martes, 12 de marzo de 2013

Vacaciones de crucero



La clara y limpia luz de la mañana mediterránea comenzaba a invadir el camarote, adueñándose de su interior con una luminosidad alegre y chispeante, como encendida por los propios dioses del Olimpo. Los rayos del sol se colaban a través de los ojos de buey y por entre las cortinas, acariciando el rostro de Hugo, anunciándole el nuevo día. Su mano se alargaba por las sábanas blancas y cálidas buscando el cuerpo deseado de su amada, deslizando sus dedos entre los pliegues del tejido, pero la cama ancha dejaba un espacio huérfano, vacío de otro calor humano que no fuese el suyo. Sus ojos se fueron abriendo lentamente recorriendo el confortable lecho para continuar seguidamente por todo el alojamiento en busca de la figura de Laura. No la encontró. Se centró en la puerta del aseo y dedujo que se hallaría al otro lado de ella.

Volvió a bajar los párpados y a dejarse llevar por el disfrute de sentirse dichoso, embriagado por un estado anímico agradable que identificaba con la felicidad. La fortuna le sonreía y le estaba agradecido de haberla puesto en su camino para compartir la vida con ella. Laura era la mujer perfecta que colmaba todos sus anhelos, sus deseos. Algunos meses antes la caprichosa suerte le había vuelto a sonreír con aquel premio que sorteaba la extraña marca de café, que llamó su atención en el supermercado y que les ofreció la posibilidad de vivir una luna de miel que no habían podido disfrutar hasta entonces. Una semana de placer en el Orient Queen por las islas Cicladas no estaba dentro de sus posibilidades económicas. Se sentía dichoso y feliz por poder disfrutarlo junto a la mujer que amaba.

Atrapado por el hechizo del momento, y entre el murmullo que se oía en el exterior, recordó que el transbordador atracaba aquella mañana en el puerto de Rodas, lo que le hizo incorporarse y abandonar el encantamiento, para poder aprovechar todo el tiempo posible visitando la ciudad mítica. Se acercó a la puerta del aseo pensando en instarle a que se apresurara y golpeó la madera suavemente con los nudillos de la mano derecha.
-!Cariño, date prisa. Se nos hace tarde para desayunar!- al no encontrar respuesta volvió a insistir -¿Cariño, estás bien?-pero sólo halló silencio. La falta de señales le inquietó y le empujó a girar el picaporte y abrir. La sorpresa fue mayúscula, el aseo estaba vacío y en el espejo del lavabo se leía escrito con carmín: Lo siento Hugo, otro hombre conquistó mi corazón y he decidido compartir mi vida con él. Perdóname.

Sorprendido y desconcertado quedó inmóvil varios minutos sin reacción alguna. Tendría que tratarse de una pesadilla, seguramente estaría durmiendo todavía. No era posible que aquello estuviera sucediendo realmente. Giró la cabeza buscando con la mirada sus ropas, sus pertenencias, queriendo imaginar que no era más que una broma, pero no había ni rastro de su equipaje en el dormitorio. La cruda realidad le obligó a paladear el sinsabor de la desdicha, del desengaño, del desconsuelo, de la traición. 

Desolado no encontró otra cosa que hacer más que buscarla. Vestirse rápido y salir a su encuentro, tenía que estar en alguna parte del barco. Ofuscado por la sorpresa recorría el interior del transbordador mirando desesperadamente entre los viajeros que abandonaban sus camarotes, buscando su rostro, su silueta, entre el bullicio que se disponía para visitar la ciudad. Salió a cubierta y encontró que Roda se ofrecía como un grandioso decorado en un escenario vivo, dinámico, con colores alegres de gente por todas partes. De repente y entre una maraña de almas su mirada quedó atrapada en una figura de mujer vestida de blanco impoluto que subía a un taxi en el muelle. Era Laura, pero no iba sola, le acompañaba Alex, el compañero de Daniela, el hombre de la pareja alojada en el camarote contiguo al que ellos ocupaban. El taxi se perdió entre los edificios, adentrándose en la ciudad portuaria, mientras que Hugo quedaba anclado en la desolación, impotente, sin poder hacer nada por retenerla y con la mirada perdida en ninguna parte.

