sábado, 30 de marzo de 2013

Caprichoso Cupido



De no haberlo vivido por ella misma jamás se hubiera imaginado que estas cosas tan caprichosas del destino podrían ocurrir, que Cupido tuviese una tarde de antojo y pusiera sus flechas donde nunca tendría que haber apuntado. Pero ya se sabe, los ojos del dios del deseo amoroso están cubiertos por una tupida venda que su divina mirada no puede atravesar. El corazón de Virginia fue clavado por una de sus armas arrojadizas e inconscientemente cayó fulgurante entre los brazos de un hombre, precisamente el menos indicado.

No llevaba muchos días en la facultad de filosofía de Salamanca cuando comenzó a sentir una atracción especial por su profesor, Marcelo era un hombre joven que no coincidía con los parámetros habituales de docente entrado en años, al contrario, aunque les doblaba la edad la relación con sus alumnos no discurría con tintes paternalistas sino más cercano, algo así como el amigo experimentado del grupo que cada día acudía al encuentro en las aulas universitarias. Un hombre amable, cordial y comprometido con su alumnado en los problemas e inquietudes propias de juventud. 

En un principio no dejaba de ser una ilusión que suponía transitoria, muchas de sus compañeras universitarias también suspiraban por el profesor pero de igual modo todas eran conscientes de que Marcelo no daba tregua ni bajaba la guardia en lo relacionado a su vida intima, todas sabían que era un hombre soltero y a simple vista sin compromiso, así que por otro lado también las colocaba en posición privilegiada, en casaderas con posibilidad.

Lo que tampoco podría imaginar es que sin tomárselo en serio comenzara a recibir señales de reciprocidad por parte de él, demasiado atento, demasiados detalles con ella que fue identificando como señales de complicidad, hasta que sin esperarlo, un día la retuvo a la salida de clase con excusas relacionadas con los estudios para aprovechar la oportunidad e invitarla a almorzar. No dijo que no, accedió a la invitación, aunque con reservas de que fuese lo correcto. No desconfiaba de aquel hombre, al contrario, le daba confianza y se sentía segura en su compañía, pero temía una reacción desacreditadora por parte de sus amigas y compañeras que podrían acusarla de ir más allá de lo que realmente era, un almuerzo sin compromiso alguno.

Pero aquel encuentro no fue casual, ni por parte de Marcelo ni por la del hijo de Venus, que se valió del momento para lanzar la flecha que despertó definitivamente los sentimientos de ambos y unirlos en pareja. El compromiso se hizo oficial para todos y por supuesto también para los padres adoptivos de Virginia, a los que les comunicó su decisión de compartir la vida con el hombre que creía ideal. Nunca le ocultaron su verdadero origen ni la historia que les contó su casi desconocida madre biológica, de la que apenas tenían conocimientos.

El azar la había puesto en sus vidas cuando una joven embarazada a punto de dar a luz y sin dinero se acercó a ellos en aquella gasolinera de carretera, no dudaron en ofrecerse para llevarla en el vehículo hasta Madrid, donde vivían. Por el camino les contó su angustia y la falta de apoyo recibido por parte de sus padres cuando se quedó embarazada de un joven adolescente de su edad, que justo antes de conocer su embarazo había emigrado con sus padres a otra ciudad, a Valladolid, adonde pretendía llegar con la esperanza de encontrarlo y hacerle saber que él era el padre de la criatura que llevaba en sus entrañas.

Pero no pudo cumplir su deseo, poco antes de llegar a Madrid rompió aguas y falleció en el parto. La falta de documentación u otro indicio que la identificara los puso en la disyuntiva de adoptar a la recién nacida niña, a la que pusieron el mismo nombre que su madre. Sus únicas pertenencias consistían en un pequeño bolso de mano, en el que guardaba un diario en blanco y una foto de ella entre sus páginas. Aquella era la única referencia que tenía de su madre natural, la que no le sirvió para encontrar el rastro de su identidad. Virginia guardaba con mucho cariño la foto en blanco y negro heredada, con la esperanza de que algún día le sirviera como llave al conocimiento de su verdadera identidad.

