jueves, 6 de febrero de 2014

La lupa y el lapicero malvado


Blas devoraba plácidamente el contenido del libro que sujetaba entre sus manos sentado en el sillón orejero de la salita. A un par de metros, la pequeña María se entregaba de igual manera a la fantasía de los juegos, a su casita de muñecas y a un sin fin de complementos y personajes que daba utilidad y vida con su imaginación. El padre pasó página y en ese mismo momento observó cómo su hija tiraba con rabia y a lo lejos uno de los muñecos, rechazándolo, por algún motivo que no le agradaba. Le preguntó qué le ocurría, qué tenía en contra de él para rechazarlo, si siempre le había gustado y tratado con cariño. La niña, visiblemente enfurruñada, le respondía que era demasiado grande en comparación con los demás muñecos y que ya no lo quería.

Entonces el padre introdujo el marcapáginas en su interior, cerró el libro y lo dejó sobre el sillón; se acercó a María y junto a ella se sentó en el parquet. -Ven con papá, cariño -le dijo, sentándola sobre sus piernas, sobre su regazo -. Te voy a contar un cuento. La historia de una lupa que una vez fue rechazada por un lapicero celoso y malvado, que le envidiaba por su utilidad y protagonismo: 

Había una vez una niña casi tan guapa como tú, muy alegre y buena, que le gustaba jugar con una lupa que le habían regalado para su cumpleaños. La lupa era muy bonita, una amplia lente de aumento bordeada por un cerco blanco sujeto a un mango del mismo color. A la niña le hizo mucha ilusión aquél regalo, pues con la lupa observaba cada detalle en todas las cosas. Ella quería ser investigadora y se pasaba las horas jugando con su lupa, mirando por todas partes, imaginando que ella era muchísimo más pequeña que todas las cosas que había a su alrededor y por eso lo veía todo tan enorme.

Con mucho mimo, siempre colocaba su lupa en un lapicero sobre el escritorio de su habitación, con sumo cuidado para que no se rompiera. Pero una noche, cuando la niña dormía en su cama, todas las cosas de su escritorio y todos sus juguetes recobraron vida, como cada noche cuando la niña dormía. Los juguetes jugaban entre ellos, corrían, cantaban, reían y se lo pasaban muy divertido, pero no todos los objetos eran buenos, había un lapicero malvado y gruñón que siempre estaba recriminando a todos los lápices de colores y a la lupa, que la niña guardaba introduciéndolos en él.

Aquella noche, el lapicero envidioso se volcó solo, movido por su mala conciencia de que un lapicero no era sitio para una lupa, con la intención de que al volcarse la lupa cayera al suelo y se rompiera en mil pedacitos de cristal; los lápices fueron rodando sobre el escritorio hasta caer contra el suelo. Todos gritaban aterrorizados al tiempo que caían, temiendo que al hacerlo se quebraran sus puntas, pero la que más pánico sufrió fue la lupa, sabiendo que con casi toda seguridad quedaría inservible tras un duro golpe. Consumada su maldad, el mezquino lapicero reía a carcajada limpia disfrutando su fechoría, mientras que los lápices lloraban apenados con sus puntas partidas, al igual que la lupa, que, aunque se salvó de milagro, no quedó exenta de desperfectos, al caer se partió justo por el punto que se unían el cerco y el mango. 

A la mañana siguiente, cuando la niña despertó, lo primero que vio fue el lapicero volcado sobre el escritorio y a los lápices y la lupa esparcidos por el suelo. Entonces se puso triste, no por los lápices, a los que volvería a sacarles punta y a poder colorear con ellos, sino por la lupa, que se había partido en dos, aunque podía seguir utilizándola cogiéndola del cerco. Recogió del suelo los lápices y la lupa y los dejó sobre el escritorio, ya no los puso en el lapicero, pensando que podrían volver a caerse nuevamente. La niña le contó a su mamá lo ocurrido y ella le respondió que no se preocupara, que ella encontraría la solución para que volviera a estar contenta. Y así fue, aquella misma mañana la mamá le regaló un nuevo y más bonito lapicero, pensado para que no volviera a suceder lo mismo, para que no se volcara y no pusiera en peligro a los lápices y a su querida lupa, a la que pegó el mango y volvió a dejar como nueva. Sin embargo, no todos quedaron felices, el malvado lapicero ya dejó de ser útil, dejaron de confiar en él y fue guardado en una caja con otros trastos inservibles en el desván, condenado al olvido por su mezquindad...

Como en este cuento, mi linda María, todos tus juguetes son igual de útiles, todos tienen sus características propias y todos merecen el mismo trato y cariño, todos son válidos sin importar cuál es su aspecto, al igual que todas las personas, no importa que sean más altas o más bajitas, más rechonchas o delgadas, rubitas o morenas, mujeres u hombres... 

Sonó el teléfono y con su timbre rompió la comunicación entre padre e hija, que no fue en vano. Blas contestó la llamada: -¡Hallo!- al tiempo que María se puso en pie, se dirigió al muñeco rechazado y volvió a aceptarlo, comunicándose con él y uniéndolo a los otros juguetes que ocupaban su lugar en la casita de muñecas. 




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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