domingo, 22 de diciembre de 2013

El cartero



Todo era diferente varias décadas atrás, cuando por primera vez llegó al pueblo y todavía por sus calles corrían jugando algunos niños, pensaba Camilo delante de la lumbre al calor de la chimenea. Los años habían pasado y nadie quedaba con quien compartir al menos un rato de charla recordando a otros amigos que se habían ido poco a poco antes que los demás. El último fue Ambrosio, pero desde aquel fatídico día habían pasado algunos meses, desde entonces no se oía ni un solo ruido que no fuese el soplar del viento entre los árboles y los producidos por los animales del corral, especialmente el cacarear de las gallinas, tan escandalosas, cuando el gallo tenía un día de aquellos en los que parecía poner orden en el gallinero.

Recordaba que no había dudado ni un solo instante cuando le comunicaron el nuevo destino, para hacerse cargo de la estafeta de correos en un pueblo cuyo nombre no aparecía en ningún mapa, estaba perdido de la mano de dios en medio de montañas que rodeaban un precioso valle por donde corría un alegre y caudaloso riachuelo en primavera, en el que los animales del bosque bajaban a beber y los hombres del pueblo pescaban un poco más arriba de donde las mujeres se reunían para lavar la ropa a golpes sobre la piedra. Eran otros tiempos de alegría, de vida. Luego todo cambió. Primero fueron los jóvenes los que decidieron marcharse a la ciudad, tan lejos quedaba que para muchos pareció estar situada en los confines, porque nunca más regresaron y los menos las pocas veces que lo hicieron fue cada vez con mayor intervalo de tiempo.

Después lo hicieron los matrimonios con niños pequeños, cuando decidieron que el futuro que les esperaba no era el deseado por cualquier padre para sus hijos. Poco a poco se fueron marchando todos hasta que hubo que cerrar la escuela por falta de alumnos. Solamente quedaron los mayores, que sin darse cuenta se fueron convirtiendo en ancianos. Incluso él también hubo un tiempo que lo pensó, que dudó también si lo más aconsejable sería marcharse y recomenzar la vida en otro lugar, ya apenas llegaban cartas, nadie se acordaba de sus ancianos padres y abuelos. Hacía años que ni siquiera el tren paraba en la estación como antaño; en los últimos tiempos, cuando había correspondencia, el maquinista las tiraba dentro de una saca, en marcha, hacia la marquesina del andén, de donde una vez al mes las recogía Camilo para entregárselas a los vecinos destinatarios, pero hasta el tren había dejado de pasar hacía tiempo.

Los que emigraron se fueron olvidando de sus mayores y dejaron de llegarles cartas. Todos le preguntaban una y otra vez por si alguna de ellas hubiese aparecido después de haberse extraviado en un descuido, pero no, los ancianos se sumían en la soledad, en la tristeza de sentirse injustamente olvidados. Amalia era una de las más longevas, que no le importaba que fuese día de reparto, ella preguntaba siempre, no tenía otra cosa que hacer más que sentarse al sol de la mañana y esperarlo con la carpeta de cuero al hombro, hubiese cartas o no. Camilo hacía todos los días del año el mismo recorrido tratando de no perder la costumbre de saludar a cada uno de sus convecinos. 

Un día se le ocurrió escribir una carta fingiendo que era enviada por alguno de sus nietos, él conocía a todos los familiares de cada uno de ellos y no le costó mucho redactar algunas líneas dedicadas a Amalia. Más tarde lo fue haciendo con los demás. Tampoco fue un problema que pudieran reconocer la letra pues ninguno en el pueblo sabía leer y escribir. El cartero se las leía y las escribía con el mensaje que le dijeran. De repente la alegría y la esperanza regresaron al rostro de los aldeanos que con ansias esperaban que cada cierto tiempo Camilo les sorprendiera con cartas enviadas con el nombre de algunos de sus familiares en el remite.

Así fueron marchándose uno tras otro, hasta el último, Ambrosio, que una mañana dejó de respirar sentado en su vieja silla de anea en la puerta de su casa cuando tomaba el sol. Ya no tenía sentido su vida en el pueblo, demasiado tiempo atrás había dejado de tenerlo, pero era demasiado tarde, tampoco él tenía a dónde ir ni a nadie que pudiera escribirle cartas, solo le quedaba esperar pacientemente a que un plácido día dejara de respirar como lo hicieron todos los demás.

La mañana había amanecido soleada, blanca por la nevada caída la noche anterior, ni siquiera a las gallinas se les escuchaba, hacía tanto frío que ni el viento se atrevía a salir a pasear por entre los árboles. Todo en silencio, solo el crujir de los troncos en la candela. Únicamente un trinar de pájaros que pareció escuchar y que le invitó a mirar por la ventana y, al hacerlo, el corazón le dio un vuelco. Tanta fue la impresión que cerró los ojos del susto al ver a todos los ancianos amigos reunidos frente a su casa. No era posible, todos habían dejado ya de existir, pero al abrir los ojos de nuevo comprendió que se trataba de una alucinación, nadie había a muchos kilómetros a la redonda en torno a su casa.

Salió al exterior a comprobar que nadie más que él había allí, miró la nieve y ni una sola pisada que delatara la existencia de cualquier otro ser vivo. Nadie más, aparte de un grupo de alegres pajarillos posados sobre las ramas del viejo roble. Volvió para entrar nuevamente a la casa y, al hacerlo, encontró un sobre blanco sobre la nieve, sin sello ni matasellos, que le sorprendió. Se agachó, lo cogió, lo abrió y extrajo de su interior una carta con solo dos palabras escritas: Feliz Navidad.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

2 comentarios:

Sea respetuoso!! Esa será la única condición para que los comentarios aparezcan publicados en el blog.