sábado, 29 de junio de 2013

Frustración suicida



Ni siquiera pensó en apretar la perilla de la luz, se levantó de la cama a oscuras con la misma angustia que se había acostado un rato antes. Tampoco se le ocurrió cambiarse de ropa, sus miras se pusieron en la puerta hacia el exterior, en busca de una solución que pusiera fin a su desdichada existencia. No entendía qué podría haber fallado para que su intento suicida no llegara a consumarse, el prospecto expresaba bien claro cuáles serían los efectos inmediatos tratándose de una indigesta de capsulas, ni un toro habría tenido la mínima opción de sobrevivir a la sobredosis de aquellos compuestos medicinales de nombre impronunciable y de efectos secundarios interminables. Qué razón tenía el tal Murphy, pensaba, con su ley y las consecuencias lógicas que siempre ocurren y que parecen fruto solo y exclusivamente de la mala suerte, aunque siempre relativo a otros asuntos más cotidianos, como al de las tostadas, que cuando se caen de las manos siempre van a dar al suelo por la cara untada de mantequilla. Pero en cuanto al suicidio... No es recomendable para nadie, que harto de frustraciones también se jodan las posibilidades de resolver por la vía más rápida, por la tremenda.

El fracasado propósito no desalentó su pretensión, al contrario, el miedo al encuentro con la muerte era lo único que se había desvanecido, su hartazgo y el deseo de despedirse de este mundo quedaban intactos, sin fisuras, con la obsesión como única consejera, que le animaba a encontrar una nueva manera de decir adiós para siempre. La noche se hacía dueña de la ciudad y las calles y avenidas se mostraban como escenarios inanimados por los que nada ni nadie transcurrían; ni un solo vehículo que aprovechar como cómplice para un accidentado final.  

Solo el viejo viaducto rompía la línea inalterable de enfiladas farolas encendidas, marcando un paréntesis en el paisaje horizontal, como delimitando un lado y otro, el de allá y el de acá, y como premonición que surgía en forma de idea, la de acercarse al levadizo peatonal y desde lo alto esperar a los primeros focos, ante los que precipitarse buscando un desenlace rápido.

Pero nada parecía salir a su gusto, cualquier pretensión quedaba gafaba de antemano, como si la mala fortuna se hubiese empeñado en negarle cualquier deseo. Cansado de una espera interminable decidió lanzarse al vacío contra el oscuro asfalto que siniestramente se ofrecía a la fatalidad. Se subió, en pie, sobre la baranda metálica del puente decidido al punto y final, con la noche solitaria y la suave brisa como únicos testigos de su funesto destino. Estiró los brazos en cruz y contra el vacío insolente se lanzó, quedando su desgraciado padecer sobre el alquitrán de la calzada. 

Por un momento, boca arriba y con la perspectiva estrellada, pensó estar sumido en un profundo sueño, en una pesadilla surrealista en la que ni siquiera la parca quería cuentas algunas con él. Había caído desde más de 10 metros y su cuerpo no mostraba ni un solo rasguño, ni una contusión, ni el más mínimo dolor o molestia producida por el golpe contra el suelo. Estaba claro que aquella no era su noche... cuánta razón tenía Murphy.

Envuelto en el desánimo comenzó a vagar por la ciudad, concluyendo que la providencia existe, así como las fuerzas o energías que nos guían y nos marcan el camino en cada una de nuestras decisiones, aunque uno no quiera, si la fortuna se empeña no se puede luchar contra los designios marcados en el devenir de nuestro futuro. Los fracasados intentos suicidas le convencían para darle una nueva oportunidad a la vida. El ánimo vencía al desencanto al tiempo que el nuevo día se presentaba con los primeros rayos de un sol luminoso y el trajín de viandantes que ajenos a su vagar se cruzaban ante él ignorando su presencia. Se detuvo ante un quiosco de periódicos y buscó dinero en sus bolsillos, pero no encontró ni una sola moneda, lo único hallado fue la sorpresa al mirar la portada del diario, al descubrir una foto con su imagen en su dormitorio, mostrando su cuerpo inerte entre envases vacíos de medicamentos y bajo un titular que rezaba: "Se suicida un hombre en la soledad de su apartamento".