Sin embargo, al contrario que a su desconocida madre, la fortuna le había sonreído doblemente,  primero por haber sido adoptada por quienes le dieron todo el cariño que pueda recibir una hija y por último encontrando a Marcelo, de quien se sentía enamorada y correspondida, hasta tal punto de tomar la decisión de unir sus vidas. Virginia comenzó la mudanza de las pocas pertenencias que guardaba en el piso de estudiante que compartía con otras compañeras y comenzó a colgar sus ropas en el armario del hasta ese momento dormitorio de soltero de Marcelo, con tan mala suerte que en un descuidado giro dio con el codo al portarretratos que sobre el chifonier mostraba una foto de sus padres, rompiéndose el cristal al caer al suelo.

Preocupada por el descalabro se apresuró a terminar de ordenar sus cosas pensando en reponer el cristal y volver a colocar el marco en su lugar lo antes posible, para que Marcelo no lo notara ni lo echara en falta. Recogió los cristales esparcidos por el suelo y metió el portarretratos en una bolsa, con la que se apresuró en dirección a la cristalería más cercana. Llegó al establecimiento y el cristalero se dispuso a reponer el cristal nuevo. Separó la tapa trasera, extrajo la imagen familiar para tomar las medidas correctas y las dejó sobre el mostrador.

El dependiente entró en la trastienda taller para cortar el  vidrio y entre tanto Virginia sintió curiosidad por observar con detenimiento el rostro de sus suegros, a los que todavía no conocía en persona. Asió la fotografía con las manos y al hacerlo comprobó que tras ella había otra estampa oculta, una imagen que nunca podía haber llegado a imaginar. Era una copia igual a la foto de su madre biológica, la que con tanto cariño conservaba. Pero ésta, a diferencia de la suya, contenía una dedicatoria a tinta: Por siempre tuya.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 23 de marzo de 2013

Crónica de un exorcismo


Quedó sorprendido, atónito, sin reacción momentánea, cuando descubrió el origen de los extraños sucesos nocturnos que ocurrían en torno a él

Todo comenzó un par de años atrás, con las primeras sospechas de que algo sucedía en su hogar durante la noche y que no tenía explicación lógica, aunque era muy probable que las anomalías estuvieran ocurriendo desde mucho tiempo atrás y no hubiera puesto atención en ellas anteriormente. La mañana que encontró abierta la bolsa de rosquillas, dejada la noche anterior antes de irse a dormir sobre la mesa de la cocina, sin precintar y con dos unidades menos, fue el hecho detonante que puso en alerta a Eduardo, de que alguna desconocida presencia se había comido el par de rosquillas faltantes. Se las comió allí mismo. A esa conclusión llegó después de ver el reguero de pisquitos blancos que dejaba el azúcar glas sobre el suelo en dirección opuesta a su dormitorio. 

Aquella extrañeza pasó rápido al olvido cuando vio que la ventana de la cocina estaba entreabierta, con espacio suficiente como para dejar entrar el cuerpo de algún animal. Un gato, un pájaro, o incluso algún pequeño ratoncillo que al olor de la comida se habría aventurado a colarse en el interior tras el rastro goloso. Los restos esparcidos por el piso adquirieron normalidad y dio por resuelta la extrañeza. Sin embargo, las suspicacias se activaron de nuevo cuando algunas mañanas más tarde encontró otro raro suceso, la lámpara de la entrada sobre la consola recibidor estaba encendida. Qué extraño, pensó nada más verla. No acostumbraba a encenderla salvo en contadas ocasiones en las que regresaba a casa por la noche o sin luz natural y desde la tarde anterior no había salido al exterior y no había necesitado conectarla; estaba seguro de ni siquiera haberse acercado a la puerta de la entrada.

A partir de entonces comenzó a tomarse más en serio cualquier detalle que no encontrara dentro de la normalidad, anormalidades que fueron sucediéndose cada vez más asiduas y más evidentes de que una extraña presencia era la causante de todas las alteraciones, siempre durante la noche, cuando dormía, y sin rastro alguno de cómo accedía al interior de la vivienda. Puertas cerradas o abiertas, luces de las restantes habitaciones encendidas, portarretratos cambiados de lugar... Los inexplicables hechos se habían convertido en una pesadilla que le intimidaban con una frecuencia casi diaria, hasta el punto de empezar a sugestionarse con cada ruido extraño y a cualquier hora del día o por una simple corriente de aire, cualquier mínimo detalle le amedrentaba, le impresionaba hasta erizársele la piel.

