente saltándose el protocolo a preguntarle si el niño de la imagen era él, para después de encontrar la respuesta afirmativa aventurarse en averiguar curiosamente si el nombre de Evaristo era el suyo propio. La conversación se fue ampliando en torno a la fotografía, a su tiempo, al lugar, a la trayectoria a través de tantos años. Los minutos fueron pasando y la empatía se fue agrandando entre los dos hombres, cada vez más visible, a cada momento más compartida, hasta comenzar cada uno de ellos a notar algo especial en sus miradas, una atracción inesperada que fue tornándose más cómplice, a la par que Ovidio dejaba volar por su pensamiento la posibilidad de que el tsunami, del efecto propiciado por el insecto lepidóptero, estuviese a punto de desencadenarse en una historia de amor orquestada por el destino.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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