martes, 26 de febrero de 2013

Extraña atracción



!Maldito despertador!-exclamó Eduardo a oscuras, alargando la mano hacia la mesilla de noche y tratando de pulsar el percusor que detendría el estridente sonido. No fueron pocos los intentos frustrados por deshacerse de aquel viejo radio-reloj que interrumpía su descanso cuando le venía en gana, saltándose la configuración a su albedrío y alborotando el sueño,  pero siempre aparecía en el último suspiro el recuerdo de su amigo de la infancia para salvarlo del estropicio. El electrónico avisador del tiempo era el único regalo que tenía de él y rechazarlo sería como borrar de su memoria muchos recuerdos de infancia y juventud. Tantas veces le había reprochado no haber escogido otro regalo de boda, algo más discreto, decorativo, aunque no hubiese tenido utilidad alguna...

Demasiados recuerdos, demasiado aprecio a los objetos que le retraían a tiempos mejores en los que la soledad sonaba a palabra de diccionario ajeno. Era como agarrarse al recuerdo de mejores días en los que sus sentimientos y sentidos tenían dueños, nombres propios. Nada era lo mismo desde que María le dejó sobre la mesa del escritorio la alianza de boda grabada, junto a las llaves de la casa y una escueta nota escrita con palabras de despedida: Te quise tanto que no me quedó el valor suficiente  para decirte adiós.

Se sentó en la cama buscando con la mirada los primeros rayos de luz que se colaban por entre los agujeros de la persiana del ventanal y giró la cabeza varias veces hacia un lado, después hacia el otro, al tiempo que se desperezaba con el sonido del acomodo cervical. Sus pies se abrieron paso en la búsqueda hasta encontrar las pantuflas a cuadros grises y, tras calzarse, se levantó en dirección a la ventana, buscando la correa que elevara las láminas delgadas de aluminio que tras los cristales sujetaban el énfasis con que el nuevo día se anunciaba.

Pocas cosas sucedían al azar; uno tras otro los movimientos metódicos le sumergían en un ritual cotidiano que comenzaba en la cocina con el sonido de la vieja cafetera acompañado del trinar del canario enjaulado, que, alegre y dinámico, saltaba de un lado a otro de los barrotes con la seguridad adquirida de que su fresca hoja de lechuga estaba a punto de aparecer. Un toque preciso al botón de la radio y surgían los primeros sonidos mundanos para acompañar al café en el balcón con el río de fondo en el paisaje. Entre los verdes tonos del soto y el gris granito del paseo ribereño. 

Nada parecía alterar la cotidianidad, la monotonía que embargaba su vida. Los primeros viandantes aparecían entre el luminoso día, unos caminando y otros invitando al sol a regalarles su energía sentados en los forjados bancos metálicos de sinuosas formas modernistas. De repente, el desplazar de su mirada fue a centrarse en uno de los asientos urbanos, de nuevo aquel misterioso hombre aparecía sentado frente a su casa como en los últimos días, unas veces leyendo, otras parecía escuchar la radio con los pequeños auriculares insertados en los oídos y aquella mañana se mostraba con una carpeta negra sobre sus piernas cruzadas que le servía de apoyo para escribir. 

Hacía varios meses desde que había interrumpido en su vida sorpresivamente. Nunca antes le había visto, desde aquella mañana en la que intercambiaron algunas palabras en la tienda de animales, y desde entonces la coincidencia los colocaba en muchos sitios a la vez. En el supermercado, en el cine, en la cafetería, incluso en el cementerio lo vio en una ocasión cruzar entre las tumbas a lo lejos, mientras colocaba flores en la lápida de su madre. La intriga se había apoderado de él y la curiosidad por saber quién era aquel extraño aumentaba con cada aparición. No se sentía intimidado, no era esa la sensación que le producía su aparente casual presencia, de la extrañeza pasó a la curiosidad y de la costumbre de observarlo a sentir una rara atracción. En más de una ocasión llegó a pensar en provocar un encuentro, en forzar una conversación que le ayudara a despejar dudas, quizás tropezar descuidadamente o preguntarle la hora...  