Llego a la determinación de que se trataba de un caso claro de poltergeist. La casa donde vivía estaba situada en un lugar histórico de la ciudad, donde bien pudo haber existido anteriormente otro tipo de edificación, tal vez un antiguo hospital, un cementerio, o quizás una casa encantada, por la que vagara algún alma en pena atrapada en el limbo con la necesidad de encontrar el camino definitivo. Aquellas señales podrían ser una llamada de atención, estaba claro que algún espíritu reclamaba su ayuda. Pero, cómo ponerse en contacto con él, de qué manera podría comunicarse para entender cuáles eran sus demandas y así cumplirlas, de modo que pudieran hallar la paz los dos, el duende y él.

Se decidió por poner remedio a la angustia que le provocaban aquellos fenómenos y fue a pedir consejo a una espiritista curtida en mil batallas demoníacas. Acudió a su casa y tras un examen exhaustivo le propuso una limpieza de influencias negativas que ella notaba en su cuerpo cuando entraba en trance buscando el maligno espíritu que le atormentaba. Al día siguiente, para no perder el tiempo, la espiritista se encerró en el hogar de Eduardo y sembró todas las habitaciones de crucifijos y velas encendidas para que sirvieran de guía al alma en pena atormentada y prisionera en su vivienda. Conjuros y más conjuros, rezos y pronunciamientos mágicos como puente entre lo físico y lo espiritual, y agua bendita de la iglesia cercana pulverizada por cada rincón. Una jornada entera de limpieza entre los dos mundos hasta que la médium dio por concluido el exorcismo.

Por primera vez en mucho tiempo se dispuso a dormir tranquilo, sin la inquietud que le producía el misterio de no saber qué encontraría a la mañana siguiente como fruto de los extraños fenómenos ocurridos durante la noche. Cuando despertó lo hizo con la interrogante como compañera, fue comprobando una por una todas las estancias de la casa sin nada anómalo que resaltar, todo estaba en sus sitio, en orden, y los conjuros parecían haber dado resultado. Pero sólo fue flor de un día, porque a la mañana siguiente de nuevo las señales de la desconcertante presencia se hacían patentes. Las puertas de la despensa estaban abiertas de par en par, al igual que el frigorífico, en donde aparecía todo revuelto. Además, y especialmente, se encontraba cansado, como si toda la noche durmiendo no le hubiese proporcionado suficiente descanso, y con una pesadez en el estómago poco habitual.

Desesperado, ante el regreso de los fenómenos paranormales, pensó que lo mejor sería buscar una solución definitiva, poner tierra de por medio, vender la casa y comprar otra en otro lugar de la ciudad asegurándose de que no aparecerían nuevas sorpresas de tipo fantasmagórico. Tendría que ser un sitio nuevo, en un terreno puro, sin posible contaminación espiritista.  Y así, decidido a poner punto y final, a comenzar una nueva etapa de su vida sin influencias de otro mundo, se fue a dormir. Se acostó. Y cuando despertó al día siguiente notó una extraña y pegajosa sensación entre su piel y las sábanas, movió la mano intentando averiguar de qué se trataba y al hacerlo topó con un objeto de cristal, lo agarró, lo sacó de entre el tejido de lienzo y, desorientado y perplejo, comprobó que también la mano la tenía pringada de aquella sustancia que contenía el tarro de vidrio  Se levantó de la cama y fue entonces, frente al espejo, cuando encontró la respuesta a todo lo sucedido anteriormente, al ver que el contorno y su boca la tenía manchada de mermelada de frambuesa.







Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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viernes, 15 de marzo de 2013

Rosas marchitas


Rosas marchitas

-Tengo que llamar a Isidro el cristalero para que repare esos cristales. Cualquier día de estos vamos a tener que lamentar una desgracia -decía en voz alta Adela, mirando al techo y dirigiéndose a Miss y Copete, que calentaban sus cuerpos peludos al sol primaveral de la mañana estirados sobre la tarima de madera. Los dos perritos caniches eran su familia, la única compañía desde hacía algo más de una década, cuando se quedó sola tras la muerte de sus padres. En realidad no eran de pura raza, aunque a simple vista lo aparentaban. Eran los hijos de la difunta Lupita, cuya pureza sí rezaba en su pedigrí. La madre del clan canino recibió su nombre por una razón en concreto, Adela siempre le decía que tenía al andar la gracia que se tiene en los bailes de los mariachis. También le reprendía con frecuencia que fuese tan ventolera, que no guardara las formas de una jovencita bien educada y se escapara cada vez que su naturaleza le pedía diversión, pero acabó agradeciéndole que en una de sus fugas se quedara preñada y le regalara aquellas dos bolitas peludas a las que tanto quería; sus hermanos de camada no sobrevivieron.

El invierno había sido especialmente crudo, con muchos días desapacibles de lluvia y viento que dejaron sus huellas en el techo del invernadero, su antigua estructura de madera se había vuelto vulnerable con los años y ya no resistía las inclemencias del tiempo como antaño. Tampoco ella estaba ya para muchos trotes, el jardín exigía mucha dedicación y aunque le ofrecía todo su tiempo no era el suficiente. La edad no perdona y algunas tareas comenzaban a resultarle excesivamente fatigosas. La poda de los arbustos, el arreglo de los arriates, el riego, la siembra... Una entrega constante que no quería excluir de sus obligaciones, realmente no tenía otras razones para vivir más que cuidar del jardín y de Miss y Copete.

Nunca culpó a sus padres de su soledad en el tramo final de su vida, ni se atrevió a reprochárselo, aunque era consciente de que la estricta y conservadora manera de pensar, especialmente la de su padre, fue la causante de que Braulio se marchara del pueblo para no regresar jamás. Las tres décadas pasadas desde entonces no habían influido lo suficiente para el olvido. Aquel joven y apuesto muchacho fue su único amor, al que recordaba todos los días de su vida con la esperanza de que regresara.

La mañana transcurría apacible, armonizada por el alegre trinar de los pájaros que revoloteaban por entre las flores y los árboles frutales, a los que siempre procuraba dejar uno de los ventanucos abiertos para que pasaran la noche al resguardo. No tenía predilección especial por ninguno, las palomas, los gorriones, y hasta las golondrinas que muchas veces le ocasionaban daños en los semilleros con los excrementos caídos en el ir y venir constante construyendo el nido de barro, a todos los trataba con cariño e incluso les dejaba un puñado de semillas en un lugar bien visible para que se alimentaran. Sus hábiles manos protegidas por los guantes se esmeraban en la siembra de los bulbos y tubérculos de floración estival, dalias, begonias, gladiolos, al tiempo que se recreaba con la vista en las florecidas violetas, claveles, malvas, margaritas, caléndulas o jazmines, todas lozanas y coloristas. Sólo el rosal junto a la verja de la entrada se mostraba triste, marchito, al que también los años parecían pasarle factura.  

Demasiado tiempo sin otra compañía que la de sus perritos, demasiados pensamientos hurgando en los recuerdos, en las rígidas reglas de educación que marcaron su existencia. Hubiese sido diferente de no haber tenido un padre militar que no marcara las normas del hogar como si de un cuartel se tratara. Nada quedaba fuera de su control, el horario, las amistades, sus aficiones... El deseo de que encontrara a un hombre adecuado a su educación, con unas características y cualidades especiales merecedoras de una señorita de clase media alta. No pensaron en ella como una persona necesitada en dar rienda suelta a sus inquietudes, en la necesidad de disfrutar de la libertad de escoger su camino en la vida. Tanto bien deseaban para su hija que se les pasó la oportunidad buscándola.

