sábado, 26 de abril de 2014

Cita a ciegas


Todo depende de lo caprichoso que el destino se preste, de que decida congratularnos con su simpatía o que por el contrario nos regale un puñado de infortunios motivado por su mal humor, porque también hay que contar con eso, con el humor con que se halle el destino ese día para marcarnos la senda. Uno se puede empeñar, esforzar por que lo trazado dé como fin lo deseado, pero esto de la providencia no es una ciencia exacta, más bien aventurera, y todo depende de lo que el destino crea conveniente.

Si nos agarramos a la frase de que "no hay mal que por bien no venga", llegaríamos, buscando su revés, a que ese mal fue precisamente todo lo contrario, la buena suerte, la que en un suceso podría marcarnos la vida pensando en un principio que otra vez se nos torció lo deseado, para darnos cuenta a la postre de lo equivocados que estábamos.

Oswaldo se miraba ante el espejo aquella mañana; marcando los bíceps contraídos, girando el cuello tratando de relajar los músculos esternocleidomastoideos; sacando pectorales; asomando la lengua; observando sus ojeras de cerca... Descubriendo cómo su cuerpo se desgastaba, cómo su existencia pasaba ajena al propio deseo de encontrar a la mujer ideal con quien compartir su vida. Encendió la computadora e introdujo su ID en uno de los chats por los que acostumbraba a pasear entre extraños nombres de usuarios, más acordes con robots metálicos de ciencia ficción que de mujeres y hombres que buscan pareja en las redes del ciberespacio. 

A varios kilómetros de distancia, en el extrarradio de la ciudad, Flora se mecía en el asiento de rejilla mirando en la televisión cómo los gladiadores rosas del corazón se enzarzaban dialéticamente en discusiones apasionadas acusando y defendiendo a frikis de la farándula social, a la vez que la soledad le recordaba que todas en su grupo de amigas habían encontrado pareja menos ella. Abandonó la mecedora a su merced y después de apagar el reproductor televisivo se conectó a Internet. Escribió su nombre y la clave correspondiente y entró al chat en el que a veces mataba sus horas de aburrimiento. 

Apenas habían transcurrido un par de minutos cuando recibió el primer saludo. -¡Hola, GatitaPink!- a lo que flora respondió el gesto cordial -¡Hola, Oswaldo75! -Me gusta mucho tu nombre de guerra- dijo él, a lo que ella contestó -También a mí me gusta mucho el tuyo-. Fueron las palabras iniciales que rompieron el hielo, las que dieron pie a una comunicación más fluida que a los pocos días transcurrió por otros medios cibernéticos más personales, privados, con intercambio mutuo de fotografías pertenecientes a un tiempo pasado, como si tuviesen temor a mostrar la realidad reciente, hasta acordar una cita a ciegas en una conocida y céntrica cafetería de la ciudad. Ella aseguró que acudiría vestida de rojo y blanco, en cambio él eligió el azul, con la intención de localizarse entre la posible aglomeración de público en el establecimiento. Sin embargo, ninguno de los dos fue sincero, se decidieron por colores diferentes, opuestos, pensando en pasar inadvertidos y escapar en caso de no hallar lo esperado en cada uno de ellos. 

Por otro lado, momentos antes de que el reloj del local marcara la hora del encuentro, otra pareja desconocida y ajena a la cita a ciegas de la anterior discutían sentados en el salón de la cafetería las desavenencias que les habían llevado por el camino de la ruptura, del desamor. Ella se levantó de la silla con desaire, enfadada, y dolorida en sus sentimientos abandonó el local con lágrimas en los ojos, coincidiendo en la salida con Oswaldo, que entraba en ese preciso instante por la puerta, quien se había adelantado unos minutos a la llegada acordada. Sorprendido comprobó cómo la mujer que salía un tanto afligida coincidía en los colores de la vestimenta con los que Flora dijo ponerse, lo que le hizo retroceder y seguirla con la mirada hasta que la vio detenerse y sentarse en la marquesina de una parada de bus cercana. Y hasta allí se fue acercando discretamente tratando de identificarla sin ser reconocido.

Cuando unos minutos más tarde Flora entró en la cafetería, miró alrededor de sí misma y en una de las mesas vio de espaldas a un hombre solo, vestido de azul y sentado junto a otra silla vacía. Rápidamente dedujo que era él, no había otro hombre en el local con las mismas referencias, por lo que, con paso ligero y visiblemente nerviosa, se acercó hacia él. -¿Oswaldo?- le preguntó. -¡Sí!- respondió el hombre un tanto extrañado por su presencia. -¡Soy Flora!- exclamó al tiempo que se fijaba en su rostro. No se parecía mucho al hombre de la foto; el pelo más corto, gafas negras de pasta, quizás un poco más moreno de piel... evidentes diferencias que en principio no fueron las suficientes como para pensar en un posible error. Pasaron unos instantes en silencio entre los dos hasta que a Flora, empujada por su nerviosismo, se le ocurrió romperlo con una petición -¿No me vas a invitar a sentarme?- a lo que él respondió sorprendido -Sí, claro, por supuesto. Siéntate Flora.

A unos metros de distancia, en el exterior, Oswaldo se fue acercando cada vez más a la marquesina donde Carmina trataba de sobreponerse al mal momento propiciado por la discusión con su ex-pareja unos minutos antes. Él pronto dedujo que aquella no era la mujer con la que había quedado, pero no le importó mucho que Flora estuviese esperándole en la cafetería. Pensó en entablar conversación con la solitaria mujer y se sentó a su lado como cualquier otro pasajero que estuviese esperando el transporte público. Dejó pasar unos minutos discretamente hasta que se decidió aprovechando la aflicción de ella para preguntarle -¿Se encuentra bien?- a lo que Carmina le respondió -¡Sí, gracias!- y los dos continuaron conversando banalidades al tiempo que ella comenzó a valorar la simpatía que aquel extraño le transmitía.

En el otro escenario, Flora comenzaba a darse cuenta de que aquel Oswaldo, que coincidía en nombre pero que nada tenía en relación con quien había acordado la cita a ciegas, era un hombre atractivo y educado, sin embargo, ante el error, hubo un momento en el que estuvo a punto de levantarse de la silla y disculparse por la confusión, pero tras confesarle su equivocación, él la ayudó a mantenerse sentada diciéndole que podía quedarse allí si le apetecía hasta que apareciera el Oswaldo con quien se había citado. Pero claro, la espera ya no era necesaria, aunque sí se tornó en la oportunidad, en el argumento perfecto para continuar sentada y platicando con él, por lo que cuantos más minutos pasaban de la hora acordada más contenta estaba Flora de haber mentido en cuanto a los colores que iba a vestir. Un error le había llevado a la situación en la que se encontraba y ni por asomo se le había ocurrido desaprovechar la ocasión de compartir la tarde con aquel hombre con quien a la providencia se le había antojado emparejar.

Harta de la simulada espera, Flora aceptó de buena gana la invitación de Oswaldo, de salir a dar un paseo y acompañarla hasta donde ella propusiera. Salieron al exterior y continuaron dialogando calle abajo, al tiempo que se iban alejando de la marquesina del bus en dirección opuesta, donde Oswaldo y Carmina continuaban alegremente pasando el rato y conversando, indiferentes y haciendo caso omiso a los buses que uno tras otro se paraban y pasaban ante ellos. 






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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