viernes, 15 de marzo de 2013

Rosas marchitas


Rosas marchitas

-Tengo que llamar a Isidro el cristalero para que repare esos cristales. Cualquier día de estos vamos a tener que lamentar una desgracia -decía en voz alta Adela, mirando al techo y dirigiéndose a Miss y Copete, que calentaban sus cuerpos peludos al sol primaveral de la mañana estirados sobre la tarima de madera. Los dos perritos caniches eran su familia, la única compañía desde hacía algo más de una década, cuando se quedó sola tras la muerte de sus padres. En realidad no eran de pura raza, aunque a simple vista lo aparentaban. Eran los hijos de la difunta Lupita, cuya pureza sí rezaba en su pedigrí. La madre del clan canino recibió su nombre por una razón en concreto, Adela siempre le decía que tenía al andar la gracia que se tiene en los bailes de los mariachis. También le reprendía con frecuencia que fuese tan ventolera, que no guardara las formas de una jovencita bien educada y se escapara cada vez que su naturaleza le pedía diversión, pero acabó agradeciéndole que en una de sus fugas se quedara preñada y le regalara aquellas dos bolitas peludas a las que tanto quería; sus hermanos de camada no sobrevivieron.

El invierno había sido especialmente crudo, con muchos días desapacibles de lluvia y viento que dejaron sus huellas en el techo del invernadero, su antigua estructura de madera se había vuelto vulnerable con los años y ya no resistía las inclemencias del tiempo como antaño. Tampoco ella estaba ya para muchos trotes, el jardín exigía mucha dedicación y aunque le ofrecía todo su tiempo no era el suficiente. La edad no perdona y algunas tareas comenzaban a resultarle excesivamente fatigosas. La poda de los arbustos, el arreglo de los arriates, el riego, la siembra... Una entrega constante que no quería excluir de sus obligaciones, realmente no tenía otras razones para vivir más que cuidar del jardín y de Miss y Copete.

Nunca culpó a sus padres de su soledad en el tramo final de su vida, ni se atrevió a reprochárselo, aunque era consciente de que la estricta y conservadora manera de pensar, especialmente la de su padre, fue la causante de que Braulio se marchara del pueblo para no regresar jamás. Las tres décadas pasadas desde entonces no habían influido lo suficiente para el olvido. Aquel joven y apuesto muchacho fue su único amor, al que recordaba todos los días de su vida con la esperanza de que regresara.

La mañana transcurría apacible, armonizada por el alegre trinar de los pájaros que revoloteaban por entre las flores y los árboles frutales, a los que siempre procuraba dejar uno de los ventanucos abiertos para que pasaran la noche al resguardo. No tenía predilección especial por ninguno, las palomas, los gorriones, y hasta las golondrinas que muchas veces le ocasionaban daños en los semilleros con los excrementos caídos en el ir y venir constante construyendo el nido de barro, a todos los trataba con cariño e incluso les dejaba un puñado de semillas en un lugar bien visible para que se alimentaran. Sus hábiles manos protegidas por los guantes se esmeraban en la siembra de los bulbos y tubérculos de floración estival, dalias, begonias, gladiolos, al tiempo que se recreaba con la vista en las florecidas violetas, claveles, malvas, margaritas, caléndulas o jazmines, todas lozanas y coloristas. Sólo el rosal junto a la verja de la entrada se mostraba triste, marchito, al que también los años parecían pasarle factura.  

Demasiado tiempo sin otra compañía que la de sus perritos, demasiados pensamientos hurgando en los recuerdos, en las rígidas reglas de educación que marcaron su existencia. Hubiese sido diferente de no haber tenido un padre militar que no marcara las normas del hogar como si de un cuartel se tratara. Nada quedaba fuera de su control, el horario, las amistades, sus aficiones... El deseo de que encontrara a un hombre adecuado a su educación, con unas características y cualidades especiales merecedoras de una señorita de clase media alta. No pensaron en ella como una persona necesitada en dar rienda suelta a sus inquietudes, en la necesidad de disfrutar de la libertad de escoger su camino en la vida. Tanto bien deseaban para su hija que se les pasó la oportunidad buscándola.

