martes, 30 de julio de 2013

Reprimenda


Flavio no había tenido una buena tarde, llegaba cansado y un tanto molesto por las quejas recibidas de parte de sus vecinos. El pequeño Nicolás le estaba causando más problemas de los previstos, cuando adoptó a los dos hermanos; ni siquiera Tana en sus días más traviesos se había comportado tan revoltosamente como él. Entró al patio cerrando a su paso la pequeña cancela de barrotes forjados, a la que los tonos pardos del óxido iban ganando espacio al semidecapado negro mate original, y soltó la mochila sobre el poyetón de mampostería en el porche. Se adentró en la casa y comprobó que estaba vacía. Ningún miembro de la familia se encontraba en ella.

Salió de nuevo al exterior y, a lo lejos, en el jardín, Tana Y Nicolás jugaban despreocupadamente con los despojos de lo que en su día fue una pelota, anaranjada, que resaltaba cálidamente entre la grama y los tonos verdes del follaje tierno de la primavera. Ninguno de los dos habían advertido su presencia inmersos en sus juegos. Flavio gritó su nombre llamándolo:- ¡Nicol!- el pequeño giró la cabeza y al verlo corrió hacia él olvidándose de la deshecha pelota y de Tana, que se quedó buscando el juguete entre los matorrales.

El inquieto Nicolás pareció intuir que algo no había hecho bien, a tenor de su reacción, porque según se fue acercando ralentizaba su carrera. Flavio, con serio semblante, no dio lugar a que llegara hasta él cuando ya le pidió con serio tono de voz que se sentara a su lado.

 -Estoy seriamente preocupado por tu actitud, Nicolás- le reprochaba al menor, que esperando la reprimenda acachaba la cabeza-. No sé cómo te voy a decir que no te metas a jugar en el jardín de la vecina. No hay encuentro con ella que no me reproche tus travesuras. Si no tuvieras tanto espacio aquí para jugar con Tana lo entendería, pero no lo puedo comprender con todo el terreno que tenéis sólo para vosotros dos, para que juguéis a la pelota y corráis todo lo que os plazca.

Pero no creas que solo Margarita me ha llamado la atención por tu actitud, también Marina me echa en cara con demasiada frecuencia tu manera de comportarte con tus compañeros en la guardería. Me dice que ninguno le da tanto quebradero de cabeza como tú, que tiene que estar siempre pendiente de ti, no sólo para que no te saltes la valla y pueda ocurrirte algo cualquier día, sino por tu mal comportamiento con tus compañeros, que no hay día que no te pelees con alguno de ellos.

Nicolás aguantaba la regañina en silencio y con la cabeza gacha. Flavio comprendió que, ya era suficiente,  no podía exigirle más por su edad, que era cuestión de inculcarle modales y comportamiento poco a poco. Tana se había entretenido demasiado tiempo buscando el trozo de plástico engomado color naranja y corría acercándose con él como queriendo recuperar el tiempo perdido.

El hombre se puso en pie y entró de nuevo en el interior de la casa, para volver a salir pocos minutos después con un par de galletas en forma de hueso y las cadenas de paseo en la mano. Tana y Nicolás aguardaban expectantes las golosinas para, después de recibirlas y escuchar por boca de Flavio: -Vámonos- comenzar a brincar y ladrar de alegría.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

martes, 23 de julio de 2013

La maldición


Desde que el doctor le alertara varias semanas atrás, de que tenía que poner orden en sus hábitos alimenticios y realizar diariamente algunos ejercicios físicos, había comenzado a cuidar su salud. El sobrepeso y el estilo de vida sedentaria que llevaba no le hacía nada bien a su organismo. El galeno le advirtió que corría tanto peligro que se asustó, se tomó en serio seguir las indicaciones médicas y recuperar la disciplina que años atrás había olvidado dándole la espalda. Se propuso vivir de una manera diferente, que le permitiera adquirir agilidad y no sentir ahogo al mínimo esfuerzo, así que a eliminar grasas animales, bebidas azucaradas carbonatadas, tabaco, alcohol, y todas las sustancias y alimentos desaconsejados, y poner freno y control al colesterol, a la diabetes y a la hipertensión.

El ritual sistemático se repetía desde entonces día a día y ya había conseguido que los dígitos de la báscula del baño quedaran varias unidades por debajo al pesarse, pero aun así todavía multiplicaba por tres el peso recomendado. Lucrecia cubría todos los días el mismo recorrido, salvo en contadas ocasiones en las que prefería caminar por una ruta diferente, dos horas de caminata lo eran más amenas y menos fatigosas si se hacían por el centro urbano. Una de aquellas mañanas, la que cambió el destino de su vida por una decisión sin importancia, se inclinó por dar un paseo por la parte antigua de la ciudad, por el mercado al aire libre que se instalaba los domingos. Pensó que dos vueltas al circuito ajardinado cercano y un recorrido por entre los puestos variopintos de mercadería serían suficientes para cumplir con su obligada actividad física. Se vistió con la malla negra de algodón, la sudadera rosada y la cinta del mismo color en la frente, y se enchufó los auriculares con sonido musical a los oídos.