Tampoco ella les defraudó, se dedicó en cuerpo y alma a cuidar su ancianidad hasta el momento del último suspiro. Desde entonces la vieja casona que habitaba le resultaba infinita, fría, y con más recuerdos que detalles decorativos. Nunca pensó en otra posibilidad diferente que no fuese la de Braulio, en el caso de haber compartido la vida con un hombre. Amable, alegre, generoso, unas cualidades aceptables de pretendiente para sus padres que no fueron las suficientes ni superaron a la rebeldía inconformista propia de un joven inquieto. Un no rotundo al noviazgo que le costó superar y que fue el causante de que abandonara el pueblo. 

Las horas pasaban y el sol se alzaba en el horizonte regalando un día espléndido, cálido, pero con la misma monotonía cotidiana de siempre, todo relajado, tranquilo... Hasta que Miss y Copete se incorporaron alertados por el sonido de la campanita de la entrada. Alguien llamaba al otro lado de la cerca de madera y los dos salieron corriendo y ladrando como un resorte hacia la puerta. Adela miró entre los cristales y al otro lado del jardín vio a Gabriel, el cartero, que le saludaba alzando una carta con la mano que luego depositó en el buzón. Puso los pies en los pedales de la bicicleta y de la misma manera que había llegado se alejó perdiéndose por el camino.

El corazón le dio un vuelco. Para cualquier otra persona hubiera sido un acto normal encontrar una carta en su buzón, pero para ella era algo inusual. Hacía muchísimo tiempo que no recibía ninguna carta, hasta el punto de casi olvidar la existencia del servicio de correos. Los caniches regresaron a su lugar anterior resoplando al tiempo que movían las orejas con un tic nervioso provocado por una mosca juguetona que alteraba su sosegado descanso, en cambio, Adela comenzó a pasearse por la intriga con quién podría ser el remitente de la misiva. No tenía familia, no conocía a nadie que pudiera ponerse en contacto con ella a través de una carta.

Vueltas y más vueltas en el pensamiento hasta que la curiosidad pudo más y le venció. Se quitó los guantes y salió del invernadero en dirección a la entrada del jardín limpiándose las manos en el delantal. Extrajo el sobre del buzón acompañado del chirriar que producía el óxido de las bisagras metálicas y lo volvió a cerrar. El sobre blanco no mostraba remitente, lo que la mantuvo aún más en la especulación, sólo mostraba la dirección del destinatario y un sello conmemorativo de la Constitución Española. La primera reacción fue el de dejarse llevar por el deseo de abrirla, pero se contuvo, pensó que mejor lo hacía tomándose un cafecito y un par de galletas.

El silbido del vapor anunciaba que el café comenzaba a hervir y mientras tanto Adela se recreaba mirando el sobre entre sus manos sentada junto a la mesa de la cocina, por defecto había ido eliminando posibles remitentes hasta que el deseo y la esperanza la convencieron para elegir un nombre, Braulio. La cafetera bullendo y Miss y Copete sentados a su lado en el suelo expectantes ante la llegada de la media galleta para cada uno de ellos. Por momentos el nerviosismo iba apoderándose de la mujer que se recreaba en el gozo de que sus sueños pudieran convertirse en realidad y que la carta anunciara al menos que nunca la olvidó a pesar de los años transcurridos. Al fin se decidió y con sumo cuidado fue pasando el cuchillo a modo de abrecartas tratando de que no se estropeara al rasgar el papel. Extrajo la nota, la desplegó y leyó: Elecciones Generales a la Presidencia del Gobierno. Vota al candidato....



Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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martes, 12 de marzo de 2013

Vacaciones de crucero



La clara y limpia luz de la mañana mediterránea comenzaba a invadir el camarote, adueñándose de su interior con una luminosidad alegre y chispeante, como encendida por los propios dioses del Olimpo. Los rayos del sol se colaban a través de los ojos de buey y por entre las cortinas, acariciando el rostro de Hugo, anunciándole el nuevo día. Su mano se alargaba por las sábanas blancas y cálidas buscando el cuerpo deseado de su amada, deslizando sus dedos entre los pliegues del tejido, pero la cama ancha dejaba un espacio huérfano, vacío de otro calor humano que no fuese el suyo. Sus ojos se fueron abriendo lentamente recorriendo el confortable lecho para continuar seguidamente por todo el alojamiento en busca de la figura de Laura. No la encontró. Se centró en la puerta del aseo y dedujo que se hallaría al otro lado de ella.

