viernes, 26 de abril de 2013

Transitoriedad efervescente


Su vida había cambiado rotundamente desde hacía un par de meses, desde que comenzó a sufrir brotes de alucinaciones, una enfermedad que el psiquiatra definió como esquizofrenia efervescente transitoria, un término que seguramente no habría entendido de no ser él el que la padecía. Nunca sabe uno cómo va a reaccionar nuestro cerebro, frente a acontecimientos para los que nunca se está preparado del todo. De todas maneras, el subconsciente es tan reservado para sus cosas que si no fuese porque de vez en cuando salen y florecen uno pensaría que son cosas de otro, otro yo que vive dentro de uno mismo y que nos cuesta controlar en determinadas acciones o momentos.

Esas eran las excusas o explicaciones que el doctor le había dado entre las, ya casi perdidas en número,  sesiones terapéuticas, en las que se pasaba la hora de duración tumbado en el diván sin apenas decir nada, pues era el especialista en psiquiatría el que no paraba de hablar y le contaba todos aquellos detalles sobre su recién aparecida enfermedad. Cualquiera diría que tenían los turnos cambiados y que el médico era el paciente, a no ser porque ya desde el primer encuentro le dijo que no se extrañara por la inusual técnica, que consistía en todo lo contrario a lo establecido en medicina psiquiátrica, que en vez de escuchar al enfermo y que éste dijera boludeses constantemente, el doctor trataba de sustituir sus miedos entreteniéndole con temas ajenos a sus dolencias psíquicas. Lo difícil para Ramón era tener que soportar de vez en cuando las teorías futbolísticas de Bilardo, cuando no existía asunto más aburrido para él que el deporte del balompié. Algo con lo que tenía que haber contado cuando comenzaron las visitas, al comprobar el primer día su marcado acento argentino. 

Era complicado analizar las causas por las que aparecían los brotes esquizofrénicos, el doctor le había dicho que tenía que buscar en su memoria un acontecimiento clave, posiblemente traumático, tan doloroso que el propio subconsciente se habría creado una coraza como antídoto, para que su recuerdo no le afectara, y ese con toda probabilidad sería el olvido. El cerebro es como el disco duro de un ordenador, que por más que se limpian datos inservibles siempre queda una copia de esos archivos por alguna carpeta invisible que los retiene, sacándolos a la luz cuando nos adentramos en sus entrañas electrónicas.

Sin duda alguna la coraza de defensa del subconsciente tendría que ser muy buena, tanto que por más que trataba de buscar una afectación tan traumática no la encontraba. Su vida era muy tranquila y ordenada, no tomaba drogas, no bebía alcohol, no sufría enfermedades ajenas a la transitoria efervescente que padecía... El problema tendría que estar relacionado con su hogar, algo tenía que haber sucedido allí mismo y por eso  al regresar empeoraba y sus alucinaciones volvían con más frecuencia hasta tener que hospitalizarlo. En dos ocasiones lo habían tenido que llevar al hospital y dejarlo ingresado temporalmente, pero aunque continuara con la medicación recetada, al poco tiempo de nuevo regresaban las extrañas voces y visiones que le hacían vivir en un estado constante de pánico y ansiedad, y con la sensación de que su cerebro ya había dejado de funcionar correctamente para siempre.

Al menos su caso no era tan grave como otros aparecidos recientemente en la ciudad, de un mes a esa parte se habían sucedido una cantidad tan poco habitual de afectados por la esquizofrenia que de haber sido enfermedad contagiosa las autoridades habrían declarado obligatoriamente el estado de alerta en toda la región. Según el doctor, habían surgido casos tan llamativos de alucinaciones que incluso llegaron a ser titulares en las noticias. Algunos con consecuencias lamentables, como el del fontanero que se precipitó por su patio de luz desde la cuarta planta del edificio donde vivía, los vecinos declararon que se le había ido la cabeza, que decía ser funámbulo y con paraguas abierto en mano trató de cruzar el patio sobre las cuerdas del tendedero de la ropa. Otros no pasaron de ser simples anécdotas graciosas, como la que protagonizó la camarera del restaurante a la que tuvieron que bajar de la estatua ecuestre de la Plaza Central, desnuda y gritando que era la reencarnación de Lady Godiva. 