Una de sus aficiones favoritas era la música y especialmente los antiguos objetos relacionados con ella. Siempre lo hacía, cuando tenía oportunidad, se recreaba por entre las antigüedades y aquella mañana no fue una excepción, pocas cosas le satisfacían más que coleccionar antiguallas. En aquella visita a los anticuarios no se había sentido atraída por ninguna pieza en particular, hasta que por entre los cachivaches deslucidos y casi amontonados le pareció ver lo que desde hacía muchos años llevaba buscando, era un gramófono de principios del siglo XX, una autentica joya para coleccionistas. A simple vista parecía conservarse en buen estado y además portaba un disco original de goma laca. Habló con el anticuario y tras regatear en la negociación adquirió el dispositivo de reproducción musical. A la mañana siguiente a primera hora el servicio de reparto le entregó el gramófono y tras comprobar su puesta en funcionamiento descubrió lo que sospechaba, que necesitaba una reparación y puesta a punto. Así que sin pensarlo dos veces y con unas ganas desmedidas de verlo funcionar agarró el aparato y se dirigió al taller de sonido.

Una semana de espera valía la pena para que por la trompa metálica emitiera las melodías con las que tantas almas se habrían enamorado o simplemente se divertirían bailando a su ritmo. Pero surgió un problema, aquella mañana el taller estaba cerrado y en la puerta, al otro lado del cristal, un papel blanco escrito a bolígrafo azul y pegado con cinta adhesiva transparente rezaba: Cerrado por defunción. -¡Qué mala suerte!- exclamó Lucrecia, pensando en que la coincidencia del fallecimiento retrasaría un día más la entrega de su reproductor musical. Tuvo que ser al día siguiente cuando al recogerlo se enteró del nombre del fallecido. Era el del técnico, el mismo al que había encargado el arreglo. Feneció al día siguiente de haberlo reparado.

Una tristeza efímera que dejó de serlo nada más traspasar la puerta de salida. La ilusión por ver girar el disco y escuchar el sonido pudo más que cualquier otra causa por muy lamentable que fuese. Llegó a su casa y fue directamente a colocarlo en el lugar elegido desde una semana antes. Desde el mismo día en que lo compró ya le había buscado un hueco en un lugar preferente de la vivienda. Colocó el disco, le dio a la manivela y comenzó a girar la placa negra. Puso el brazo con la púa sobre el borde exterior y, tras varios saltos acompañados de extraños ruidos, comenzó a sonar la música.

Nunca antes había escuchado aquella pieza musical, con un ritmo dulce, lento, tranquilo, envolvente, que transportaba a otro tiempo. Después de oírlo varias veces pensó en dejarlo de usar por el momento, para que el disco no sufriera, era el único que tenía hasta que surgiera la oportunidad de adquirir otros. Extrajo la manivela y al guardarla en el hueco del cajón que dejaba para tal menester, al abrir una trampilla de madera en el lateral encontró dentro un recorte de periódico desapercibido hasta entonces. El color sepia del papel mostraba una noticia fechada a finales de 1940, era la crónica de un fallecimiento, en la que se veía una fotografía con el cuerpo inerte de una mujer extendido en el suelo de una amplia sala. Leyó el texto y no parecía nada anormal, comunicaba una muerte repentina en extrañas circunstancias de una conocida dama de la alta sociedad. Volvió a mirar la foto y fue entonces cuando, medio difuminado en la imagen, al fondo de la estancia, aparecía un gramófono del mismo modelo, hasta podría ser el mismo aparato que había adquirido.

El inesperado hallazgo le atrapó, la dejó recapacitando, pensando, imaginando mil porqués relacionados con la muerte anunciada en el periódico. Cosa normal por otra parte, que un objeto antiguo produzca encanto, hasta que comenzó a relacionar las dos muertes, la de la distinguida dama y la del técnico de sonido que lo reparó. A partir de ese momento lo que resultaba encantamiento se transformó en maldición. A esa posibilidad llegó después de volver a poner en funcionamiento el reproductor de ondas sonoras y escuchar una y otra vez la misma melodía hipnotizadora que cuanto más escuchaba más quería, como una adicción repentina.

Sugestionada, comenzó a notar que las pulsaciones se le aceleraban al tiempo que su frente empezaba a exhalar un sudor frío y a sentir un malestar poco habitual en todo el cuerpo. Presión en el cuello, en la espalda, en los hombros... Su mirada fija en el disco que giraba y giraba y la espiral de surcos se distorsionaba  nublándosele la vista. Se levantó de la silla en que se sentaba y de repente un fuerte dolor le oprimió el pecho que la dejó sin respiración. Cayó al suelo desfallecida y todo quedó detenido. Sólo el gramófono al fondo de la sala y su monótono trac, trac, trac, producido por la púa atrancada en el último surco del disco, quedó como muestra de que la vida continuaba.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 13 de julio de 2013

Dudas de amante



Gladys reposaba bajo el ventilador del techo, en su imperturbable y monótono girar de aspas, medio cubierta entre bordadas sábanas de seda adornadas de finos encajes, blancas, como la rosa que marchitaba sobre la mesilla en el pequeño florero de cristal, de la que se desprendían los primeros pétalos sobre el frío mármol de la encimera; del mismo color de los visillos que alegremente jugueteaban en el balcón con la cálida brisa de la tarde temprana.

