sábado, 14 de diciembre de 2013

El funámbulo



No alcanzaba a recordar cuándo sucedió por primera vez, cuándo fue que decidió ser funámbulo, pero sí que lo más lejano en el recuerdo eran los primeros juegos relacionados con el caminar equilibrista sobre el alambre o la cuerda. Fueron los pajaritos los que atrajeron su atención primera, posados sobre el tendido eléctrico que proyectaban su sombra sobre el suelo de tierra pisada en el patio de su hogar en la niñez, y en el del colegio, y en el de las calles, siempre miraba al suelo buscando la proyectada sombra para subirse a ella y soñar que caminaba por el aire sobre una fina línea que a veces se balanceaba a merced del viento, al ritmo de la brisa otoñal con el sol de la mañana. 

Los años de su infancia pasaban sobre las líneas delgadas dibujadas en sombra, con pajaritos o sin ellos, para ir después añadiendo otras siluetas, otros soportes proyectados, como las cuerdas de los tendederos, a los que esperaba impaciente que su madre recogiera la ropa seca para recorrer sus fantasías sobre sus improntas reflejadas, con pinzas o sin ellas, sin importarle el atrevimiento en muchas ocasiones de añadirle más riesgo, más dificultad al recorrido, con algún inesperado obstáculo, como algún calcetín remolón que quedó olvidado o aún por terminar de secar; Y hasta por las maromas y alambres amarrados a cualquier parte se aventuró, por los que sujetaban el ansia de libertad de los arbolitos jóvenes sembrados en el jardín, para que crecieran esbeltos, erguidos, y no se viciaran inclinándose por su propio peso, se arriesgaba a subir por ellos, a caminar por sus sombras reflejadas sobre la pedregosa superficie ajardinada.

Con los primeros destellos de rebeldía en la adolescencia surgió el deseo determinante de pasar a lo físico, de cambiar las sombras por la realidad y, un día, empujado por la inquietud, se propuso dar el paso definitivo, atar una cuerda de una reja a otra de las ventanas y caminar sobre ella. Un primer intento frustrado que dio con sus huesos en el suelo, con un fuerte golpe que pudo haberle dejado perores consecuencias que simples magulladuras. Continuó intentándolo apoyado en la caña del tendedero hasta dar los primeros pasos, superando cada vez más el espacio recorrido, y siempre con su sombra reflejada cercana, a su lado.

Era tanta su destreza que no esperó la oportunidad, fue a buscarla, ofreciéndose al circo que un día sin protagonismo levantó la carpa ante sus sueños, y fue allí donde se le presentó la ocasión después de una prueba sobre la cuerda baja entre saltimbanquis, equilibristas y otros acróbatas. Llegó la noche y con ella su gran prueba de fuego, la definitiva, tendría que caminar sobre el alambre en las alturas y con la red como única aliada. Subió por el mástil hasta todo lo alto, hasta la plataforma base desde donde partía el tenso hilo metálico. Anunciaron su debut, los aplausos sonaron y con ellos el redoble de tambor que daba paso a la estelar actuación, pero algo inesperado ocurrió, los focos y la altura difuminaron su sombra, el contrapeso natural que hasta entonces no había valorado ni echado en falta. El vértigo se apoderó de él y la inseguridad y los nervios hicieron lo demás. El público comenzó a impacientarse y llegaron los primeros silbidos y abucheos que provocaron el ensordecedor griterío hostil que le hizo abandonar sin poder cumplir el sueño de toda su vida.

Tras el inesperado fracaso llegó el desánimo y la tristeza, toda su ilusión de dedicarse a lo que más deseaba, caminar por el aire, quedó en saco roto. Pasó el tiempo y se había prometido que nunca más volvería a ejercer de acróbata, pero un día se encontró con un niño que no podía caminar y sentado sobre su sillas de ruedas le pidió que caminara por la cuerda, que lo hiciera por él, y lo hizo, y a la alegría del niño acudieron contagiados de júbilo otros niños, y luego mayores, y más gente... La voz se fue corriendo como la pólvora y comenzaron a llamarlo para que caminara por la cuerda baja, junto a su sombra, por otros pueblos y ciudades, y su fama se fue expandiendo de tal manera que no quedó lugar donde no lo conocieran. No era el riesgo en las alturas lo que el público le demandaba y le llevó al éxito, sino el espíritu y la ilusión de niño que transmitía al caminar bajo, el mismo que le hizo a él desear ser funámbulo, cuando descubrió por primera vez a los pajaritos posados sobre el cableado eléctrico.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

2 comentarios:

  1. Muy lindo, me da la impresión de que se explica que es más valioso lo que hacemos y lo hacemos mejor cuando cuando lo haces por y para los demás que cuando es hacerlo por nuestra vanidad. Saludos Antonio.

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    1. Sí estimada Angélica. Las cosas, cuando se hacen con el corazón siempre convencen. Saludos.

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