domingo, 16 de diciembre de 2012

El color del hambre

Es curioso lo fáciles al engaño que nos damos los seres humanos. Olvidamos cualquier otra percepción para confiarnos y nos dejamos llevar solo por lo que nos dicen los cinco sentidos, rechazando lo que hay detrás de esa pantalla y que nos proporciona la intuición. Claro que a ésta la hace fiable la experiencia, que no se consigue sino después de muchos errores cometidos. Nos pasa con todo, con las personas nos dejamos llevar por sus apariencias para crear un concepto de ellas, sin ponernos a analizar que la persona en sí es lo que sostiene, lo que no se muestra. Cómo viste, cómo huele o cómo habla, es lo que nos indica sus características personales. Sin embargo, el cómo piensa lo dejamos en un segundo plano, cuando deberíamos de guiarnos por su pensamiento más que por cualquier otro atractivo personal. Ya lo dice la Biblia (a la que no tengo ni entre mis libros obligatorios ni favoritos): "Si quieres saber lo que piensan los demás no escuches lo que dicen, observa lo que hacen". 

Hay cosas que me gustan y que no me canso de contarlas, como es crear juguetes para los niños. Pocas cosas existen que me causen tanta satisfacción como la de trabajar para esos locos bajitos, como diría Serrat, una de ellas es ver cómo disfrutan jugando con esos mismos juguetes que salieron de mis manos. Hace algo más de un mes que inauguré la tienda Mogni y comienzan a definirse como clientes asiduos algunos niños del barrio, a los que veo las caras de fantasía que ponen tras los cristales del escaparate cuando me ven trabajar en el mini taller que tengo instalado en el local a vista del público. Algunos ya van perdiendo el miedo y se acercan hasta el interior para mirar curiosos en lo que estoy trabajando, para preguntarme en qué consiste el artilugio que tengo entre manos.


Dos de estas clientas fascinadas que me visitan son hermanas gemelas, no podrían negarlo, se parecen tanto... El viernes por la tarde acudieron a la tienda a comprar golosinas acompañadas de su abuela. Después de analizarlas he llegado a la conclusión de que entre los gemelos no es todo simetría, que existen muchas más diferencias de los que pensamos o percibimos, quizás por lo que comentaba al principio de guiarnos por lo que captamos a simple vista y que termina muchas veces por confundirnos. Una de ellas se decidió rápidamente eligiendo compra tras una más rápida observación. En cambio, la otra se recreaba preguntando el contenido de los productos, como las cajitas y bolsas que contienen golosinas y pequeños juguetitos sorpresa. Estudiaba meticulosamente sacarle el máximo provecho a su presupuesto. Calculaba qué le saldría más rentable al tiempo que su hermana le urgía a que tomara una decisión, lo que contagió a su abuela que hasta entonces asistía silenciosa y a la espera del desenlace comercial. 

- !Venga, decídete¡- le recriminaba la hermana, mientras que la abuela, ya con síntomas de nerviosismo, le pedía que acabara por elegir. ¡Lo que te cuesta soltar el dinero!- le reprochaba la gemela, a lo que le contestó la otra - ¡Es que tú te decides por lo primero que vez! Al final se decidió por lo más llamativo, una bolsa muy atractiva por fuera pero que por dentro no contenía tanto como si lo hubiese comprado por separado. Para definir estas cosas mi anciana madre tiene una frase (que cada vez pronuncia menos): "Te llena más el ojo que la barriga".

A esa rentable conclusión llegaron hace mucho tiempo las grandes compañías comercializadoras de alimentos, a las que los estudios les dan por resultado positivo rechazar y tirar a la basura los alimentos menos o poco vistosos para el consumidor en vez de ponerlos a la venta. Nos decidimos por los productos de mejor tamaño, olor, color y tacto, dejando sin importancia el principal significado alimenticio, su calidad nutritiva. A las empresas alimenticias les son más rentables desperdiciar los alimentos menos atractivos para mantener el precio de sus mercancías y que no pierdan valor en el mercado. Tanto y tan alarmante es así que en España los malos hábitos alimenticios tiran a la basura cada año 7'7 toneladas de alimentos que se podían haber consumido con una calidad optima, eso supone de media 163 kilos por persona, en un país donde la crisis ha puesto en riesgo de pobreza al 27% de la población.


http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/12/09/actualidad/1355072999_892901.html

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sábado, 8 de diciembre de 2012

Esposas niñas

El jueves pasado celebraban en este país de desesperanzas y futuros inciertos el día de la Constitución. Digo celebraban porque dicha fiesta no iba conmigo, ni me identifico con la carta magna española ni con los gobernantes que la representan. Los símbolos constitucionales que simbolizan a esta España, nuestra también, pasaron a significar lo que en otro tiempo, en el que entre el rojo y gualda se agitaba la silueta del águila de San Juan o "el aguilucho", según para quien. Cada vez que la derecha política se sienta en los sillones que dirigen las riendas de esta piel de toro nos roba no solo las libertades y los derechos sociales, también los iconos patrios, que hacen suyos hasta el punto de que algunos los identifiquemos como cosas de otros. Es la otra España la que marca el ritmo actual, la que sus padres y abuelos tiñeron de sangre, terror y muerte, durante más de cuatro décadas. 

