sábado, 26 de octubre de 2013

El hombre coloreado


Hacía ya mucho tiempo que no paraba de rondarle por la cabeza el deseo de dar un giro radical a su vida, en todo su contexto. Cada una de las personas habían nacido condicionadas por su color natural, lo que los definía de una manera determinada y, en ocasiones, los más inquietos sufrían la imperiosa necesidad de cambiar, de transformarse de otro color, que diera a sus existencias nuevos alicientes, que renovara los anhelos y revitalizara los sentidos. Aquella mañana había despertado con la idea clara, convencido de que era aquél el momento oportuno para dejar atrás la translucidez blanquecina que hacía de él un hombre poco sorpresivo, lo que en ocasiones le reportaba a situaciones incómodas de vulnerabilidad, por el condicionante de que antes de acometer cualquier acto ya era advertido por los demás casi al mismo tiempo que lo procesaba su propia mente.

Había elegido el azul. Un color que sin duda alguna cambiaría su semblante, lo transformaría en una persona más fría y calculadora, al mismo tiempo que transmitiría a los ojos de los demás una irradiación casi celestial y una seguridad y autoestima elevada, fuerte, inmensa, como la capacidad de los océanos. Comenzó el proceso de transformación y con él los primeros efectos secundarios, los primeros síntomas del cambio. Empezaba a notar que a la par que iba tomando tonalidad azulada y volviéndose más opaco los demás comenzaban a observarlo de otra manera y con distintas expresiones en sus rostros. Para unos, los más distantes, era la curiosidad la que predominaba, acostumbrados a ver en él a un hombre poco sorprendente y previsible; en cambio, la extrañeza era la más común entre los más allegados, que veían cómo sus características de hombre campechano, cercano y sin intenciones ocultas se tornaban por otras diferentes, lo que le convertía en casi un extraño.

Pasó un tiempo y ya se había habituado a su nueva pigmentación de piel, sin embargo, no pensaba lo mismo respecto a su interior emocional; no acababa de aceptarse como un hombre de azul, sus sentimientos eran los de un hombre translúcido y no dejaba de embargarle la sensación de estar viviendo en un cuerpo extraño, no terminaba por aclimatarse a la temperatura de su nuevo color. Su familia y amigos más cercanos le habían perdido la empatía de siempre y aunque también su nuevo matiz le atrajo nuevas amistades nunca llegó a considerarlas como las de antes. Llegó a pensar que quizás se habría equivocado al elegir esa tonalidad, que a lo mejor no coincidía con su manera de ser, con su personalidad, y ese era el motivo principal por el que no conseguía habituarse a la novedosa realidad. Fue entonces cuando decidió aceptar su error y dar un paso adelante en busca del color con el que se sintiera identificado realmente.

Aquella decisión equivocada le llevó por otros derroteros y fue a escoger un color opuesto, el rojo. Estaba esperanzado en que con el nuevo cambio se sintiera más identificado. El rojo era temperamento puro, carácter, fuerza de persuasión, intimidatorio, que le aportaría seguridad a sí mismo y de la misma manera cambiaría su percepción en los demás. Estaba ilusionado por el posible resultado y realmente así sucedió, consiguió persuadir de una manera como nunca antes y todos veían en él a un individuo arrollador. Sin embargo, no calculó bien las contradicciones, también lo mostraba prepotente, orgulloso y con cierto aire de protagonismo, lo que no todo fueron beneficios. Ante su nueva impronta fue comprobando que, sin apenas darse cuenta, entre cambio de tonalidades, había perdido por el camino a sus amigos de antaño y, lo que era peor, el rojo tampoco le llenaba interiormente, que todo se tornaba más superfluo, más aparente, pero también menos consistente. 

Las dudas y las inseguridades volvieron con más fuerza y se prometió que no pararía hasta encontrar el color que le hiciera sentirse feliz. Cambió al verde, luego al amarillo, lila, anaranjado... hasta se atrevió con el negro y por último el blanco, tratando de encontrar desesperadamente la paz interior que había perdido entre toda la gama de colores. Todo aquel trajín en la búsqueda del color soñado y no había sospechado que la translucidez era su verdadera vocación. Así que regresó al principio. Pero ya nada sería igual, los matices de todos los colores habían ido dejando restos que se sucedían unos sobre otros y, al volver al translúcido, fueron apareciendo los diferentes destellos que le hicieron perder la pureza de antaño, no consiguió recuperar ni la simpatía de los demás ni la autoestima de mejores tiempos. El hallazgo lo fue deprimiendo moralmente y le sumió en una terrible tristeza que nunca más pudo superar, convirtiéndolo así en una personalidad deslucida, en un hombre descolorido.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

10 comentarios:

  1. Muchisimas gracias por compartirlo mi estimado
    Antonio, me gustó todo, de principio a fin..

    Abrazos

    Att : David Zárate

    ResponderEliminar
  2. Bonita introspección. Como todos, pasamos nuestros colores en la vida.

    [Aunque aparezca como Enigma, mi nombre es José Collantes]

    ResponderEliminar
  3. Sigo leyéndote con placer. Un cálido saludo desde La Habana.

    ResponderEliminar
  4. Muy acordé con la publicación de hace días del príncipe azul, y si muy cierto, lo correcto no es ese príncipe azul, si no un hombre transparente. Me gustó bastante, Saludos Antonio :)

    ResponderEliminar
  5. Hola Antonio

    Que bien te veo y con mucho pero mucho trabajo, te lo mereces... Un abrazo

    ResponderEliminar

Sea respetuoso!! Esa será la única condición para que los comentarios aparezcan publicados en el blog.