martes, 19 de febrero de 2013

Busca a tu hermano

"Busca a tu hermano, prométeme que no dejarás de buscarlo por nada del mundo". Fueron las últimas palabras que Milagros pronunció a su hijo José Antonio antes de morir. Ella siempre tuvo en el presentimiento que a su hijo se lo robó aquel militar franquista que no paraba de piropearlo. No lo olvidaba. Nunca olvidó la expresión de su cara mientras repetía: ¡Pero que niño más guapo! Como tampoco había olvidado su nombre, Laureano Gil de la Hoz, el responsable del traslado de las presas republicanas en el viejo tren de mercancías con dirección a la prisión de San Carlos.

La guerra española causaba estragos en la zona republicana por los ataques de los fascistas sublevados. Milagros cayó presa aquella noche de 1937 en la que los rebeldes entraron armados en el pueblo, mataron a la mayoría de los hombres y apresaron a las mujeres en edad de luchar. Sólo tuvo tiempo de envolver a su hijo en la toquilla y, a punta de fusil y empujones, la subieron al camión que las trasladó al tren.

Al segundo día de ingresar en la cárcel, una monja le arrebató a su hijo de entre los brazos con la excusa de que las condiciones del presidio no eran las adecuadas para la salud del niño. Dos días más tarde, la misma monja, fue a decirle que su hijo había muerto. Ella tenía el convencimiento de que no era verdad, que su hijo estaba vivo y que se lo habían robado, más aún después de que la religiosa se negara a que pudiera verlo por última vez.

José Antonio tenía el conocimiento de que Milagros no era su madre biológica, aunque para él nunca supuso inconveniente alguno, siempre la aceptó como a su propia madre, desde que era un niño, cuando se quedó a vivir con ella hasta el día en que murió.

La hermana de Milagros, Encarnación, fue a visitarla después de acabada la guerra. La contienda las mantuvo separadas durante varios largos años en los que la miseria y el hambre recorrían el país de punta a punta. La noche en que los falangistas entraron en el pueblo y se llevaron a las mujeres, Encarnación, embarazada por aquel entonces, se escondió en la cuadra y no salió de allí hasta que se fueron. Al día siguiente huyó y no regresó hasta pasados algunos años.

José Antonio tenía una hermana algo menor que él y recordaba el día que junto a su madre fueron a visitar a Milagros a la ciudad, a reencontrarse las dos hermanas después de varios años separadas. Milagros lloraba desconsolada abrazada a Encarnación, implorando al cielo que le devolviera a su hijo querido que le habían robado.

A partir de aquel día, Milagros se convirtió en su verdadera madre. Encarnación permitió que el niño se quedara con su hermana unos días, para que le hiciera compañía y le ayudara a olvidar a su hijo desaparecido, pero aquellos días se convirtieron en toda una vida.

Para milagros José Antonio pasó a ser Antonio, a secas, como se llamaba su hijo biológico, había encontrado en su sobrino el remedio a sus desconsolados males. Sin embargo, no echó en olvido a su hijo desaparecido, cada día recordaba cómo y cuándo se lo quitaron de entre los brazos para no volver a verlo nunca más. Nunca perdió la esperanza, hasta el último de sus días no dejó de pedirle a José Antonio que lo buscara y que, cuando lo encontrara, le dijera lo mucho que lloró por él, que nunca lo dio por muerto y que nunca lo había olvidado.

Los esfuerzos por satisfacer a su madre, por encontrar el paradero de Antonio, fueron infructuosos. Buscó pesquisas por todas partes, en la antigua cárcel, en el convento de la monja que se lo arrebató, pero todo fue inútil. El paso de los años se había encargado de borrar el mínimo indicio de la existencia del niño Antonio.

A la muerte de Milagros, el único familiar que le quedaba vivo era su hermana Encarnita, que vivía en el pueblo donde Encarnación había muerto algunos años atrás. Con el dolor de la pérdida de su madre y con la promesa que le hizo de no dejar de buscar a su hijo, José Antonio decidió ir a visitar a su hermana.

