lunes, 17 de junio de 2013

Naufragio



El sol de la tarde comenzaba a tornarse anaranjado entre los azules de mil tonalidades en el horizonte marítimo, mientras que en la arena de la playa la escena de la búsqueda continuaba sin dar resultados. Dos marineros se afanaban quitando las rocas de la torrontera que habían caído sobre el cobertizo hasta enterrarlo literalmente. El náufrago contaba su experiencia en la isla desde que, no sabía cuánto tiempo ya, había llegado a ella, a la vez que otro marinero comunicaba por radio al barco la situación encontrada en la isla:

-De no haber hallado compañía probablemente no hubiera soportado la soledad en esta pequeña y deshabitada isla, que lejos de ser un paraíso llegó a significar todo lo contrario para él. El mismísimo infierno desde el segundo instante en que pisó tierra; el primero fue el de su salvación. Una suerte cínica, que podría  entenderse como un castigo, porque ¿para qué desea un náufrago una isla salvadora si ésta se va a convertir en una celda de castigo, donde la soledad es la única compañía de por vida?


Me cuenta que cuando llegó su desaparecido compañero náufrago supuso para él la vuelta a la vida. Su integridad emocional y psíquica estaba bajo mínimos cuando apareció entre las olas como por arte de magia. Al igual que él, probablemente habrá llegado a la ínsula por la deriva de algún navío en estos mares del sur, probablemente porque de otra manera no cabe imaginar que lo hiciera hasta aquí nadando desde sabe Dios dónde. Dice que era un tipo un tanto extraño, silencioso, pero siempre amigable, y según apunta, mientras disfrutó de su compañía la soledad pasó a ser un problema aparte. A partir de entonces ya no le inquietaban las noches solo en el cobertizo, con el único entretenimiento que mirar a las estrellas que le saludaban con sus destellos entre las hojas secas de las palmeras. Ni se aburría en los días eternos pendiente únicamente de que bajara la marea para ir a sacar de los charcos entre las rocas los peces que quedaban atrapados. 


En cierto modo se considera un hombre con suerte, con mucha suerte, no sólo porque salvó el pellejo al elegir el rumbo que le trajo hasta aquí en el bote salvavidas sino por que, además, cuando más deprimido y necesitado de compañía estaba, Dios puso junto a él a un compañero al que, no le importa confesar,  quiso como nunca antes había querido a otro. Con él compartió todo, lo bueno y lo malo, los huracanes y los días apacibles, en los que los dos caminaban por la playa o subían hasta la cima, donde los árboles frutales y las raíces son más abundantes. Asegura que fueron días felices los que vivieron, en los que compartieron hasta los momentos más íntimos, tanto fue así que dice no haberle importado acceder a compartir juegos sexuales si se lo hubiese pedido...

El comunicante iba trasladando a sus superiores el monólogo que el náufrago continuaba narrándole, nervioso y sin apartar la mirada del lugar en donde los dos marineros trataban de dar con el cuerpo del compañero enterrado, al que por sorpresa sepultó la avalancha de tierra tras el corrimiento provocado por las lluvias. El superviviente aseguraba que todo sucedió justo cuando vieron aparecer el barco entre los destellos del plateado mar del mediodía y comenzaron a hacer señales para llamar la atención.

-¡Tiene que estar ahí, mi compañero no se movió del cobertizo!- gritaba el náufrago.
-¡Aquí no hay nadie señor!-le respondía uno de los marineros posicionado sobre el montón de rocas y tierra.
-¿Estás seguro?-le preguntaba el marinero comunicante.
-¡Seguro, señor! Aquí no hay otra cosa más que un espejo hecho mil pedazos...





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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