miércoles, 16 de abril de 2014

Deshojando margaritas


Tantas veces como había pasado por delante del comercio y nunca se le ocurrió entrar en él. No podía sacudirse de encima el sentimiento de pérdida de tiempo, de momentos desaprovechados que podrían haber disfrutado y compartido juntas de haberse encontrado antes. Aunque, por otro lado, nada aseguraba que aquella atracción que surgió entre las dos se pudiese haber dado provocando y acelerando los acontecimientos, cada circunstancia tiene su tiempo y tienen que reunirse todos los elementos y condicionantes para que se den. Quizás de haber coincidido en otro lugar y fecha hubiesen pasado desapercibidas la una para la otra y Cupido habría pasado de largo entretenido y apuntando a otros corazones.

Era evidente que ningún otro momento antes hubiese sido el adecuado. Tuvieron que pasar los hechos necesarios para que se diese la posibilidad. Quizás de otra manera Lucía no habría puesto sus ojos en ella, aunque su marido no la tratara con todo el respeto que se merecía, y por supuesto tampoco a Grabiela se le hubiese ocurrido acercársele, ofreciéndole cariño y comprensión. Seguramente, de no haber sido testigo del maltrato psicológico que sufrió Lucía por parte de su marido, no habría puesto cuentas en ella, pero la impotencia y el desaliento que le produjeron aquellas palabras ofensivas y dolientes del hombre, cuando indiferentes y ajenas caminaban las dos por la misma acera, y las lágrimas posteriores que recorrieron por sus mejillas, no habría despertado en Grabiela la afectividad y afinidad compartida primero y la atracción sentimental después.  


Tampoco se hubiese dado el encuentro, de no necesitar aquella cremallera para el pantalón que Grabiela se atrevió a cambiar por otra deteriorada, acudiendo por primera vez a la céntrica mercería por cuya puerta había pasado infinidad de veces sin ni siquiera ocurrírsele mirar al interior. No era de su costumbre y afición lo relacionado con la costura, las agujas, dedales, hilos, botones y otros artículos de pasamanería a los que nunca le dedicó atención alguna, pero que desde aquel primer encuentro al hallarla detrás del mostrador ya se convirtieron como si fuesen productos de primera necesidad. Extraño era el día que no se acercaba a conversar con Lucía con la excusa de encontrar algún botón para una camisa que se hubiese perdido saltando del ojal, o en busca de algún cordoncillo para adornar unos cojines o juegos de sábanas, e hilos de diferentes colores. Compras que nunca tenían utilidad alguna y que vez a vez iba guardando en un cajón; fue la excusa perfecta para ir acercándose cada día un poco más, hasta que surgió el momento de necesitarse una a la otra. 


Para entonces Lucía ya había decidido abandonar a su marido, harta de los maltratos psicológicos y de tantas horas en soledad ante la ausencia continua de él, la oportunidad que se le brindo para compartir la vida con otra mujer fue un aliciente novedoso que jamás antes se le hubiera pasado por la imaginación. Nunca antes sintió atracción por otra persona de su mismo sexo, pero Grabiela se había mostrado ante ella como alguien en la que encontraría todo lo que siempre deseó y no recibió de un hombre, cariño, ternura, respeto, y no vaciló un instante en decidirse a favor de compartir.


Por su parte Grabiela también venía de otras experiencias poco agradables en la convivencia con hombres. Todo había surgido tan casual como si ya estuviese predestinado y tampoco por su parte existió un solo motivo que sembrara dudas sobre la viabilidad de aquella relación entre dos mujeres, que había comenzado por motivos de complicidad y desembocaban en una situación tan impensable en un principio como ilusionante después.


Lucía tomó la iniciativa y se trasladó a vivir con Grabiela después de abandonar a su marido, comenzando de esta manera una nueva etapa de convivencia para las dos mujeres. En principio todo fue armonía y las dos se sintieron dichosas y felices de haber dado el paso hacia adelante con todo lo que significaba en cuestión de perjuicios sociales, pero había valido la pena. Sin embargo, tan felices se encontraban que comenzaron a surgir las dudas temiendo que algún agente externo a la relación pudiera influir en una hipotética ruptura.


Grabiela, en sus largas caminatas primaverales por el prado, comenzó a entregarse en suerte a lo que las margaritas florecidas predecían, deshojando sus hojas una tras otra al tiempo que repetía una y otra vez: -¿me quiere o no me quiere, me es infiel o no me es infiel?-. Y así pasaba las interminables horas, provocando en ella cada día más confusión y más dudas. Por su parte, Lucía, cada día se sentía más sola, pasando el tiempo en el desconocimiento de lo que ocupaba a Grabiela y lo que motivaba su ausencia, provocando de esta manera los celos también en ella. Hasta que llegó el otoño y ya no quedaron más margaritas que deshojar, pero para entonces ya era demasiado tarde, a Lucía ya le habían convencido los celos y puso punto y final a la relación, dejando las prendas de su desamor y soledad sobre la mesa.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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