Braulio se apresuraba alistándose en su afán de evitar los desaliñados pliegues que el ajustar del cinturón le propiciaban. Sacó la pitillera plateada del bolsillo interior de la americana y encendió un cigarrillo; aspiró y soltó el humo frente al espejo, al tiempo que se amoldaba el flequillo.

El silencio cómplice se adueñaba de la estancia, solamente roto por el suave y sensual tono de voz de ella:

-Si algún día te levantases por la mañana con la necesidad imperiosa de entregarle tu amor a alguien, sin miramiento de ningún tipo, de dedicarle todo tu tiempo aunque se trataran de los últimos minutos que te quedaran por vivir, de dejarte arrastrar por la pasión sin prejuicio alguno... ¿Me dejarías por otra?





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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lunes, 8 de julio de 2013

El recuerdo


-El cambio de hora me tiene desconcertado. No acabo de acostumbrarme. Llevo despierto dando vueltas en la cama por lo menos desde las cuatro de la madrugada -decía Cristóbal mientras se afeitaba ante el espejo -. No sé si tanta molestia servirá para algo, supongo que sí, que cuando la cambian todos los años, y por dos veces, no lo harán por gusto. Dicen que de esta manera se aprovecha más y mejor la luz solar. Ellos sabrán, lo cierto es que a mí me tienen un par de días medio tarumba... Un día de estos tengo que ponerle una zapatilla nueva a esta dichosa llave, no cierra bien y no para de gotear -continuaba monologando al tiempo que con su mano derecha apretaba con fuerza el mando del grifo del lavabo.

Me tiene preocupado la cría de Lana, aún es pequeña y todavía no sabe que no puede entrar en los sembrados. La madre se da cuenta, qué lista es... Cuando ve a la chiquitina que se mete dentro del huerto y comienza a escarbar entre los surcos se esconde, como queriendo esquivar la regañina. Si continúa así tendré que cercar el perímetro, al menos hasta que se haga mayor y aprenda. Ayer aboné la terraza de arriba, la dejaré descansar este año y sembraré la de abajo. Lechugas, rúcula, espinacas, y tengo la duda si también probar con algunas coles lombardas, no sé cómo se dará. Matías me ha dicho que a él se le dieron bien el año pasado.

No he dormido bien esta noche, con eso de la hora... Fíjate que cuando me levanté y salí ahí afuera estaba  todo como la boca de un lobo, sin una sola estrella en el cielo. Hasta el gallo estaba durmiendo todavía. Recogí los huevos del gallinero y les puse comida y agua limpia en el comedero. Estoy pensando en cambiarle a Matías un par de gallinas por una pareja de conejos, no sé para qué queremos tantos huevos si no los comemos. En cambio los conejos crían con mucha frecuencia y se venden a buen precio, además no gastan en comida, con el forraje es suficiente.

¡Uy! Creía que era más temprano -exclamaba mirando el reloj de la mesilla de noche al tiempo que se ajustaba con prisa el cinturón -. ¡No te digo!... El cambio de hora me tiene confundido. No queda mucho para que pase el autobús. Ya no para enfrente, al otro lado de la carretera, ahora han puesto una marquesina un poco más abajo, después de la curva. Está mejor así, queda un poco más lejos pero no es tan peligroso. Antes había que adentrarse en la calzada para verlo venir y como no estuvieras atento se te iba y había que esperar una hora más hasta el próximo, con el cabreo... No quiero llevarme el coche porque supone más molestias que comodidad, luego no encuentro aparcamiento y estoy media mañana como un tonto dándole vueltas al ayuntamiento hasta que consigo un hueco. Me pone de mal humor tanta pérdida de tiempo.

Lo podía dejar para otro día, no corre prisa, tengo todavía un par de meses para renovar el arrendamiento del nicho, pero prefiero acercarme hoy a la ciudad y así me quedo más tranquilo. Estas cosas se van dejando y por mor del diablo lo echo en olvido y me encuentro luego con un disgusto de por vida. No me lo perdonaría por nada en el mundo, me moriría de pena antes de que llegase mi hora pensando que no podría compartir la eternidad contigo. Así que lo renuevo y de camino me paso por el campo santo. Limpio la lápida y pongo unos gladiolos a ambos lados. Sé que son las flores que más te gustan. Bueno, cariño, me tengo que ir... Estaré de regreso para el mediodía. ¡Un beso! -agarró el portarretratos y se lo acercó a la boca, dejando la impronta de sus labios sobre el cristal.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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