Tampoco ella les defraudó, se dedicó en cuerpo y alma a cuidar su ancianidad hasta el momento del último suspiro. Desde entonces la vieja casona que habitaba le resultaba infinita, fría, y con más recuerdos que detalles decorativos. Nunca pensó en otra posibilidad diferente que no fuese la de Braulio, en el caso de haber compartido la vida con un hombre. Amable, alegre, generoso, unas cualidades aceptables de pretendiente para sus padres que no fueron las suficientes ni superaron a la rebeldía inconformista propia de un joven inquieto. Un no rotundo al noviazgo que le costó superar y que fue el causante de que abandonara el pueblo. 

Las horas pasaban y el sol se alzaba en el horizonte regalando un día espléndido, cálido, pero con la misma monotonía cotidiana de siempre, todo relajado, tranquilo... Hasta que Miss y Copete se incorporaron alertados por el sonido de la campanita de la entrada. Alguien llamaba al otro lado de la cerca de madera y los dos salieron corriendo y ladrando como un resorte hacia la puerta. Adela miró entre los cristales y al otro lado del jardín vio a Gabriel, el cartero, que le saludaba alzando una carta con la mano que luego depositó en el buzón. Puso los pies en los pedales de la bicicleta y de la misma manera que había llegado se alejó perdiéndose por el camino.

El corazón le dio un vuelco. Para cualquier otra persona hubiera sido un acto normal encontrar una carta en su buzón, pero para ella era algo inusual. Hacía muchísimo tiempo que no recibía ninguna carta, hasta el punto de casi olvidar la existencia del servicio de correos. Los caniches regresaron a su lugar anterior resoplando al tiempo que movían las orejas con un tic nervioso provocado por una mosca juguetona que alteraba su sosegado descanso, en cambio, Adela comenzó a pasearse por la intriga con quién podría ser el remitente de la misiva. No tenía familia, no conocía a nadie que pudiera ponerse en contacto con ella a través de una carta.

Vueltas y más vueltas en el pensamiento hasta que la curiosidad pudo más y le venció. Se quitó los guantes y salió del invernadero en dirección a la entrada del jardín limpiándose las manos en el delantal. Extrajo el sobre del buzón acompañado del chirriar que producía el óxido de las bisagras metálicas y lo volvió a cerrar. El sobre blanco no mostraba remitente, lo que la mantuvo aún más en la especulación, sólo mostraba la dirección del destinatario y un sello conmemorativo de la Constitución Española. La primera reacción fue el de dejarse llevar por el deseo de abrirla, pero se contuvo, pensó que mejor lo hacía tomándose un cafecito y un par de galletas.

El silbido del vapor anunciaba que el café comenzaba a hervir y mientras tanto Adela se recreaba mirando el sobre entre sus manos sentada junto a la mesa de la cocina, por defecto había ido eliminando posibles remitentes hasta que el deseo y la esperanza la convencieron para elegir un nombre, Braulio. La cafetera bullendo y Miss y Copete sentados a su lado en el suelo expectantes ante la llegada de la media galleta para cada uno de ellos. Por momentos el nerviosismo iba apoderándose de la mujer que se recreaba en el gozo de que sus sueños pudieran convertirse en realidad y que la carta anunciara al menos que nunca la olvidó a pesar de los años transcurridos. Al fin se decidió y con sumo cuidado fue pasando el cuchillo a modo de abrecartas tratando de que no se estropeara al rasgar el papel. Extrajo la nota, la desplegó y leyó: Elecciones Generales a la Presidencia del Gobierno. Vota al candidato....



Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
Tienda de libros de Antonio Torres Rodríguez en Amazon

4 comentarios:

  1. Entre el suspenso dulce...y la desilución de quienes recuerdan a tanto anónimo sólo en período electoral. Genial Antonio, me encantó. Al relato no le sobra ni falta ni una palabra. LA descripción de paisaje y personajes, es bellísima. Me enorgullezco de contarte entre mis amigos Antonio. Un abrazo fraterno desde Uruguay.

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  2. Ayyy Antonio, como eres,de seguro la mataste de dolor, muy lindo todo y al final zaz... mandale cartas a tus ex, anda, así las has de tener, suspirando por ti.

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    1. jajaja Mis ex ya no suspiran por mí, no dan muestras de ello. Gracias Angélica.

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