viernes, 5 de abril de 2013

Al otro lado de la realidad


Una exclamación generalizada se adueñó del eco de la iglesia cuando los grandes candelabros barrocos de plata cayeron de golpe contra las baldosas blancas y negras, ante el desconcierto general de ángeles, santos y beatas ataviadas de luto impoluto. Las gotas de cera derramadas sobre el suelo se transformaban por momentos, licuándose en una sustancia roja al tiempo que se imantaban todas, unas con otras, hasta volver a solidificarse y formar de nuevo parte del cirio. El pasillo central entre la bancada se figuraba interminable hacia la salida, entre las manos acusadoras de creyentes que como hipnotizados le señalaban a su paso con la mano alzada y el dedo índice estirado. El atronador sonar de campanas se fundía con el intenso olor a incienso abduciendo sus sentidos hasta sentirse envuelto en una espiral de sensaciones tenebrosas. 

La agonizante huida multiplicó su angustia cuando las grandes puertas aparecían cubiertas de enormes cerrojos metálicos dificultando la salida, acercándose hacia él al mismo ritmo que las paredes, que se contraían achicando el espacio y eliminando el aire para respirar. Atrapado en el recinto sus manos golpearon con fuerza las paredes que como por arte de magia se transmutaban transparentes formando ondulaciones como en las aguas cristalinas a la caída de una piedra, dejando ver la claridad del exterior al otro lado, a extramuros.

De un impulso consiguió liberarse de aquel estado escalofriante a través del espejismo y salió a la calle, de igual modo repleta de gente que se agolpaban en las aceras entre gritos y lamentos al paso de una comitiva festiva, amenizada por interminables bandas de músicos que acompañaban a enormes figuras de gigantes y cabezudos danzando al compás sobre elevados zancos de madera. Los danzantes se acercaban al público que aplaudía enfervorecido cada vez que al azar elegían a uno de los presentes para devorarlo ante todos sus incondicionales. La macabra carnicería se desarrollaba entre confetis, globos y banderolas,  sin espacio físico por donde escapar de aquel escenario irreal en el que se encontraba inmerso.

De espaldas a la pared y tratando de pasar desapercibido continuó contra corriente, en dirección opuesta al gentío que no tenía ojos más que para la procesión surrealista. Atrapado entre la perfomance psíquico-artística observó una hilera de hormigas negras que laboriosas y ajenas a la festividad se afanaban en la tarea de la recolección de víveres. Una tras otras e iguales a las demás, sin un solo rasgo que las diferenciara. Siguió su rastro y al doblar la esquina el contexto se fue difuminando hasta situarse en una habitación cerrada, claustrofóbica, sin puertas ni ventanas, sin un solo vínculo con el otro lado. Un escenario cúbico con contenido sobrio, figurativo y abstracto, una vieja y desgastada mesa de madera sobre la que descansaban  un teléfono negro descolgado y un plato, por el que las hormigas pululaban sin salirse de la fila e ignorando su contenido, un puñado de alubias blancas secas y una foto descolorida.

Atraído por la inercia y el subconsciente fue directo hacia el auricular telefónico, el que agarró y se acercó al oído tratando de hallar la clave para evadirse de la carcelaria estancia. No escuchó respuesta auditiva cuando preguntó si había alguien al otro lado del hilo, por el contrario la habitación comenzó a girar cada vez más y más rápido hasta perder la conciencia, que recuperó en un desértico paisaje que se abría inhóspito y hostil, con mucho viento y rodeado de elevadas formaciones rocosas a todo su alrededor. Caminó sin dirección concreta con la esperanza de encontrar la salida de aquel laberinto de despropósitos entre esqueletos taurinos clavados de banderillas rojas y gualdas, sobre los que revoloteaban bandadas de buitres de alegres, brillantes y coloreados plumajes. Continuó el periplo sin punto de retorno y después de mucho caminar, sediento y fatigado, ante su sombra se elevaba como salida de la nada una escalera blanca en forma de caracol que terminaba en una puerta del mismo color.  

La entrada daba paso a otra situación diferente, de colores claros y luminosos, de una elegancia cálida que invitaba al descanso, con grandes ventanales que enseñaban un inmenso y celeste cielo adornado de esponjosas nubes blancas por el que revoloteaban siluetas de palomas transparentes. Dejó atrás el árido paisaje y se adentró en aquella habitación un tanto refinada, con chimeneas apagadas y grandes manzanas verdes esparcidas por todos lados sin motivo aparente, un insinuante sillón orejero con estampaciones floridas y enfrente un televisor sobre un clásico mueble de época. Se sentó y conectó el aparato receptor.

La pantalla dejaba ver el mismo cielo que se percibía por las ventanas, un espacio vacío por el que sobrevolaban más palomas, traslúcidas y blancas, bastones, bombines, hombres elegantemente vestidos de frac acompañados de leones alados y más manzanas, de todos los tamaños pero del mismo color, todo ello envuelto en un ambiente plácido y armonizado por un sonido hipnotizador. De repente la paz se esfumó, cuando el sonido alarmante de un timbre alteró el descanso. 

Abrió los ojos y en ese mismo instante el televisor se apagó, la imagen se contrajo en un punto central de luz, como absorbida, como una estrella engullida en el universo por un agujero negro. Miró a su alrededor un tanto desorientado y tras situarse se oyeron un par de golpes secos en la puerta, se levantó del sillón y miró por la mirilla. Abrió la puerta para asegurarse de que no había nadie y solo encontró una nota sujeta en la aldaba: Compañía de electricidad. Interrumpimos el servicio de energía por un espacio breve de tiempo. Disculpen las molestias.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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