lunes, 4 de marzo de 2013

Ira cegadora





Cómo parar el llanto del pequeño Lucas en brazos de su padre. Era imposible consolarlo. No se podría explicar por qué el niño había roto a llorar sin un motivo aparente, no tenía edad suficiente como para entender lo ocurrido y el drama que cubría  la estancia. Sólo cabría entenderse si aceptáramos un sexto sentido de la intuición que vamos perdiendo con al pasar de los años, al igual que la piel se muda en nuestro cuerpo sin darnos cuenta. En cambio, en cuanto a su padre, si era entendible que estuviera llorando a lágrima viva. Existían los motivos. La escena por sí sola se bastaba para la comprensión. Toda la habitación ensangrentada, un hombre sentado en el suelo junto a la ventana con su hijo en brazos y el cuerpo inerte decapitado sobre la alfombra, el de su querida compañera.

Embargado por los sentimientos dispares vividos en apenas un puñado de minutos, el padre se sumía en la amargura, en el dolor por la pérdida del ser querido que tanto ofreció a cambio de nada. Todo por una chispa inexplicable, suficiente como para encender la ira y cegarse. Nada como el dolor de un hijo para comprender mil reacciones incontroladas diferentes, pero surgió una sola, la más primitiva de cuantas se puedan imaginar con la venganza como condicionante. El fruto de una percepción errónea con trágicas consecuencias.

La katana manchada de sangre yacía a unas cuartas del cuerpo dividido en dos, fue tanta la ira concentrada en energía que solo le bastó un único movimiento del metal agarrado con las dos manos para dejar seccionada la cabeza con la afilada hoja. Se maldecía por su incomprensible reacción, por no haber comprobado la realidad, por la violencia desatada, por su inexplicable manera de actuar. Fue todo tan repentino, parecía tan evidente... 

Si hubiesen elegido otra decoración diferente a la oriental, o tal vez con haber rechazado la espada japonesa y colocado en su lugar un jarrón dinástico habría sido suficiente. O simplemente con no haber estado expuesta sobre el mueble de la sala sin enfundar, con eso quizás habría bastado para ganar un minuto de razonamiento antes de la repentina reacción. Preguntas y más preguntas que se agolpaban en busca de una excusa que aliviara el sentimiento de culpabilidad que le invadía.

Tantos momentos vividos, tantos recuerdos y tan fiel compañía pagada con la peor de las monedas. ¡Si pudiera volver el tiempo atrás y disfrutar de otra oportunidad para poder evitar lo inevitable!- exclamaba entre lamentos y sollozos al tiempo que mecía a Lucas en sus brazos tratando de consolar su llanto. Los buenos momentos compartidos con ella pasaban por su mente como un río de sensaciones amargas envueltas en el dolor y en el tormento, nunca antes había querido a otra como a ella. Recordaba cuándo la vio por primera vez, tímida, miedosa a causa de sus experiencias vividas, pero no dudó ni un momento en ofrecerle su hogar y una vida en familia. Una vida entera llena de satisfacciones compartidas que se evaporaron por un mal entendido, lo que le empujó a consumar la desdicha de todos, a cometer un espantoso crimen.

Recordaba sus paseos por el campo, su alegría, su predisposición contante para hacerles feliz a él y a su hijo, especialmente al niño, con quien compartía juegos. Incluso le perdonaba sus aventuras amorosas, sus escapadas esporádicas con algún que otro pretendiente del barrio. Nada era lo suficiente ofensivo comparado con el amor que les entregaba.

Pasado un rato el llanto se silenció en el hogar, aunque no la pena. Lucas se había vuelto a dormir en sus brazos y se dirigió al dormitorio, hacia la cuna, donde lo dejó. Regresó a la sala y abrió una hoja de la ventana para airear el denso ambiente cargado de atrocidad desmedida. Lana perecía como un juguete de peluche destrapado al que había que retirar de la estancia, limpiar la sangre de las paredes y de la curvada espada, quemar la alfombra y deshacerse del cuerpo. Tenía que ocultar el despropósito antes de que a alguien se le ocurriera visitarlos. Las preguntas comenzaron a sustituirse unas por otras, entremezcladas, entre la solución y el arrepentimiento. 

Nada de aquello hubiera ocurrido de haberse preocupado más por el estado de su hijo que por la sangre en el hocico de Lana cuando salía de la alcoba moviendo el rabo con síntomas de alegría, pero no fue así. La venganza sustituyó al razonamiento por unos segundos y su instinto lo arrastró hacia la espada, con la que cegó la vida de la noble perrita. Tres pasos con la incertidumbre en el pensamiento hasta el dormitorio y se topó con la realidad no imaginada. Una escena plácida y surrealista,  la del pequeño Lucas descansando y la de una serpiente despedazada a los pies de su cuna.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

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