Mientras que por su mente se sucedían pensamientos, más de aceptación que de rechazo, el extraño personaje continuaba escribiendo y de vez en cuando arrancando hojas del cuaderno para depositarlas en la papelera de al lado después de arrugarlas, como no convencido de lo escrito en ellas. Nunca antes había sentido atracción por un hombre, lo que le situó en una cuestión que no quería aceptar. Tenía claro que era el sexo femenino lo que le seducía y no otro, y luchaba por no aceptar los sentimientos opuestos que florecían cada vez con mayor fuerza, hasta ponerlo en la disyuntiva de elegir si sería conveniente averiguar el porqué.

Su inquietud lo llevaba del balcón al interior de la vivienda, iba y venía, y entre idas y venidas algún que otro acto de espionaje a través de los visillos de las ventanas. Comenzaba a ver en aquella figura a un hombre atractivo, guapo, elegante... no era posible que su deseo se estuviera inclinando hacia un ejemplar de su mismo género, algo estaba cambiando en él o tal vez fuese algo natural que llevaba en el subconsciente y que de repente estuviera emergiendo, estaba demasiado confuso como para acertar a definir qué significaba aquella novedad prohibida.

Entre lo ético y lo no aconsejable tomó la decisión de bajar a la calle y acercarse a él como el que no quiere la cosa, desinteresadamente. Pensó en comprar el periódico y sentarse en el mismo banco, tratar de entablar conversación con alguna excusa que se le ocurriera. Era necesario dar un paso adelante y descubrir lo que de verdad o ficticio guardaban sus inquietudes.

Una ducha rápida y una elección algo más lenta delante del armario buscando una conjunción más o menos estilosa, que ofreciera buena percepción. Bajó las escaleras con la incertidumbre como compañera y al llegar al exterior se encontró con una sorpresa no calculada, el desconocido ya no estaba sentado en el banco, había desaparecido en un plis-plas, en un abrir y cerrar de ojos. Miró hacia un lado y a otro de la calle y no encontró ni el mínimo rastro de su presencia. 

La desaparición repentina le dejó desorientado algunos minutos hasta tomar la decisión de continuar con el plan marcado, comprar el noticiero y sentarse disimuladamente en el banco ahora solitario, pensando en curiosear en las notas desechadas en la papelera. Le envergaba la necesidad imperiosa de conocer algún detalle sobre su identidad y husmear entre sus escritos podría ayudarle encontrar algunos indicios, quién era, cómo pensaba, a qué se dedicaba...

Cruzó la calle con el periódico en la mano, desplegando sus hojas al azar, y se situó de pie junto al banco. Un par de minutos de disimulo mirando el interior de la papelera y se acopló junto a ella sobre los fríos y negros asientos metálicos. En el mismo lugar en el que el misterioso personaje escribió sus notas minutos antes. Pasó algunas páginas y, después de asegurarse de que nadie le observaba, metió la mano en el contenedor y sacó varios de aquellos papeles arrugados. Los alisó sobre el papel impreso y los sobrepuso uno sobre otro.

Las notas enseñaban una letra un tanto confusa, deformada y difícilmente legible, Sólo algunas frases construidas sobre un bosque de borrones, lo que dejaba adivinar el inestable estado de ánimo del individuo que las escribió. Nada indicaba en ellas un orden, algo casi imprescindible para tratar de llegar a una conclusión relativa. En la primera de las notas no encontró más que algunas palabras que le corroboraban la inestabilidad emocional, el principio de una frase inconclusa, pues no decía otra cosa que:  Es insoportable continuar con este sentimiento de culpabilidad que... 

La segunda era la más extensa de las tres notas, sin dejar de ser un galimatías escondiendo una realidad. Decía: Pudo haber sido de otra manera diferente si a mí no se me hubiese despertado la curiosidad. O tal vez si hubiese encontrado afirmación entre mi manera de pensar y tu aceptación, pero ni lo uno ni lo otro. Por mi parte me cuesta aceptar esta extraña atracción prohibida hacia tu persona, pues yo soy un hombre y por lo mismo te tengo a ti. Por la tuya no puedo deducir indiferencia sino ignorancia. Quizás no sepas ni que existo, cuanto más conocer mis sentimientos. Perder el sentido de la orientación por un hombre era algo que no entraba en mis planes, nunca pensé que me ocurriría a mí. Cuánto maldigo que mi querida mascota necesitara desparasitarse, cuánto podría haberme ahorrado  si no te hubiese conocido.