Ante lo alarmante de la situación, algunos especialistas comenzaban a sacar conclusiones sobre el tema y tanto fue así que no pasaba día en que las tertulias radiales sacaran a relucir aquel problema que tanto preocupaba a la comunidad. Las opiniones eran dispares en cuanto a las causas posibles que provocaban los brotes esquizofrénicos y los había desde los que se lo achacaban a la sequía extrema padecida aquel año en el que apenas llovió, hasta los que aseguraban que podría tratarse de una herencia genealógica. Y fue precisamente, escuchando la radio e interesándose por el tema que le afectaba, cuando intuyó el origen de su afectación efervescente transitoria.

Hacía frío y le apetecía algo caliente para cenar, así que decidió prepararse una sopa instantánea de pollo. Llenó la taza de agua, la puso a calentar en el microondas y, al tiempo que con las tijeras cortaba el sobre que contenía el preparado alimenticio, dieron comienzo las noticias con el siguiente titular de cabecera: Importante golpe al narcotráfico. Las autoridades policiales han desarticulado una banda criminal dedicada al tráfico de drogas que operaba en el país. Se ha incautado un importante cargamento de mescalina que los traficantes introducían a través de la frontera camuflada en preparados alimenticios de la marca "El pollo feliz". La policía anda tras la pista de una partida con destino desconocido...



Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

viernes, 19 de abril de 2013

Fresas con nata


He comprado fresas. ¡Están buenísimas! Son de temporada, y como sé que te gustan tanto traje una cajita, de las pequeñas, de esas de madera que contienen un kilo. Las he lavado poniéndolas debajo del chorro del grifo antes de cortarle el tallo, para que no le entren agua en el interior. Las he troceado en el cuenco de cerámica que te regaló Carla para tu cumpleaños y bañado en nata; luego las espolvoree con edulcorante. El doctor dijo que evitásemos el azúcar en lo posible. ¡Tenemos que cuidarnos amor mío! Cuando fui esta mañana al mercado... Ya sabes que los martes es el mejor día para comprar. No sé por qué te lo digo precisamente a ti, si tú fuiste la que me lo enseñaste, que los martes y los jueves son los días en que entran los productos frescos a la plaza de abastos. Las vi tan sabrosas, rojitas, en su punto de maduración, y pensé en ti... Bueno, ya sabes que apenas pienso en otra cosa que no seas tú.

Toma, pruébalas... Están buenas, ¿verdad? Antes de conocerte rara vez comía fruta, ¿lo recuerdas? Tú fuiste la que me enseñaste a comerlas, a apreciar su sabor y el valor nutritivo. Me enseñaste tantas cosas... Cada vez que pienso en todo lo que hemos vivido juntos y en lo que hubiese sido mi vida de no haberte conocido se me traba la imaginación...es como si no hubiera sido posible una vida sin ti.

Mañana vendrá Carla a hacerte compañía. Es una jovencita muy guapa. Se parece a ti, tú tenías su misma sonrisa cuando te conocí. Hemos tenido mucha suerte con los hijos, y también con los nietos. No sé que hubiésemos hecho sin ellos, se desviven porque no nos falte de nada. La nieta vendrá temprano, se quedará contigo hasta que yo regrese de la visita al otorrinolaringólogo, este oído derecho ya no es el que era, tanto es así que a veces, sin darme cuenta, cuando me hablan giro la cabeza orientando el izquierdo. Acabará por producirme tortícolis... Ya podrían haber elegido otro nombre un poco más fácil de vocalizar, o-to-rri-no-la-rin-gó-lo-go, ¡qué barbaridad! Toma, come fresas. Me las estoy comiendo yo todas.

Se me olvidó decirte que han abierto una floristería en el local de abajo. Ayer cuando pasé por la puerta vi a través del escaparate cómo colocaban unos estantes en el interior y hoy ya habían abierto al público, tienen mucha variedad de plantas y flores. Sí me acuerdo mañana, a la vuelta del médico del oído, me llegaré y compraré un jazmín para el balcón. Al del patio no sé qué le ocurre, ha dejado de echar flores, creo que las heladas caídas este invierno le han perjudicado. No quiero que llegue el verano y no tengas jazmines, con lo que tanto te gusta ponértelos en el pelo y en la mesilla de noche para ahuyentar los mosquitos.

¡Toma, abre la boca! ¡Ummm, qué ricas! Esta nata que he comprado nueva me gusta más, es más suave al paladar que la otra. ¡Toma, abre esa boquita dulce, vida mía! Vaya, te quedó la nata por fuera. Déjame que te limpie con la servilleta, que tu boca luzca esa linda sonrisa. Tanto tiempo callada... Tanto tiempo ausente...







Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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viernes, 12 de abril de 2013

El perfume


...Cerró los ojos y aspiró profundamente.

París amanecía especialmente espléndido, soleado, cálido y bullicioso. Los carruajes transitaban al trote de los caballos que marcaban el ritmo de la ciudad sobre las empedradas calles, acompañado del vocear de los mozos anunciando las noticias del nuevo día: ¡Extra, Extra! ¡Las noticias de la mañana! La catedral de Notre Dame echaba a sonar sus alegres campanas góticas animando el revolotear de las palomas en la plaza, entre el ir y venir de los elegantes viandantes; ellos bigotudos con frac, guantes y bastón en la mano izquierda, al tiempo que con la derecha levantaban suavemente el sombrero de copa, en gesto cortés y reverente al paso de las distinguidas damas que orgullosamente les ignoraban con una sonrisa, coquetas y ricamente adornadas con exóticas plumas en sus tocados. 

El Sena serpenteaba por entre las entrañas parisinas, regando con sus aguas las principales arterias y el corazón de la ciudad, abrazando a su paso la isla de la Cité, atravesado por sus puentes que de orilla a orilla se ponía a los pies de los creyentes de Saint Denis y Sainte Chapalle, entre el Palacio de Versalles y los Campos Elíseos, al saludo del Arco del triunfo y a la sombra de la Torre Eiffel, que arrogante y vanidosa se alzaba famosa en el Campo de Marte.

Montmartre se soleaba coronada por la cúpula del Sacré Coeaur en su colina, presente bajo las sombrillas de la Place du Tertre sobre las mesas y caballetes, soportes de lienzos artísticamente coloreados y creados en la comuna de Bateau-Lavoir. Bailarinas con tutú, retratos cubistas, escenas tahitianas, girasoles atormentados... y jardines floreados con puentes japoneses cruzando campos de nenúfares, donde los sauces lloran sus lánguidas ramas sobre aguas estancadas.

Los cafés se esparcían por las esquinas mientras que los cabaret adormecían sus locas nocturnidades tras las fachadas disfrazadas de molinos inquietos, rojos, de aspas inmóviles que a las luces de la noche se tornaban golfas y canallas, entre el cancán de las bailarinas vestidas de enaguas con volantes almidonados ahuecadores de faldas, turnándose entre el escenario y los carteles del pintor, que con cojeados pasos canjeaba por copas de licor acompañadas de señoritas alegremente dignificadas.

Abrió los ojos con los sentidos cautivados a la vez que expulsaba el aire perfumado de sus pulmones. Buscó con la mirada al joven de gestos delicados que tras el mostrador satisfacía a los clientes iluminados por los indiscretos y juguetones rayos de sol que se colaban por los cristales, entre sus grandes letras trazadas en otros tiempos, en la época bella. El dependiente se acercó y respondió a la llamada de su mirada: -Oui, madame! - a lo que la distinguida señora respondió escuetamente señalando con el índice el frasco de perfume que acababa de oler- Celui-ci!






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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viernes, 5 de abril de 2013

Al otro lado de la realidad


Una exclamación generalizada se adueñó del eco de la iglesia cuando los grandes candelabros barrocos de plata cayeron de golpe contra las baldosas blancas y negras, ante el desconcierto general de ángeles, santos y beatas ataviadas de luto impoluto. Las gotas de cera derramadas sobre el suelo se transformaban por momentos, licuándose en una sustancia roja al tiempo que se imantaban todas, unas con otras, hasta volver a solidificarse y formar de nuevo parte del cirio. El pasillo central entre la bancada se figuraba interminable hacia la salida, entre las manos acusadoras de creyentes que como hipnotizados le señalaban a su paso con la mano alzada y el dedo índice estirado. El atronador sonar de campanas se fundía con el intenso olor a incienso abduciendo sus sentidos hasta sentirse envuelto en una espiral de sensaciones tenebrosas. 

La agonizante huida multiplicó su angustia cuando las grandes puertas aparecían cubiertas de enormes cerrojos metálicos dificultando la salida, acercándose hacia él al mismo ritmo que las paredes, que se contraían achicando el espacio y eliminando el aire para respirar. Atrapado en el recinto sus manos golpearon con fuerza las paredes que como por arte de magia se transmutaban transparentes formando ondulaciones como en las aguas cristalinas a la caída de una piedra, dejando ver la claridad del exterior al otro lado, a extramuros.