Volvió a bajar los párpados y a dejarse llevar por el disfrute de sentirse dichoso, embriagado por un estado anímico agradable que identificaba con la felicidad. La fortuna le sonreía y le estaba agradecido de haberla puesto en su camino para compartir la vida con ella. Laura era la mujer perfecta que colmaba todos sus anhelos, sus deseos. Algunos meses antes la caprichosa suerte le había vuelto a sonreír con aquel premio que sorteaba la extraña marca de café, que llamó su atención en el supermercado y que les ofreció la posibilidad de vivir una luna de miel que no habían podido disfrutar hasta entonces. Una semana de placer en el Orient Queen por las islas Cicladas no estaba dentro de sus posibilidades económicas. Se sentía dichoso y feliz por poder disfrutarlo junto a la mujer que amaba.

Atrapado por el hechizo del momento, y entre el murmullo que se oía en el exterior, recordó que el transbordador atracaba aquella mañana en el puerto de Rodas, lo que le hizo incorporarse y abandonar el encantamiento, para poder aprovechar todo el tiempo posible visitando la ciudad mítica. Se acercó a la puerta del aseo pensando en instarle a que se apresurara y golpeó la madera suavemente con los nudillos de la mano derecha.
-!Cariño, date prisa. Se nos hace tarde para desayunar!- al no encontrar respuesta volvió a insistir -¿Cariño, estás bien?-pero sólo halló silencio. La falta de señales le inquietó y le empujó a girar el picaporte y abrir. La sorpresa fue mayúscula, el aseo estaba vacío y en el espejo del lavabo se leía escrito con carmín: Lo siento Hugo, otro hombre conquistó mi corazón y he decidido compartir mi vida con él. Perdóname.

Sorprendido y desconcertado quedó inmóvil varios minutos sin reacción alguna. Tendría que tratarse de una pesadilla, seguramente estaría durmiendo todavía. No era posible que aquello estuviera sucediendo realmente. Giró la cabeza buscando con la mirada sus ropas, sus pertenencias, queriendo imaginar que no era más que una broma, pero no había ni rastro de su equipaje en el dormitorio. La cruda realidad le obligó a paladear el sinsabor de la desdicha, del desengaño, del desconsuelo, de la traición. 

Desolado no encontró otra cosa que hacer más que buscarla. Vestirse rápido y salir a su encuentro, tenía que estar en alguna parte del barco. Ofuscado por la sorpresa recorría el interior del transbordador mirando desesperadamente entre los viajeros que abandonaban sus camarotes, buscando su rostro, su silueta, entre el bullicio que se disponía para visitar la ciudad. Salió a cubierta y encontró que Roda se ofrecía como un grandioso decorado en un escenario vivo, dinámico, con colores alegres de gente por todas partes. De repente y entre una maraña de almas su mirada quedó atrapada en una figura de mujer vestida de blanco impoluto que subía a un taxi en el muelle. Era Laura, pero no iba sola, le acompañaba Alex, el compañero de Daniela, el hombre de la pareja alojada en el camarote contiguo al que ellos ocupaban. El taxi se perdió entre los edificios, adentrándose en la ciudad portuaria, mientras que Hugo quedaba anclado en la desolación, impotente, sin poder hacer nada por retenerla y con la mirada perdida en ninguna parte.

Todo su mundo se desvanecía por momentos, de la felicidad completa había pasado al descorazonamiento absoluto. Sus sueños, sus ilusiones, su futuro, todo se derrumbaba como un castillo de naipes buscando razones, tratando de encontrar lo que hizo mal, en lo que falló para que la mujer que amaba le abandonara y se marchara con un desconocido sin explicaciones válidas, sin excusas de ningún tipo. Vagaba a la deriva entre las terrazas de la cubierta con la mente ocupada entre preguntas y más preguntas sin respuesta, culpándose y culpándola, excusándose y eximiéndole, queriendo engañarse volcando la culpabilidad en su contrincante, en Alex.