Realmente desconcertado. Aquella nota decía lo suficiente como para identificarse con ella, se dio por aludido en aquel relato, hasta el punto de que pareciera ir dirigida hacia él. El texto descubría a un hombre con sentimientos encontrados, similares a los que le dictaba su estado afectivo. No era posible que aquello estuviese ocurriendo. Dos hombres atraídos entre sí sin una relación directa que la alimentara. Sorprendido y con manos temblorosas se dispuso a leer la tercera, pero aquella concisa nota no reflejaba nada más que tres palabras completas y una cuarta inacabada acompañada de un borrón: Cómo expresarte mis sent...

Entre la siguiente reacción física y la lectura del último apunte transcurrieron un par de eternos minutos. Pero algo ocurrió que detuvo su intención de volver a meter por segunda vez la mano en la papelera y extraer algunos de aquellos papeles nuevamente. Un murmullo comenzó a distraer su atención a lo lejos con la concentración de viandantes agolpándose en la baranda del río, cercano al puente que lo cruzaba. La gente corría hacia aquél punto determinado para asomarse al caudal, al tiempo que otros parecían gritar desconsoladamente llevándose las manos a la cabeza. Su curiosidad se equilibró como en una balanza y pudo más el empuje de asomarse a la baranda que al fondo de la papelera. En principio no observó que estuviese ocurriendo nada anormal, pero de repente un destello reflejado en la corriente imantó su mirada, atrayéndola hacia un objeto oscuro que navegaba como barco a la deriva entre las turbias aguas. Una carpeta negra y unas hojas de papel que naufragaban río abajo.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon


martes, 19 de febrero de 2013

Busca a tu hermano

"Busca a tu hermano, prométeme que no dejarás de buscarlo por nada del mundo". Fueron las últimas palabras que Milagros pronunció a su hijo José Antonio antes de morir. Ella siempre tuvo en el presentimiento que a su hijo se lo robó aquel militar franquista que no paraba de piropearlo. No lo olvidaba. Nunca olvidó la expresión de su cara mientras repetía: ¡Pero que niño más guapo! Como tampoco había olvidado su nombre, Laureano Gil de la Hoz, el responsable del traslado de las presas republicanas en el viejo tren de mercancías con dirección a la prisión de San Carlos.

La guerra española causaba estragos en la zona republicana por los ataques de los fascistas sublevados. Milagros cayó presa aquella noche de 1937 en la que los rebeldes entraron armados en el pueblo, mataron a la mayoría de los hombres y apresaron a las mujeres en edad de luchar. Sólo tuvo tiempo de envolver a su hijo en la toquilla y, a punta de fusil y empujones, la subieron al camión que las trasladó al tren.

Al segundo día de ingresar en la cárcel, una monja le arrebató a su hijo de entre los brazos con la excusa de que las condiciones del presidio no eran las adecuadas para la salud del niño. Dos días más tarde, la misma monja, fue a decirle que su hijo había muerto. Ella tenía el convencimiento de que no era verdad, que su hijo estaba vivo y que se lo habían robado, más aún después de que la religiosa se negara a que pudiera verlo por última vez.

José Antonio tenía el conocimiento de que Milagros no era su madre biológica, aunque para él nunca supuso inconveniente alguno, siempre la aceptó como a su propia madre, desde que era un niño, cuando se quedó a vivir con ella hasta el día en que murió.

La hermana de Milagros, Encarnación, fue a visitarla después de acabada la guerra. La contienda las mantuvo separadas durante varios largos años en los que la miseria y el hambre recorrían el país de punta a punta. La noche en que los falangistas entraron en el pueblo y se llevaron a las mujeres, Encarnación, embarazada por aquel entonces, se escondió en la cuadra y no salió de allí hasta que se fueron. Al día siguiente huyó y no regresó hasta pasados algunos años.

José Antonio tenía una hermana algo menor que él y recordaba el día que junto a su madre fueron a visitar a Milagros a la ciudad, a reencontrarse las dos hermanas después de varios años separadas. Milagros lloraba desconsolada abrazada a Encarnación, implorando al cielo que le devolviera a su hijo querido que le habían robado.

A partir de aquel día, Milagros se convirtió en su verdadera madre. Encarnación permitió que el niño se quedara con su hermana unos días, para que le hiciera compañía y le ayudara a olvidar a su hijo desaparecido, pero aquellos días se convirtieron en toda una vida.

