martes, 11 de marzo de 2014

El presidiario


Tanto tiempo encerrado en aquella mazmorra que apenas recordaba ya cuándo fue la última vez que paseó libre bajo el sol. Tumbado en el suelo, sin fuerzas para poder levantarse y salir de allí, sentía cómo se esfumaba la oportunidad que tanto deseó, abriéndose ante él demasiado tarde. Más que años parecían siglos, toda una eternidad encerrado entre aquellos cuatro muros insalubres, sombríos y húmedos, por entre los que tantas almas en pena vagarían y dejaron en ellos sus últimos suspiros y deseos en vida. Un pequeño ventanuco, al que difícilmente llegaba a poder mirar entre barrotes y divisar un reducido ángulo entre anchos muros de piedra con la perspectiva de la inmensidad del mar, era la única sensación y recuerdo de libertad que le quedaba, a veces tranquilo y otras bravío, rompiendo sus rebeldes olas contra el sobrio acantilado que rodeaba casi al completo el aislado peñón donde se situaba el vetusto castillo que lo retenía. 

Tampoco recordaba ya la silueta de su amada, ni su sonrisa, ni los detalles que le hicieron enamorarse de ella cuando todavía era un joven aguerrido e intrépido que no dudó en alistarse para luchar en la contienda defendiendo sus ideales nobles y dignos contra los esclavistas. Ni sus sueños ni proyectos de futuro, ni sus padres y hermanos, ni amigos y compañeros de lucha y fatiga, todas las imágenes agradables de su mente se habían borrado. Sólo le quedaba el último instante, estaba viviendo el último suspiro en una perspectiva a ras de suelo con los barrotes metálicos de la puerta de su celda entreabierta, demasiado tarde para escapar y respirar la libertad.

Demasiados años preso como para poder retener en su retina las escenas felices, sólo fluían las últimas, siempre con los grandes bloques de piedra y el sonido del mar entre los lamentos de angustia y gritos ansiando libertad de otros reos como escenario. Ni siquiera recordaba haber oído hablar a su carcelero, aquel hombre silencioso en el que a veces hallaba mirada cómplice, de compasión, de perdón, pero que nunca pronunció una palabra, lo más parecido que emitía para llamar su atención era un sonido onomatopeya cuando le entregaba el bollado recipiente metálico donde vertían aquella repugnante papilla que tantas veces despreció y que ahora en ese justo instante deseaba y necesitaba. Daba por certero lo que una vez un preso dijo desde su mazmorra, que no podían hablar, que todos los carceleros eran mudos, esclavos a los que les otorgaban ciertos privilegios de poder transitar por el castillo a cambio de cortarles la lengua para que no pudieran comunicarse con los demás presidiarios.

Sus fuerzas físicas le habían abandonado, ni siquiera para ponerse en pie le quedaban ya energías, muchas menos para salir al exterior y buscar la manera de enfrentarse en soledad al infinito mar que rodeaba todo el horizonte, para escapar del islote del que todos habían huido dejándolo allí a su suerte, la que no supo ver ante sus propias narices, cuando se fraguó la revuelta iniciada por el ataque de aquella inesperada fragata, desde la que disparaban con sus cañones las esféricas balas que consiguieron derribar algunos muros y propiciar la fuga de muchos presos que se enfrentaron en lucha contra los opresores esclavistas que los retenían.

El olor de los cuerpos en descomposición era nauseabundo, víctimas de la lucha encarnizada que se produjo entre presos y opresores; ni un solo ruido que diera muestras de existencia de vida en todo el castillo penitenciario desde que vio a través del ventanuco cómo, después de dar muerte a los enemigos, los liberados nadaban o remaban en dirección al buque libertador, para luego orientar sus velas hasta perderse por el horizonte, impotente y sin poder salir de la mazmorra, cuya puerta también descerrajaron al igual que las demás cuando se originó la sublevación. Entonces no alcanzó a comprender el por qué no se abría. Una y otra vez empujó con todas sus fuerzas, con toda su ira contenida, pero no cedió ni un milímetro, llegó a creer que la cerradura estaba trabada, estropeada, sumándose de esta manera más mala suerte a la ya existente de tantos años retenido.

Los días pasaban y la falta de alimento y líquido fueron mermando sus energías y esperanzas sin poder desbloquear la cerradura, golpeando la puerta una y otra vez, cada día, sabedor de que el tiempo corría en su contra, marcando el cronómetro la cuenta atrás de su vida. Aquella mañana, en el último esfuerzo, se acercó arrastrándose por el piso empedrado y agarrándose a los barrotes con las manos se fue encaramando por ellos hasta ponerse en pie, sin energías suficientes como para mantener los párpados levantados, trató de zarandear la puerta, pero la fuerza de la inercia le hizo perder el equilibrio, cayendo hacia atrás y trayéndosela con él, propiciando su apertura al tiempo que quedaba tendido en el suelo con el último aliento.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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