martes, 23 de julio de 2013

La maldición


Desde que el doctor le alertara varias semanas atrás, de que tenía que poner orden en sus hábitos alimenticios y realizar diariamente algunos ejercicios físicos, había comenzado a cuidar su salud. El sobrepeso y el estilo de vida sedentaria que llevaba no le hacía nada bien a su organismo. El galeno le advirtió que corría tanto peligro que se asustó, se tomó en serio seguir las indicaciones médicas y recuperar la disciplina que años atrás había olvidado dándole la espalda. Se propuso vivir de una manera diferente, que le permitiera adquirir agilidad y no sentir ahogo al mínimo esfuerzo, así que a eliminar grasas animales, bebidas azucaradas carbonatadas, tabaco, alcohol, y todas las sustancias y alimentos desaconsejados, y poner freno y control al colesterol, a la diabetes y a la hipertensión.

El ritual sistemático se repetía desde entonces día a día y ya había conseguido que los dígitos de la báscula del baño quedaran varias unidades por debajo al pesarse, pero aun así todavía multiplicaba por tres el peso recomendado. Lucrecia cubría todos los días el mismo recorrido, salvo en contadas ocasiones en las que prefería caminar por una ruta diferente, dos horas de caminata lo eran más amenas y menos fatigosas si se hacían por el centro urbano. Una de aquellas mañanas, la que cambió el destino de su vida por una decisión sin importancia, se inclinó por dar un paseo por la parte antigua de la ciudad, por el mercado al aire libre que se instalaba los domingos. Pensó que dos vueltas al circuito ajardinado cercano y un recorrido por entre los puestos variopintos de mercadería serían suficientes para cumplir con su obligada actividad física. Se vistió con la malla negra de algodón, la sudadera rosada y la cinta del mismo color en la frente, y se enchufó los auriculares con sonido musical a los oídos.

Una de sus aficiones favoritas era la música y especialmente los antiguos objetos relacionados con ella. Siempre lo hacía, cuando tenía oportunidad, se recreaba por entre las antigüedades y aquella mañana no fue una excepción, pocas cosas le satisfacían más que coleccionar antiguallas. En aquella visita a los anticuarios no se había sentido atraída por ninguna pieza en particular, hasta que por entre los cachivaches deslucidos y casi amontonados le pareció ver lo que desde hacía muchos años llevaba buscando, era un gramófono de principios del siglo XX, una autentica joya para coleccionistas. A simple vista parecía conservarse en buen estado y además portaba un disco original de goma laca. Habló con el anticuario y tras regatear en la negociación adquirió el dispositivo de reproducción musical. A la mañana siguiente a primera hora el servicio de reparto le entregó el gramófono y tras comprobar su puesta en funcionamiento descubrió lo que sospechaba, que necesitaba una reparación y puesta a punto. Así que sin pensarlo dos veces y con unas ganas desmedidas de verlo funcionar agarró el aparato y se dirigió al taller de sonido.

Una semana de espera valía la pena para que por la trompa metálica emitiera las melodías con las que tantas almas se habrían enamorado o simplemente se divertirían bailando a su ritmo. Pero surgió un problema, aquella mañana el taller estaba cerrado y en la puerta, al otro lado del cristal, un papel blanco escrito a bolígrafo azul y pegado con cinta adhesiva transparente rezaba: Cerrado por defunción. -¡Qué mala suerte!- exclamó Lucrecia, pensando en que la coincidencia del fallecimiento retrasaría un día más la entrega de su reproductor musical. Tuvo que ser al día siguiente cuando al recogerlo se enteró del nombre del fallecido. Era el del técnico, el mismo al que había encargado el arreglo. Feneció al día siguiente de haberlo reparado.

Una tristeza efímera que dejó de serlo nada más traspasar la puerta de salida. La ilusión por ver girar el disco y escuchar el sonido pudo más que cualquier otra causa por muy lamentable que fuese. Llegó a su casa y fue directamente a colocarlo en el lugar elegido desde una semana antes. Desde el mismo día en que lo compró ya le había buscado un hueco en un lugar preferente de la vivienda. Colocó el disco, le dio a la manivela y comenzó a girar la placa negra. Puso el brazo con la púa sobre el borde exterior y, tras varios saltos acompañados de extraños ruidos, comenzó a sonar la música.

Nunca antes había escuchado aquella pieza musical, con un ritmo dulce, lento, tranquilo, envolvente, que transportaba a otro tiempo. Después de oírlo varias veces pensó en dejarlo de usar por el momento, para que el disco no sufriera, era el único que tenía hasta que surgiera la oportunidad de adquirir otros. Extrajo la manivela y al guardarla en el hueco del cajón que dejaba para tal menester, al abrir una trampilla de madera en el lateral encontró dentro un recorte de periódico desapercibido hasta entonces. El color sepia del papel mostraba una noticia fechada a finales de 1940, era la crónica de un fallecimiento, en la que se veía una fotografía con el cuerpo inerte de una mujer extendido en el suelo de una amplia sala. Leyó el texto y no parecía nada anormal, comunicaba una muerte repentina en extrañas circunstancias de una conocida dama de la alta sociedad. Volvió a mirar la foto y fue entonces cuando, medio difuminado en la imagen, al fondo de la estancia, aparecía un gramófono del mismo modelo, hasta podría ser el mismo aparato que había adquirido.

El inesperado hallazgo le atrapó, la dejó recapacitando, pensando, imaginando mil porqués relacionados con la muerte anunciada en el periódico. Cosa normal por otra parte, que un objeto antiguo produzca encanto, hasta que comenzó a relacionar las dos muertes, la de la distinguida dama y la del técnico de sonido que lo reparó. A partir de ese momento lo que resultaba encantamiento se transformó en maldición. A esa posibilidad llegó después de volver a poner en funcionamiento el reproductor de ondas sonoras y escuchar una y otra vez la misma melodía hipnotizadora que cuanto más escuchaba más quería, como una adicción repentina.

Sugestionada, comenzó a notar que las pulsaciones se le aceleraban al tiempo que su frente empezaba a exhalar un sudor frío y a sentir un malestar poco habitual en todo el cuerpo. Presión en el cuello, en la espalda, en los hombros... Su mirada fija en el disco que giraba y giraba y la espiral de surcos se distorsionaba  nublándosele la vista. Se levantó de la silla en que se sentaba y de repente un fuerte dolor le oprimió el pecho que la dejó sin respiración. Cayó al suelo desfallecida y todo quedó detenido. Sólo el gramófono al fondo de la sala y su monótono trac, trac, trac, producido por la púa atrancada en el último surco del disco, quedó como muestra de que la vida continuaba.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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