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

lunes, 17 de junio de 2013

Naufragio



El sol de la tarde comenzaba a tornarse anaranjado entre los azules de mil tonalidades en el horizonte marítimo, mientras que en la arena de la playa la escena de la búsqueda continuaba sin dar resultados. Dos marineros se afanaban quitando las rocas de la torrontera que habían caído sobre el cobertizo hasta enterrarlo literalmente. El náufrago contaba su experiencia en la isla desde que, no sabía cuánto tiempo ya, había llegado a ella, a la vez que otro marinero comunicaba por radio al barco la situación encontrada en la isla:

-De no haber hallado compañía probablemente no hubiera soportado la soledad en esta pequeña y deshabitada isla, que lejos de ser un paraíso llegó a significar todo lo contrario para él. El mismísimo infierno desde el segundo instante en que pisó tierra; el primero fue el de su salvación. Una suerte cínica, que podría  entenderse como un castigo, porque ¿para qué desea un náufrago una isla salvadora si ésta se va a convertir en una celda de castigo, donde la soledad es la única compañía de por vida?


Me cuenta que cuando llegó su desaparecido compañero náufrago supuso para él la vuelta a la vida. Su integridad emocional y psíquica estaba bajo mínimos cuando apareció entre las olas como por arte de magia. Al igual que él, probablemente habrá llegado a la ínsula por la deriva de algún navío en estos mares del sur, probablemente porque de otra manera no cabe imaginar que lo hiciera hasta aquí nadando desde sabe Dios dónde. Dice que era un tipo un tanto extraño, silencioso, pero siempre amigable, y según apunta, mientras disfrutó de su compañía la soledad pasó a ser un problema aparte. A partir de entonces ya no le inquietaban las noches solo en el cobertizo, con el único entretenimiento que mirar a las estrellas que le saludaban con sus destellos entre las hojas secas de las palmeras. Ni se aburría en los días eternos pendiente únicamente de que bajara la marea para ir a sacar de los charcos entre las rocas los peces que quedaban atrapados. 


En cierto modo se considera un hombre con suerte, con mucha suerte, no sólo porque salvó el pellejo al elegir el rumbo que le trajo hasta aquí en el bote salvavidas sino por que, además, cuando más deprimido y necesitado de compañía estaba, Dios puso junto a él a un compañero al que, no le importa confesar,  quiso como nunca antes había querido a otro. Con él compartió todo, lo bueno y lo malo, los huracanes y los días apacibles, en los que los dos caminaban por la playa o subían hasta la cima, donde los árboles frutales y las raíces son más abundantes. Asegura que fueron días felices los que vivieron, en los que compartieron hasta los momentos más íntimos, tanto fue así que dice no haberle importado acceder a compartir juegos sexuales si se lo hubiese pedido...

El comunicante iba trasladando a sus superiores el monólogo que el náufrago continuaba narrándole, nervioso y sin apartar la mirada del lugar en donde los dos marineros trataban de dar con el cuerpo del compañero enterrado, al que por sorpresa sepultó la avalancha de tierra tras el corrimiento provocado por las lluvias. El superviviente aseguraba que todo sucedió justo cuando vieron aparecer el barco entre los destellos del plateado mar del mediodía y comenzaron a hacer señales para llamar la atención.

-¡Tiene que estar ahí, mi compañero no se movió del cobertizo!- gritaba el náufrago.
-¡Aquí no hay nadie señor!-le respondía uno de los marineros posicionado sobre el montón de rocas y tierra.
-¿Estás seguro?-le preguntaba el marinero comunicante.
-¡Seguro, señor! Aquí no hay otra cosa más que un espejo hecho mil pedazos...





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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