El encuentro de los dos hermanos fue fundirse en un abrazo y en desconsolado llanto. Pasados unos minutos de conversación, Encarnita se levantó de la silla y se dirigió al viejo arcón situado bajo la escalera. Lo abrió y de él sacó una pequeña maleta. Su madre le había encargado que se la entregara después de que su hermana Milagros falleciera.

Sorprendido, José Antonio abrió la vieja maleta de cartón piedra y en su interior encontró algunos objetos, una cartera con documentos y un sobre cerrado con una carta en el interior. Con manos temblorosas extrajo la misiva del sobre y leyó en voz alta:

Querido José Antonio:
Nunca me atreví a confesarte un secreto que siempre he llevado guardado en lo más profundo de mi ser y del que nadie tiene constancia, ni siquiera mi hija Encarnita y mucho menos mi hermana Milagros, que jamás sospecharía nada de esto que te voy a contar.
Aunque en los primeros años de tu vida te cuidé y te quise como a mi propio hijo, lo cierto es que yo no soy tu madre biológica. Al día siguiente de entrar los rebeldes en el pueblo huí y me escondí por los campos de cultivo. Vagué varias semanas por los cortijos de alrededor, donde me dieron de comer y me acogieron para pasar las noches.
No me quedaban muchos días para dar a luz a Encarnita y decidí ir caminando hasta la ciudad, con la intención de encontrar ayuda en algún hospital o convento de monjas, no me quedaba otra alternativa si quería seguir viviendo y que la niña naciera sin complicaciones.
Un día antes de llegar a mi destino, la providencia me hizo un regalo que agradecí toda mi vida. Era un niño que lloraba entre los cuerpos inertes de un padre y una madre que habían fallecido en el accidente. El coche se había salido de la carretera, quedó volcado y solo tú sobreviviste. La carretera estaba solitaria y no se divisaba un alma a la redonda. Así que, como pude, te saqué del interior del vehículo y cogí algunas pertenencias de ellos, para que cuando llegara este día supieras quién eres realmente y quiénes fueron tus padres.
Espero que sepas y puedas perdonarme algún día por no habértelo dicho antes, no tuve el coraje suficiente de arrebatarte de brazos de mi hermana Milagros después de lo que tanto sufrió cuando le robaron a su hijo Antonio, otra vez no lo hubiese soportado.
Que Dios te bendiga. Cuida de Encarnita con todo el cariño del mundo, como yo lo hice de ti.

El final de la carta plantó el silencio en la sala, adueñándose de la estancia por un buen rato. A ninguno de los dos se le ocurrió decir ni una sola palabra. Los dos quedaron igual de sorprendidos y con la mirada perdida en la pared de enfrente. El contenido de la carta derrumbaba de un golpe todo lo que el sentido de la familia y de la propia vida les había servido de apoyo para construir sus propias existencias.

Digiriendo aún la inesperada noticia, José Antonio dio paso a la curiosidad, a mirar las pertenencias que Encarnación guardó en la maleta sesenta años atrás. La cartera de cuero dejó ver en su interior varios papeles en tono sepia que no se habían desplegado nunca desde aquel fatídico día del accidente, en el que perdieron la vida sus padres. Entre algunos documentos halló lo que parecía un carnet con fotografía desteñida, la de un atractivo militar con bigote, y un número de identificación junto a un nombre y apellidos: Laureano Gil de la Hoz.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

3 comentarios:

  1. Precioso texto Antonio. Un fuerte abrazo.

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  2. Antonio, has escrito una ficción no alejada de tantas realidades conocidas,sentidas, por Uds. y por nosotr@s. Cada historia que he escuchado en muchos de los nietos recuperados por las Abuelas en mi país, reflejan, similares vivencias. Como en un espejo, la tragedia es la misma.

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