De un impulso consiguió liberarse de aquel estado escalofriante a través del espejismo y salió a la calle, de igual modo repleta de gente que se agolpaban en las aceras entre gritos y lamentos al paso de una comitiva festiva, amenizada por interminables bandas de músicos que acompañaban a enormes figuras de gigantes y cabezudos danzando al compás sobre elevados zancos de madera. Los danzantes se acercaban al público que aplaudía enfervorecido cada vez que al azar elegían a uno de los presentes para devorarlo ante todos sus incondicionales. La macabra carnicería se desarrollaba entre confetis, globos y banderolas,  sin espacio físico por donde escapar de aquel escenario irreal en el que se encontraba inmerso.

De espaldas a la pared y tratando de pasar desapercibido continuó contra corriente, en dirección opuesta al gentío que no tenía ojos más que para la procesión surrealista. Atrapado entre la perfomance psíquico-artística observó una hilera de hormigas negras que laboriosas y ajenas a la festividad se afanaban en la tarea de la recolección de víveres. Una tras otras e iguales a las demás, sin un solo rasgo que las diferenciara. Siguió su rastro y al doblar la esquina el contexto se fue difuminando hasta situarse en una habitación cerrada, claustrofóbica, sin puertas ni ventanas, sin un solo vínculo con el otro lado. Un escenario cúbico con contenido sobrio, figurativo y abstracto, una vieja y desgastada mesa de madera sobre la que descansaban  un teléfono negro descolgado y un plato, por el que las hormigas pululaban sin salirse de la fila e ignorando su contenido, un puñado de alubias blancas secas y una foto descolorida.

Atraído por la inercia y el subconsciente fue directo hacia el auricular telefónico, el que agarró y se acercó al oído tratando de hallar la clave para evadirse de la carcelaria estancia. No escuchó respuesta auditiva cuando preguntó si había alguien al otro lado del hilo, por el contrario la habitación comenzó a girar cada vez más y más rápido hasta perder la conciencia, que recuperó en un desértico paisaje que se abría inhóspito y hostil, con mucho viento y rodeado de elevadas formaciones rocosas a todo su alrededor. Caminó sin dirección concreta con la esperanza de encontrar la salida de aquel laberinto de despropósitos entre esqueletos taurinos clavados de banderillas rojas y gualdas, sobre los que revoloteaban bandadas de buitres de alegres, brillantes y coloreados plumajes. Continuó el periplo sin punto de retorno y después de mucho caminar, sediento y fatigado, ante su sombra se elevaba como salida de la nada una escalera blanca en forma de caracol que terminaba en una puerta del mismo color.  

La entrada daba paso a otra situación diferente, de colores claros y luminosos, de una elegancia cálida que invitaba al descanso, con grandes ventanales que enseñaban un inmenso y celeste cielo adornado de esponjosas nubes blancas por el que revoloteaban siluetas de palomas transparentes. Dejó atrás el árido paisaje y se adentró en aquella habitación un tanto refinada, con chimeneas apagadas y grandes manzanas verdes esparcidas por todos lados sin motivo aparente, un insinuante sillón orejero con estampaciones floridas y enfrente un televisor sobre un clásico mueble de época. Se sentó y conectó el aparato receptor.

La pantalla dejaba ver el mismo cielo que se percibía por las ventanas, un espacio vacío por el que sobrevolaban más palomas, traslúcidas y blancas, bastones, bombines, hombres elegantemente vestidos de frac acompañados de leones alados y más manzanas, de todos los tamaños pero del mismo color, todo ello envuelto en un ambiente plácido y armonizado por un sonido hipnotizador. De repente la paz se esfumó, cuando el sonido alarmante de un timbre alteró el descanso. 

Abrió los ojos y en ese mismo instante el televisor se apagó, la imagen se contrajo en un punto central de luz, como absorbida, como una estrella engullida en el universo por un agujero negro. Miró a su alrededor un tanto desorientado y tras situarse se oyeron un par de golpes secos en la puerta, se levantó del sillón y miró por la mirilla. Abrió la puerta para asegurarse de que no había nadie y solo encontró una nota sujeta en la aldaba: Compañía de electricidad. Interrumpimos el servicio de energía por un espacio breve de tiempo. Disculpen las molestias.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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