sábado, 31 de mayo de 2014

Delírios geométricos



Las siete de la mañana en el reloj circular de la pared marcaba el tiempo, indiferente a la presencia ausente de Nayim. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana a través de los cristales y los ligeros visillos de hilo que los cubría, entrando alegres y mezclándose con la luz artificial del flexo que descuidadamente permanecía encendido. Las paredes mostraban un mapa geométrico de dibujos lineales de tamaños y formas diferentes encerrados en folios de papel blanco que, clavados con chinchetas de diferentes colores, dejaban insinuante la ruta de una trayectoria obsesionada con la geometría; y la silla vacía, aún con la silueta recién abandonada en el cojín.

Líneas y más líneas absorbían a Nayim en sus años de infancia, dejándolo fascinado a cada paso que daba. Primero fueron los círculos los que atrajeron su curiosidad, para quedar absorto ya por siempre, como embrujado por unas formas perfectas que daban sentido a la luz y al tiempo, al espacio y al sonido, al transcurrir de la vida y a todo lo relacionado con la existencia humana y sus naturales formas imperfectas, abstractas y caprichosas.

Después vinieron los cuadrados, rectángulos, triángulos, rombos y demás perímetros cerrados por figuras geométricas. Toda una vida influenciado por las formas, buscando la perfección en cada línea, en cada área o espacio geométrico, tratando de hallar en las figuras el misterio de las tres dimensiones en movimiento, apoyado en números y más números, en fórmulas matemáticas y físicas que iba traduciendo y resolviendo en dibujos arquitectónicamente calculados.

En los últimos días apenas había salido de su habitación, durmiendo poco y comiendo mal, inmerso en el estudio que lo iba engullendo poco a poco y con la única meta en el horizonte que la de encontrar la solución a su inquietud geométrica, hallando respuestas concretas y concisas, consiguiendo la perfección en las formas tridimensionales, hasta descubrir una entrada a través del papel dibujado, una puerta que le dio paso a otro espacio y tiempo, a otro mundo metafísico,  abandonando éste y dejando sobre la mesa de dibujo los lápices, el compás, escuadras, cartabones, reglas y otras llaves necesarias para poder acceder al otro lado, en donde se perdió para siempre.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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