viernes, 10 de mayo de 2013

El colibrí


La tarde transcurría especialmente calurosa en Managua. El sol de marzo y la humedad en el ambiente hacían de la ciudad un lugar casi irrespirable, una caldera por la que los habitantes transitaban a punto de desfallecer. Como el lagarto al sol, los managuas buscaban el respiro a las bondades del aire acondicionado y los ventiladores. 

Carlos se ocupaba en su casa al resguardo de las altas temperaturas, disfrutando del oasis interior ante el ordenador y entre el silencio apacible, monótonamente roto por el sonido que producía el motor del aparato en su afán eléctrico y constante de remover el aire de la habitación y por el percutir de sus dedos sobre las piezas móviles del teclado. Al otro lado de los cristales de la ventana sus hijos chapoteaban en la piscina ajenos al insolente sol que golpeaba sus cabezas entre juegos y zambullidas constantes; los observaba atrincherado desde su atalaya particular, en la que la temperatura exterior no daba tregua en su lucha contra las aspas del ventilador que no le permitían conquistar el espacio.

Atraído por el disfrute de los chiquillos abandonó momentáneamente su labor y acudió con ellos a compartir la piscina, que se mostraba rebosantemente alegre destellando sobre las alteradas aguas cristalinas que provocaba la algarabía infantil. Brazadas a un lado, brazadas hacia el otro, y, entre unas y otras, alguna ahogadilla por parte de los pequeños. Salió del agua y se quedó unos minutos secándose al sol entre los árboles frutales del patio. A poca distancia le llamó la atención un reflejo luminoso sobre la tierra y por curiosidad se acercó a comprobar lo que sutilmente brillaba a los pies del papayo. Era un pequeño colibrí, un huichichiquis, como diría en náhuatl un nativo. El pajarito parecía moribundo, con las alas extendidas, pero se agachó y al cogerlo con cuidado comprobó que estaba vivo, que todavía respiraba aunque con dificultad, probablemente desfallecido por el calor sofocante.

No medía más de cinco centímetros del pico a la cola, un animal tan hermoso y tan pequeñito, tan vulnerable a la vez. Un macho, pensó cuando observó el color azul de su cuello sobre el verde metálico generalizado de su plumaje. Por suerte para ellos cesó aquella moda de antaño en los que se cazaban por miles, millones, con el único propósito de adornar con sus plumas los vistosos sombreros que portaban las distinguidas damas europeas.

Pensando en tratar de reanimarlo se adentró en la casa y le sopló con suavidad en el piquito, le puso en él unas gotitas de agua y acto seguido lo soltó sobre la mesa del escritorio. Pasado un ratito el colibrí alzó su delicado vuelo y se fue a posar sobre la lámpara del techo. Carlos se acercó a la ventana, la abrió de par en par invitándole a recuperar su libertad, y el colibrí no rechazó su invitación; poco después inició su vuelo al exterior y fue a posarse sobre una rama del mango en el patio.

En ese justo momento sintió cómo un líquido frío le entraba por la garganta y le corría por el cuello hasta el pecho. Abrió los ojos y se encontró en una perspectiva casi horizontal al suelo, estaba sentado sobre la tierra del parque infantil, rodeado de niños y mayores, y sujeto de la espalda por la mano de un hombre que trataba de mantenerlo incorporado al tiempo que le acercaba un vaso con agua a la boca y le preguntaba: -¿Se encuentra mejor?





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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