viernes, 12 de abril de 2013

El perfume


...Cerró los ojos y aspiró profundamente.

París amanecía especialmente espléndido, soleado, cálido y bullicioso. Los carruajes transitaban al trote de los caballos que marcaban el ritmo de la ciudad sobre las empedradas calles, acompañado del vocear de los mozos anunciando las noticias del nuevo día: ¡Extra, Extra! ¡Las noticias de la mañana! La catedral de Notre Dame echaba a sonar sus alegres campanas góticas animando el revolotear de las palomas en la plaza, entre el ir y venir de los elegantes viandantes; ellos bigotudos con frac, guantes y bastón en la mano izquierda, al tiempo que con la derecha levantaban suavemente el sombrero de copa, en gesto cortés y reverente al paso de las distinguidas damas que orgullosamente les ignoraban con una sonrisa, coquetas y ricamente adornadas con exóticas plumas en sus tocados. 

El Sena serpenteaba por entre las entrañas parisinas, regando con sus aguas las principales arterias y el corazón de la ciudad, abrazando a su paso la isla de la Cité, atravesado por sus puentes que de orilla a orilla se ponía a los pies de los creyentes de Saint Denis y Sainte Chapalle, entre el Palacio de Versalles y los Campos Elíseos, al saludo del Arco del triunfo y a la sombra de la Torre Eiffel, que arrogante y vanidosa se alzaba famosa en el Campo de Marte.

Montmartre se soleaba coronada por la cúpula del Sacré Coeaur en su colina, presente bajo las sombrillas de la Place du Tertre sobre las mesas y caballetes, soportes de lienzos artísticamente coloreados y creados en la comuna de Bateau-Lavoir. Bailarinas con tutú, retratos cubistas, escenas tahitianas, girasoles atormentados... y jardines floreados con puentes japoneses cruzando campos de nenúfares, donde los sauces lloran sus lánguidas ramas sobre aguas estancadas.

Los cafés se esparcían por las esquinas mientras que los cabaret adormecían sus locas nocturnidades tras las fachadas disfrazadas de molinos inquietos, rojos, de aspas inmóviles que a las luces de la noche se tornaban golfas y canallas, entre el cancán de las bailarinas vestidas de enaguas con volantes almidonados ahuecadores de faldas, turnándose entre el escenario y los carteles del pintor, que con cojeados pasos canjeaba por copas de licor acompañadas de señoritas alegremente dignificadas.

Abrió los ojos con los sentidos cautivados a la vez que expulsaba el aire perfumado de sus pulmones. Buscó con la mirada al joven de gestos delicados que tras el mostrador satisfacía a los clientes iluminados por los indiscretos y juguetones rayos de sol que se colaban por los cristales, entre sus grandes letras trazadas en otros tiempos, en la época bella. El dependiente se acercó y respondió a la llamada de su mirada: -Oui, madame! - a lo que la distinguida señora respondió escuetamente señalando con el índice el frasco de perfume que acababa de oler- Celui-ci!






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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