sábado, 3 de mayo de 2014

Fantasías clandestinas


Los dos sentados en la cama, desnudos, frente a frente.

Él le decía de las veces que la había imaginado, de mil maneras y en otros tantos lugares, siempre con el deseo carnal presente. Desde que por primera vez coincidieron en aquel ascensor que su elevación provocaba más temor que sensualidad; cuando a ella le traicionaron los nervios y la timidez no la dejó reaccionar para recoger las llaves del piso que resbalaron de sus manos y que un instante antes no dejaba de mirar como si se tratara de un objeto extraño, poco inusual, un síntoma claro de que su presencia no había pasado desapercibida para ella. También es verdad que tampoco le dio tiempo a la reacción, ni siquiera al amago de hacerlo. Él se agachó rápidamente y con delicadeza se las entregó; ni se cruzaron palabras de agradecimiento por el detalle cortés, sus miradas lo dijeron todo cuando se interceptaron.

Demasiados pocos minutos fueron los que transcurrieron en el casual encuentro, pero los suficientes como para darse cuenta de la reciprocidad en la atracción entre ambos. A partir de ese momento las fantasías sexuales afloraron por su pensamiento sin restricción, desbordándose la pasión en cada escena imaginada, con los instintos viscerales desbocados.

Varios días después se dio el segundo encuentro, cuando la vio venir de frente cruzando el paso de peatones en plena hora punta, entre el ruido de los motores de los vehículos, los claxons y la sorda, ajena e intimidante presencia de la multitud yendo de un lado para otro. Él giró la cabeza sutilmente, buscando con la mirada su espalda y en un rápido imprevisto cambió de dirección, decidió seguirla para conocer detalles de su vida, quién era, dónde trabajaba, dónde vivía, necesitaba conocer cualquier referencia que le ayudara a poder localizarla y recrearse mirándola furtivamente, con la única intención de imaginarla en sus fantasías eróticas.

Pero de nada sirvió esforzarse por mantener su clandestinidad, la casualidad otra vez se opuso a sus verdaderas intensiones cuando la providencia les preparó un encuentro forzado con un amigo común como intermediario. Ella estaba radiante, realmente hermosa, sentada sobre el taburete giratorio de la barra de la cafetería cuando él hizo acto de presencia. No sabía qué hacer, dónde colocar las manos, cómo ponerse para que no se notara su evidente nerviosismo. A partir de ahí todo fue tan rápido... lo que nunca se habría imaginado es que pocos días después estuviesen sincerándose entre la frustración en la desaliñada y sin alma habitación de un hotel barato de carretera.

Por su parte, ella le confesaba su implicación directa para forzar la aparente casualidad; no fue tal. Varios días antes de que él advirtiera su existencia lo planeó, ella esperó a que apareciera para coincidir en el elevador, de la misma manera que dejó caer las llaves al tiempo que se mostraba tímidamente nerviosa. Nada fue coincidencia, ni siquiera el cruce del paso de cebra, también fue premeditado y calculado detalle a detalle. Fue observando cómo le seguía a través de los cristales de los escaparates, hasta conducirlo interesadamente para que supiera dónde podría encontrarla.

A los dos, sin saberlo, les interesaba la misma pasión y fantasía oculta, clandestina; también ella jugaba con él en su imaginación, en sus juegos eróticos, pero nunca buscó aquel encuentro físico, aquello fue un error de cálculo, un descuido que los llevó a lo que no pretendían, a conocerse y a no poder resistir la tentación de llevar a la realidad sus pasiones imaginadas.

El inevitable desenlace había dejado al descubierto sobre las sábanas desgastadas del hotel la poca relación entre la ficción y la realidad. Ninguno de los dos deseaba que hubiese ocurrido, hubiesen preferido la fantasía de seguir imaginándose furtivamente, espiarse y dejarse llevar por el deseo imaginado a solas, en la intimidad, y ajenos uno del otro. De la misma manera que compartían el deseo así buscaban la fórmula para olvidar aquel encuentro desilusionante, y los dos acordaron olvidarlo, salir por la puerta de la habitación y no mirar hacia atrás, borrar de sus memorias el acercamiento físico y regresar en el recuerdo al cruce del paso de peatones, para continuar alimentando la fantasía clandestina en soledad. 




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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