sábado, 14 de junio de 2014

Cuento del hombre bipolar


La cálida mañana veraniega invitaba al relax y disfrute de los placeres mediterráneos en la pequeña ensenada. Como cada mañana estival el cuenta-cuentos disfrutaba de la brisa marinera junto a su pino preferido, bajo su sombra, a la espera de que los jóvenes y curiosos que transitaban la playa acudieran a su encuentro, donde cada día les contaba un cuento, les narraba una historia con sabor a mar napolitano. Poco a poco y como en una liturgia los escuchantes se iban sentando a su alrededor, esperando a que el narrador comenzara su relato. El contador bebió un trago de agua fresca y comenzó su historia, la del hombre bipolar:

Cuentan que hace ya algunos años, tantos como los que no alcanzamos a haber vivido, existió un joven inquieto hijo de esta isla. Pietro, como se llamaba, soñaba cada día con recorrer otros lugares, otros países, con vivir aventuras y nuevas experiencias. Él creía que era la mejor manera de encontrarse a sí mismo, de ir puliendo su pensamiento a golpe de vivencias. Tantas ilusiones y ansias por recorrer mundo tenía que cada mañana subía a la colina más alta de Ischia para en los días claros observar en el horizonte la silueta de la costa napolitana, la línea del paisaje toscano; cada jornada hasta la puesta del sol, donde Neptuno pinchaba con su tridente al astro rey hasta llevarlo a su reino a dormir, para al día siguiente despertar de nuevo radiante y vigoroso, espléndido de luz, exultante de vida.

Uno de aquellos días, en el que el otoño se hizo patente y las nubes comenzaron a nublar el horizonte, Pietro decidió que había llegado el momento de partir a buscar su propia identidad, aquella que contaban los mayores del pueblo llevamos dentro y que sólo aparece con el transcurrir de los días y las experiencias. Era tan inquieto que no soportó la espera, quiso adelantarse a su tiempo y a las vivencias para provocar su llegada lo antes posible. Bajó de la colina y fue en busca de su amada madre, de la que se despidió, para luego acercarse a los barcos amarrados en el puerto y en uno de ellos cruzar hasta su horizonte soñado.

Recorrió la Toscana, sus colinas y campos cosechados, y continuó hasta llegar a Venecia, por donde navegó en góndolas entre canales con el revolotear de palomas al sonido bizantino del repicar de San Marcos. Y continuó su caminar; y caminó hacia el Norte hasta poner sus pies andariegos en las orillas del Danubio, en el valle de los Bosques de Viena, con ritmo de vals y entre lagos con blancos cisnes que se difuminaban con los paisajes de palacios nevados. Y siguió la senda con la vista puesta en los Alpes, en su esbelta cordillera y por los verdes valles a su falda.

Continuó hacia el Norte, hacia el Este, hasta las tierras bajas, entre canales y molinos de viento, al color de los interminables campos de tulipanes. El mar se situó a sus pies y decidió bajar continente hacia el Sur, hasta quedar prendado en las riberas marsellesas de la Costa Azul. Siguió el mismo punto cardinal en su rosa de los vientos hasta enamorarse de Sierra Morena y recorrer sus montes bandoleros a lomos de una yegua cartujana; miró hacia el Este y ancló sus ojos en los tristes fados de la dulce Lisboa, donde se sentó a mirar el horizonte atlántico, igual que años atrás hacía sobre la colina de su querida isla mediterránea. La añoranza le invadió y decidió que aquél era el momento de regresar; y regresó.

Nadie en su pueblo recordaba ya al joven Pietro, ni siquiera su querida madre salió a recibirlo, ya no estaba entre los moradores vivos de Ischia. Sus paisanos, que no lo reconocían, murmuraban a su paso preguntándose quién sería aquel desaliñado personaje que caminaba siempre solo y hablando en voz alta, cambiando el tono, preguntándose y respondiéndose a la vez, llorando y consolándose, riéndose a doble carcajada... Comenzaron a llamarle el hombre bipolar, porque era capaz de mostrar doble personalidad. Hasta que una mañana uno de los más ancianos de la isla lo reconoció y recordó que salió muchos años atrás a recorrer mundo para encontrarse a sí mismo, fue el que supo llegar a la conclusión más lógica, que Prieto no sólo había encontrado su identidad sino que había regresado acompañado de su otro yo, el que todos llevamos dentro y muchos desconocen.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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