Así que, aunque era fiesta nacional, yo hice caso omiso y me fui a currar que es lo que más me gusta. Hacía meses que guardaba la idea de un juguete de primero del siglo pasado que vi en una tienda de antigüedades,  un pájaro con ruedas que movía las alas cuando se deslizaba. Era un juguete rudimentario y sin color, aunque probablemente logró el cometido de aportar felicidad al niño que lo jugó en su tiempo. Me gusta la simpleza de los juguetes antiguos y no pude soportar la tentación de versioneárlo. Sin embargo, pensé que seguramente un loro resultaría más vistoso que aquel añejo ejemplar que atrajo mi atención entre objetos deslucidos y me dispuse a dar forma a la idea. Calculé las medidas, realicé el dibujo, corté la madera... y puse la radio.

Mientras coloreaba el prototipo escuchaba los comentarios radiales que nos anunciaban una noticia grata, un grajo blanco, como dirían los más castizos del lugar, acostumbrados al pesimismo reinante que últimamente invade todo lo que se mueve a nuestro alrededor. La UNESCO otorgaba a Córdoba, mi ciudad, otra declaración Patrimonio de la Humanidad, y ya van tres. La Mezquita aljama (que no catedral por mucho que la Iglesia Católica se empeñe), el centro histórico y la reciente, la que reconoce el valor de los patios cordobeses. Un reconocimiento cultural que va mucho más allá de la vistosidad de los espacios floridos. Los patios representan una manera singular de vivir, en comunidad, donde reina la armonía y la generosidad entre vecinos que comparten como una gran familia. Otro legado cultural más en este crisol de culturas que simboliza la ciudad de Córdoba.


Rojo, azul, amarillo... buscaba el cromatismo ideal para el juguete cuando, como elefante en cacharrería, una chiquita de origen latinoamericano hizo aparición en la tienda Mogni. Me saludó con unos enérgicos buenos días y automáticamente se dirigió a lo primero que se encontró delante, la canasta de mimbre donde expongo los famosos huevos de chocolate que contienen sorpresas en su interior. Cogió uno, me preguntó el precio y lo soltó. Asimismo continuó con caramelos, chicles, gominolas... hasta que tuve que recriminarle, por supuesto con buenos modales, que los alimentos no se manosean, y más aún cuando no se van a comprar. Le pregunté si tenía dinero para comprar y su respuesta fue la que esperaba, que no, aunque  añadió que quería saber el precio para cuando tuviese dinero comprárselo a su hermanito. Así que, no considerándome un alma caritativa, le regalé una piruleta de caramelo mientras que conseguía el dinero para el hipotético regalo a su hermanito.  La poca higiene y la desaliñada imagen que mostraba la niña me dejó pensando en lo difícil que tiene que resultar para los emigrantes ilegales que residen en este país sobrevivir inmersos en crisis. Oí un ruido extraño y me asomé a la puerta de la tienda. La chiquita, que no tendría más de 11 años, le había arrancado los globos que sostenía como reclamo el Mogni a tamaño de humano adulto que coloco en el exterior. Al otro lado de la calle se veía alejarse con los globos en una mano y en la otra la piruleta que relamía.

Poco después, la siguiente clienta fue una madre con su hijita casi recién nacida en el carrito, también de origen latinoamericano. Nada extraño en el barrio donde se sitúa la tienda Mogni, cosmopolita y multirracial, un ambiente en el que me encuentro cómodo, quizás una de las características por las que elegí abrir el negocio en este barrio, Ciudad Jardín, curiosamente falto de zonas verdes y ajardinadas. Me llamó la atención la poca edad de la madre, casi era una niña. Sin embargo, a diferencia de la anterior, su imagen era pulcra y muy educada, lo que me causó cierta satisfacción. Percibir que a muchos emigrantes no les cuesta tanto adaptarse a esta sociedad es un motivo de alegría para mí.

No obstante, la llamativa juventud de la mamá no me dejó ajeno a la preocupación que para muchas organizaciones sociales significa luchar contra las niñas que contraen matrimonio en muchas partes del mundo. Esposas niñas que abandonan la educación para pasar directamente a servir en la mayoría de los casos a hombres mayores que podrían ser sus abuelos, que compran su casamiento con lotes míseros a padres que no han conocido otra  manera de vivir más que la propia miseria. En países tan diferentes como la India, