martes, 25 de marzo de 2014

Misión especial



No recordaba nada más allá de los primeros disparos que se escucharon, fue lo que le puso en alerta. El escenario en donde se encontró estaba semiderruido y ni un alma a su alrededor, ni un solo pájaro que atravesara el azul celeste de la ciudad, sin apenas nubes, limpio, claro y luminoso. Reaccionó por instinto, como si sus genes estuviesen grabados por naturaleza con la intención intuitiva de un soldado de élite, disparando la voluminosa arma de fuego cuya destrucción al impacto de la munición con cualquier objeto era inevitable, impresionante. El primer enemigo aparecido por sorpresa, salió de la nada, de detrás de unos arbustos crecidos en la decadencia de la ciudad muerta, solitaria, donde los ruidos más cercanos que se escuchaban parecían estar a decenas de kilómetros, en la que los enfrentamientos se imaginaban en toda su crudeza y en los que el armamento pesado parecía tener todo el protagonismo en la batalla que se fraguaba.

Cambió de arma un tanto más ligera y continuó por entre las calles solitarias, con sigilo pero con toda la seguridad que le daba pertenecer a un cuerpo especial de combate, sólo ellos lo hacen de esa manera, con templanza, sin miedo, y con la seguridad de que son casi invencibles. No sentía fatiga alguna ni mostraba interés por encontrar a sus compañeros de misión en caso de que algunos hubiesen sobrevivido a los ataques del enemigo. De repente, un estallido a pocas manzanas de su situación le puso en alerta y actuó rápidamente, colocándose en posición de disparo, agachado con una rodilla en el suelo y la metralleta repetidora apuntando en dirección al estruendo; solo percibió el sonido y el polvo de lo que parecía una explosión, posiblemente la de alguna mina estratégicamente colocada en el suelo por la guerrilla de resistencia local.

El sol abrasaba y Dennis buscaba la sombra casi por intuición, quizás a medias y en parte también como protección, pegado a la pared sin perder de vista la parte alta de las casas en el laberinto callejero de Kabul. La calma tensa se masticaba en el ambiente, con el presentimiento de que ojos ocultos le observaban tras los postigos de las ventanas, cuando ante él apareció de la nada un guerrillero llevando un Kaláshnikov entre las manos que no llegó a disparar, el soldado le ganó la partida lanzándose sobre él y de una patada lo desarmó; acto seguido y en décimas de segundo sacó el puñal de su funda y lo apuñaló sin contemplación alguna, con temperamento frío como un témpano de hielo, cayendo el enemigo al suelo envuelto en un llamativo charco de sangre al tiempo que emitía un gemido sordo de expiración.

Rápidamente entró en el edificio por la misma puerta por donde su víctima anterior le había sorprendido, entró decidido en cada una de las estancias de la casa buscando otros enemigos ocultos que esperaran sorprenderle. Subió la angosta escalera y de igual modo inspeccionó el piso superior, donde tampoco encontró a nadie. Salió a la azotea con sumo cuidado y echó una mirada al horizonte urbano que se abría entre tendederos de ropa y antenas de televisión. Sin esperarlo, de nuevo otro guerrillero apareció tras una puerta y corrió a su encuentro gritando versículos islámicos, ataviado de un chaleco con explosivos con la única intención de inmolarse y a la par acabar con él, pero nuevamente escapó del peligro saltando desde la azotea hacia la calle instantes antes de que el suicida apretara el percutor y explotara por los aires, dejando el entorno manchado de sangre y materia humana por todas partes.

A paso más ligero decidió escapar de la ciudadela tratando de evitar una emboscada entre callejones estrechos. El espacio urbano se abrió entre escombros de edificios ruinosos en una amplia plaza y entre ellos se refugió. Se sentó a descansar en el suelo a respaldo de un rincón estratégico con vistas a la explanada. Sacó la cantimplora, de la que no extrajo ni una sola gota de agua para beber, y se deshizo de ella con desgaire. Seguidamente se quitó el casco de la cabeza para secarse el sudor con el pañuelo.

Sin dejar de vigilar el entorno extrajo del bolsillo de la chaqueta de camuflaje una foto con la imagen de una hermosa joven, en cuyo reverso aparecía una dedicatoria que leyó antes de recrearse en su sonrisa. Luego la volvió a guardar. Miró hacia un lado y hacia otro y, ante la falta de peligro, comenzó de nuevo su  andadura. Dobló la esquina de la siguiente calle y antes de que pudiera darse cuenta una lluvia de balas zumbaban a su alrededor. Un grupo de insurgentes le habían preparado una encerrona y Dennis se defendía como en él era costumbre, disparando a todo lo que se movía, aniquilando a cuantos enemigos iban apareciendo por entre las ruinas hasta que se quedó sin munición, oportunamente justo con el último de los guerrilleros.

Ahora tocaba reponer las balas, tendría que llegar hasta el polvorín al final de la calle y de ello dependía su vida, pero ocurrió algo inesperado, un francotirador acertó y de un solo disparo lo derribó, quedó inerte tendido en medio de la calle, inmóvil, todo en silencio, fue entonces cuando aparecieron aquellas letras grandes en el centro de la pantalla,"Game Over".





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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