viernes, 6 de septiembre de 2013

Pasión plástica


-No puedes ni imaginarte lo mal que me siento, lo arrepentido que estoy por mi comportamiento de anoche, por mi actitud contigo. No sé de qué manera expresarme para que me perdones; no te pido que intentes comprenderme, soy consciente que no existe explicación razonable que me pueda servir de excusa...- Jaime se lamentaba entre disculpas recostado en el lecho mirando hacia la pared, de espaldas a su amada, a la que no se atrevía a mirar a los ojos, sumido entre el arrepentimiento y la resaca propiciada por una noche de desenfreno, de alcohol y sexo.

-¿Cómo podría eliminar lo sucedido anoche para que no quedara ni un solo resquicio en nuestra memoria? Para que no te sintieras ofendida por mi reprochable manera de tratarte... Ya sé que la pasión no es sinónimo de brutalidad, que el amor no puede llegar a hacernos comportar como animales, ni siquiera en el mundo animal tratan a las hembras como yo te traté a ti anoche. Pero tú sabes que yo no soy así en el fondo, que soy sensible, romántico, delicado. También sé que nunca me dirigirías un solo reproche por mi irrespetuoso comportamiento, aunque tu silencio tampoco significa que aceptes mis desmanes, te conozco lo suficiente como para saber que no te sienta bien, que no te gusta, y créeme que trato de cambiar, de olvidar la bebida, de regresar temprano a casa y compartir contigo cada momento, de llevar una vida familiar y en pareja, como era nuestro deseo cuando nos encontramos por primera vez a través del escaparate de aquella tienda, que no necesitaba  más propaganda que tu propia belleza natural. Jamás podré olvidarlo. Nunca hasta entonces me había sentido tan dichoso, ni nadie nunca antes supo entenderme como tú, tan comprensiva, tan tolerante con mi carácter inestable... Son tantas las cosas que me hacen sentirme feliz que cuanto más lo pienso más arrepentido me siento; ¡No tengo perdón!

Comprendo que llegará el día en el que te canses de mí y definitivamente decidas poner punto y final a nuestra relación, todo tiene un límite y soy consciente de que me he situado demasiadas veces sobre la raya que marca lo admisible y respetable. Aunque, en lo más profundo de tu naturaleza, también sé que a ti te gustan las emociones fuertes, vivir cada acto sexual entregándote hasta lo permisible, sabes excitarme como nadie y sacas de mí mis instintos sexuales más primitivos, más viscerales. Por tantas cosas, te pido que me concedas una nueva oportunidad, la última, un esfuerzo por todo lo que significa nuestra vida en pareja y por todo lo que superamos juntos frente a las adversidades. Tengo tanto miedo a perderte...

Jaime desplazó el brazo hacia atrás y con su mano buscó la de ella en un acto de reconciliación, pero su asombro fue mayúsculo, el cuerpo de su amada mostraba evidentes signos de deterioro propiciado por la actividad sexual mantenida la noche anterior. Se dio la vuelta y de un impulso quedó sentado en la cama con una exclamación de contrariedad -¡Oh, dios mío!- agarró su mano, sus pies, su cabeza, cada miembro de su desluciente figura hasta que dio con el desgarro fatal. Aturdido no acertó a pronunciar otras palabras más que de ánimo -¡No te preocupes vida mía! Enseguida bajo a toda prisa al taller de bicicletas a comprar un parche que no desentone con el color de tu piel. ¡Ya verás cómo todo vuelve a ser como antes!






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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