Para milagros José Antonio pasó a ser Antonio, a secas, como se llamaba su hijo biológico, había encontrado en su sobrino el remedio a sus desconsolados males. Sin embargo, no echó en olvido a su hijo desaparecido, cada día recordaba cómo y cuándo se lo quitaron de entre los brazos para no volver a verlo nunca más. Nunca perdió la esperanza, hasta el último de sus días no dejó de pedirle a José Antonio que lo buscara y que, cuando lo encontrara, le dijera lo mucho que lloró por él, que nunca lo dio por muerto y que nunca lo había olvidado.

Los esfuerzos por satisfacer a su madre, por encontrar el paradero de Antonio, fueron infructuosos. Buscó pesquisas por todas partes, en la antigua cárcel, en el convento de la monja que se lo arrebató, pero todo fue inútil. El paso de los años se había encargado de borrar el mínimo indicio de la existencia del niño Antonio.

A la muerte de Milagros, el único familiar que le quedaba vivo era su hermana Encarnita, que vivía en el pueblo donde Encarnación había muerto algunos años atrás. Con el dolor de la pérdida de su madre y con la promesa que le hizo de no dejar de buscar a su hijo, José Antonio decidió ir a visitar a su hermana.

El encuentro de los dos hermanos fue fundirse en un abrazo y en desconsolado llanto. Pasados unos minutos de conversación, Encarnita se levantó de la silla y se dirigió al viejo arcón situado bajo la escalera. Lo abrió y de él sacó una pequeña maleta. Su madre le había encargado que se la entregara después de que su hermana Milagros falleciera.

Sorprendido, José Antonio abrió la vieja maleta de cartón piedra y en su interior encontró algunos objetos, una cartera con documentos y un sobre cerrado con una carta en el interior. Con manos temblorosas extrajo la misiva del sobre y leyó en voz alta:

Querido José Antonio:
Nunca me atreví a confesarte un secreto que siempre he llevado guardado en lo más profundo de mi ser y del que nadie tiene constancia, ni siquiera mi hija Encarnita y mucho menos mi hermana Milagros, que jamás sospecharía nada de esto que te voy a contar.
Aunque en los primeros años de tu vida te cuidé y te quise como a mi propio hijo, lo cierto es que yo no soy tu madre biológica. Al día siguiente de entrar los rebeldes en el pueblo huí y me escondí por los campos de cultivo. Vagué varias semanas por los cortijos de alrededor, donde me dieron de comer y me acogieron para pasar las noches.
No me quedaban muchos días para dar a luz a Encarnita y decidí ir caminando hasta la ciudad, con la intención de encontrar ayuda en algún hospital o convento de monjas, no me quedaba otra alternativa si quería seguir viviendo y que la niña naciera sin complicaciones.
Un día antes de llegar a mi destino, la providencia me hizo un regalo que agradecí toda mi vida. Era un niño que lloraba entre los cuerpos inertes de un padre y una madre que habían fallecido en el accidente. El coche se había salido de la carretera, quedó volcado y solo tú sobreviviste. La carretera estaba solitaria y no se divisaba un alma a la redonda. Así que, como pude, te saqué del interior del vehículo y cogí algunas pertenencias de ellos, para que cuando llegara este día supieras quién eres realmente y quiénes fueron tus padres.
Espero que sepas y puedas perdonarme algún día por no habértelo dicho antes, no tuve el coraje suficiente de arrebatarte de brazos de mi hermana Milagros después de lo que tanto sufrió cuando le robaron a su hijo Antonio, otra vez no lo hubiese soportado.
Que Dios te bendiga. Cuida de Encarnita con todo el cariño del mundo, como yo lo hice de ti.

El final de la carta plantó el silencio en la sala, adueñándose de la estancia por un buen rato. A ninguno de los dos se le ocurrió decir ni una sola palabra. Los dos quedaron igual de sorprendidos y con la mirada perdida en la pared de enfrente. El contenido de la carta derrumbaba de un golpe todo lo que el sentido de la familia y de la propia vida les había servido de apoyo para construir sus propias existencias.

Digiriendo aún la inesperada noticia, José Antonio dio paso a la curiosidad, a mirar las pertenencias que Encarnación guardó en la maleta sesenta años atrás. La cartera de cuero dejó ver en su interior varios papeles en tono sepia que no se habían desplegado nunca desde aquel fatídico día del accidente, en el que perdieron la vida sus padres. Entre algunos documentos halló lo que parecía un carnet con fotografía desteñida, la de un atractivo militar con bigote, y un número de identificación junto a un nombre y apellidos: Laureano Gil de la Hoz.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.