Su memoria retrocedía a la búsqueda de detalles, de indicios alertadores de lo que se estaba fraguando y que no supo advertir. Comenzaba a encontrar razones en aquellas sonrisas y miradas cómplices entre los fugitivos los días anteriores de crucero en Mykonos, Kusadasi y Patmos, incluso el primer día en Atenas, en el puerto del Pireo, cuando él se ofreció a llevarle el bolso de equipaje hasta el embarque. Fue ahí donde empezó todo. ¿Cómo era posible que la traición pasara inadvertida hasta consumarse, con la evidencia que se mostraba...?

Cegado por los sentimientos que le atosigaban no había advertido que a tan solo unos metros de él la compañera de Alex, Daniela, se situaba erguida junto a la barandilla con la mirada puesta en el horizonte infinito, donde la línea del cielo y el mar se juntaban para no pertenecer a ningún lado. Sin pensarlo dos veces se levantó del banco que ocupaba junto a la piscina y se dirigió hacia ella.

-¿Defraudada? -le preguntó, sin haberse dado cuenta hasta ese mismo momento que tras las grandes gafas de sol que ocultaban sus ojos llorosos brotaban lágrimas silenciosas que se deslizaban por las rosadas mejillas.
-Sí, una vez más. En cierto modo ya estoy acostumbrada a estos desengaños -le respondió serenamente y un tanto sorprendida por su presencia.
-Parece como si estuviera resignada a las infidelidades de su compañero-argüía Hugo.
-No, no es a eso a lo que me resigno. Alex no es diferente a los demás que se acercaron a mí por otras razones diferentes al amor.

Sabedores y sintiéndose víctimas del desengaño, Hugo y Daniela continuaron dialogando por horas en la cubierta del Orient Queen ajenos al tiempo que transcurría bajo el sol veraniego. Los dos habían encontrado consuelo en la desesperanza del otro.

La conversación con Daniela, prácticamente desconocida para él hasta el preciso instante en que se acercó a su lado tratando de encontrar respuesta a sus preguntas, le descubría a una mujer sensible, rebosante de ternura, que halló en su fortuna heredada la barrera para el amor. Todos sus pretendientes lo hicieron con las mismas intenciones, pero la experiencia le había curtido y no se dejaba engañar, a sabiendas de que todos los hombres se acercaban a ella con el propósito de administrar sus propiedades. Alex no fue diferente a los demás, pero tampoco consiguió embaucarla, ni siquiera utilizando sus grandes dotes de conquistador, de gran pretendiente. Conocer a Laura y comprobar que podría tratarse de una presa fácil le hizo olvidar y abandonar a la intransigente Daniela.

A partir de aquél momento, para ambos, comenzaron las verdaderas vacaciones de placer y a disfrutar del crucero en compañía. Al día siguiente, las islas de Creta y Santorini se convirtieron en el escenario ideal para afianzar la relación de dos personas que comenzaban a atraerse al tiempo que se conocían. No quedó tiempo para el desamor en las vacaciones de crucero, la providencia fue generosa con quienes miraban con el corazón e implacable con los que se dejaron llevar por otras intenciones más interesadas. Atenas recibía de nuevo al Orient Queen y los pasajeros se agolpaban a la salida del transbordador dando fin a una semana de placer. Hugo notó cómo vibraba su teléfono móvil al tiempo que escuchó el sonido que le avisaba de un nuevo mensaje escrito. Abrió el correo y leyó: Necesito verte... Me equivoqué. Eliminó el mensaje y guardó de nuevo el terminal en el bolsillo del pantalón. Miró con sonrisa cómplice a Daniela y, agarrados de la mano, cruzaron la pasarela que les bajaba a tierra.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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lunes, 4 de marzo de 2013

Ira cegadora





Cómo parar el llanto del pequeño Lucas en brazos de su padre. Era imposible consolarlo. No se podría explicar por qué el niño había roto a llorar sin un motivo aparente, no tenía edad suficiente como para entender lo ocurrido y el drama que cubría  la estancia. Sólo cabría entenderse si aceptáramos un sexto sentido de la intuición que vamos perdiendo con al pasar de los años, al igual que la piel se muda en nuestro cuerpo sin darnos cuenta. En cambio, en cuanto a su padre, si era entendible que estuviera llorando a lágrima viva. Existían los motivos. La escena por sí sola se bastaba para la comprensión. Toda la habitación ensangrentada, un hombre sentado en el suelo junto a la ventana con su hijo en brazos y el cuerpo inerte decapitado sobre la alfombra, el de su querida compañera.