Todo su mundo se desvanecía por momentos, de la felicidad completa había pasado al descorazonamiento absoluto. Sus sueños, sus ilusiones, su futuro, todo se derrumbaba como un castillo de naipes buscando razones, tratando de encontrar lo que hizo mal, en lo que falló para que la mujer que amaba le abandonara y se marchara con un desconocido sin explicaciones válidas, sin excusas de ningún tipo. Vagaba a la deriva entre las terrazas de la cubierta con la mente ocupada entre preguntas y más preguntas sin respuesta, culpándose y culpándola, excusándose y eximiéndole, queriendo engañarse volcando la culpabilidad en su contrincante, en Alex.

Su memoria retrocedía a la búsqueda de detalles, de indicios alertadores de lo que se estaba fraguando y que no supo advertir. Comenzaba a encontrar razones en aquellas sonrisas y miradas cómplices entre los fugitivos los días anteriores de crucero en Mykonos, Kusadasi y Patmos, incluso el primer día en Atenas, en el puerto del Pireo, cuando él se ofreció a llevarle el bolso de equipaje hasta el embarque. Fue ahí donde empezó todo. ¿Cómo era posible que la traición pasara inadvertida hasta consumarse, con la evidencia que se mostraba...?

Cegado por los sentimientos que le atosigaban no había advertido que a tan solo unos metros de él la compañera de Alex, Daniela, se situaba erguida junto a la barandilla con la mirada puesta en el horizonte infinito, donde la línea del cielo y el mar se juntaban para no pertenecer a ningún lado. Sin pensarlo dos veces se levantó del banco que ocupaba junto a la piscina y se dirigió hacia ella.

-¿Defraudada? -le preguntó, sin haberse dado cuenta hasta ese mismo momento que tras las grandes gafas de sol que ocultaban sus ojos llorosos brotaban lágrimas silenciosas que se deslizaban por las rosadas mejillas.
-Sí, una vez más. En cierto modo ya estoy acostumbrada a estos desengaños -le respondió serenamente y un tanto sorprendida por su presencia.
-Parece como si estuviera resignada a las infidelidades de su compañero-argüía Hugo.
-No, no es a eso a lo que me resigno. Alex no es diferente a los demás que se acercaron a mí por otras razones diferentes al amor.

Sabedores y sintiéndose víctimas del desengaño, Hugo y Daniela continuaron dialogando por horas en la cubierta del Orient Queen ajenos al tiempo que transcurría bajo el sol veraniego. Los dos habían encontrado consuelo en la desesperanza del otro.

La conversación con Daniela, prácticamente desconocida para él hasta el preciso instante en que se acercó a su lado tratando de encontrar respuesta a sus preguntas, le descubría a una mujer sensible, rebosante de ternura, que halló en su fortuna heredada la barrera para el amor. Todos sus pretendientes lo hicieron con las mismas intenciones, pero la experiencia le había curtido y no se dejaba engañar, a sabiendas de que todos los hombres se acercaban a ella con el propósito de administrar sus propiedades. Alex no fue diferente a los demás, pero tampoco consiguió embaucarla, ni siquiera utilizando sus grandes dotes de conquistador, de gran pretendiente. Conocer a Laura y comprobar que podría tratarse de una presa fácil le hizo olvidar y abandonar a la intransigente Daniela.

A partir de aquél momento, para ambos, comenzaron las verdaderas vacaciones de placer y a disfrutar del crucero en compañía. Al día siguiente, las islas de Creta y Santorini se convirtieron en el escenario ideal para afianzar la relación de dos personas que comenzaban a atraerse al tiempo que se conocían. No quedó tiempo para el desamor en las vacaciones de crucero, la providencia fue generosa con quienes miraban con el corazón e implacable con los que se dejaron llevar por otras intenciones más interesadas. Atenas recibía de nuevo al Orient Queen y los pasajeros se agolpaban a la salida del transbordador dando fin a una semana de placer. Hugo notó cómo vibraba su teléfono móvil al tiempo que escuchó el sonido que le avisaba de un nuevo mensaje escrito. Abrió el correo y leyó: Necesito verte... Me equivoqué. Eliminó el mensaje y guardó de nuevo el terminal en el bolsillo del pantalón. Miró con sonrisa cómplice a Daniela y, agarrados de la mano, cruzaron la pasarela que les bajaba a tierra.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

2 comentarios:

  1. MUY BELLO Y AUTENTICO, ASI PASA, ALGUNOS SUFREN Y OTROS SE DEN CUENTA DE LA SUERTE QUE LOS ACOMPAÑA

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  2. CUADO CREAS QUE LA FELICIDAD TE HA ABANDONADO . . .QUIZAS ES CUANDO MAS CERCA ESTA DE TU VIDA . . .

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