lunes, 8 de julio de 2013

El recuerdo


-El cambio de hora me tiene desconcertado. No acabo de acostumbrarme. Llevo despierto dando vueltas en la cama por lo menos desde las cuatro de la madrugada -decía Cristóbal mientras se afeitaba ante el espejo -. No sé si tanta molestia servirá para algo, supongo que sí, que cuando la cambian todos los años, y por dos veces, no lo harán por gusto. Dicen que de esta manera se aprovecha más y mejor la luz solar. Ellos sabrán, lo cierto es que a mí me tienen un par de días medio tarumba... Un día de estos tengo que ponerle una zapatilla nueva a esta dichosa llave, no cierra bien y no para de gotear -continuaba monologando al tiempo que con su mano derecha apretaba con fuerza el mando del grifo del lavabo.

Me tiene preocupado la cría de Lana, aún es pequeña y todavía no sabe que no puede entrar en los sembrados. La madre se da cuenta, qué lista es... Cuando ve a la chiquitina que se mete dentro del huerto y comienza a escarbar entre los surcos se esconde, como queriendo esquivar la regañina. Si continúa así tendré que cercar el perímetro, al menos hasta que se haga mayor y aprenda. Ayer aboné la terraza de arriba, la dejaré descansar este año y sembraré la de abajo. Lechugas, rúcula, espinacas, y tengo la duda si también probar con algunas coles lombardas, no sé cómo se dará. Matías me ha dicho que a él se le dieron bien el año pasado.

No he dormido bien esta noche, con eso de la hora... Fíjate que cuando me levanté y salí ahí afuera estaba  todo como la boca de un lobo, sin una sola estrella en el cielo. Hasta el gallo estaba durmiendo todavía. Recogí los huevos del gallinero y les puse comida y agua limpia en el comedero. Estoy pensando en cambiarle a Matías un par de gallinas por una pareja de conejos, no sé para qué queremos tantos huevos si no los comemos. En cambio los conejos crían con mucha frecuencia y se venden a buen precio, además no gastan en comida, con el forraje es suficiente.

¡Uy! Creía que era más temprano -exclamaba mirando el reloj de la mesilla de noche al tiempo que se ajustaba con prisa el cinturón -. ¡No te digo!... El cambio de hora me tiene confundido. No queda mucho para que pase el autobús. Ya no para enfrente, al otro lado de la carretera, ahora han puesto una marquesina un poco más abajo, después de la curva. Está mejor así, queda un poco más lejos pero no es tan peligroso. Antes había que adentrarse en la calzada para verlo venir y como no estuvieras atento se te iba y había que esperar una hora más hasta el próximo, con el cabreo... No quiero llevarme el coche porque supone más molestias que comodidad, luego no encuentro aparcamiento y estoy media mañana como un tonto dándole vueltas al ayuntamiento hasta que consigo un hueco. Me pone de mal humor tanta pérdida de tiempo.

Lo podía dejar para otro día, no corre prisa, tengo todavía un par de meses para renovar el arrendamiento del nicho, pero prefiero acercarme hoy a la ciudad y así me quedo más tranquilo. Estas cosas se van dejando y por mor del diablo lo echo en olvido y me encuentro luego con un disgusto de por vida. No me lo perdonaría por nada en el mundo, me moriría de pena antes de que llegase mi hora pensando que no podría compartir la eternidad contigo. Así que lo renuevo y de camino me paso por el campo santo. Limpio la lápida y pongo unos gladiolos a ambos lados. Sé que son las flores que más te gustan. Bueno, cariño, me tengo que ir... Estaré de regreso para el mediodía. ¡Un beso! -agarró el portarretratos y se lo acercó a la boca, dejando la impronta de sus labios sobre el cristal.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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