Embargado por los sentimientos dispares vividos en apenas un puñado de minutos, el padre se sumía en la amargura, en el dolor por la pérdida del ser querido que tanto ofreció a cambio de nada. Todo por una chispa inexplicable, suficiente como para encender la ira y cegarse. Nada como el dolor de un hijo para comprender mil reacciones incontroladas diferentes, pero surgió una sola, la más primitiva de cuantas se puedan imaginar con la venganza como condicionante. El fruto de una percepción errónea con trágicas consecuencias.

La katana manchada de sangre yacía a unas cuartas del cuerpo dividido en dos, fue tanta la ira concentrada en energía que solo le bastó un único movimiento del metal agarrado con las dos manos para dejar seccionada la cabeza con la afilada hoja. Se maldecía por su incomprensible reacción, por no haber comprobado la realidad, por la violencia desatada, por su inexplicable manera de actuar. Fue todo tan repentino, parecía tan evidente... 

Si hubiesen elegido otra decoración diferente a la oriental, o tal vez con haber rechazado la espada japonesa y colocado en su lugar un jarrón dinástico habría sido suficiente. O simplemente con no haber estado expuesta sobre el mueble de la sala sin enfundar, con eso quizás habría bastado para ganar un minuto de razonamiento antes de la repentina reacción. Preguntas y más preguntas que se agolpaban en busca de una excusa que aliviara el sentimiento de culpabilidad que le invadía.

Tantos momentos vividos, tantos recuerdos y tan fiel compañía pagada con la peor de las monedas. ¡Si pudiera volver el tiempo atrás y disfrutar de otra oportunidad para poder evitar lo inevitable!- exclamaba entre lamentos y sollozos al tiempo que mecía a Lucas en sus brazos tratando de consolar su llanto. Los buenos momentos compartidos con ella pasaban por su mente como un río de sensaciones amargas envueltas en el dolor y en el tormento, nunca antes había querido a otra como a ella. Recordaba cuándo la vio por primera vez, tímida, miedosa a causa de sus experiencias vividas, pero no dudó ni un momento en ofrecerle su hogar y una vida en familia. Una vida entera llena de satisfacciones compartidas que se evaporaron por un mal entendido, lo que le empujó a consumar la desdicha de todos, a cometer un espantoso crimen.

Recordaba sus paseos por el campo, su alegría, su predisposición contante para hacerles feliz a él y a su hijo, especialmente al niño, con quien compartía juegos. Incluso le perdonaba sus aventuras amorosas, sus escapadas esporádicas con algún que otro pretendiente del barrio. Nada era lo suficiente ofensivo comparado con el amor que les entregaba.

Pasado un rato el llanto se silenció en el hogar, aunque no la pena. Lucas se había vuelto a dormir en sus brazos y se dirigió al dormitorio, hacia la cuna, donde lo dejó. Regresó a la sala y abrió una hoja de la ventana para airear el denso ambiente cargado de atrocidad desmedida. Lana perecía como un juguete de peluche destrapado al que había que retirar de la estancia, limpiar la sangre de las paredes y de la curvada espada, quemar la alfombra y deshacerse del cuerpo. Tenía que ocultar el despropósito antes de que a alguien se le ocurriera visitarlos. Las preguntas comenzaron a sustituirse unas por otras, entremezcladas, entre la solución y el arrepentimiento. 

Nada de aquello hubiera ocurrido de haberse preocupado más por el estado de su hijo que por la sangre en el hocico de Lana cuando salía de la alcoba moviendo el rabo con síntomas de alegría, pero no fue así. La venganza sustituyó al razonamiento por unos segundos y su instinto lo arrastró hacia la espada, con la que cegó la vida de la noble perrita. Tres pasos con la incertidumbre en el pensamiento hasta el dormitorio y se topó con la realidad no imaginada. Una escena plácida y surrealista,  la del pequeño Lucas descansando y la de una serpiente despedazada a los pies de su cuna.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.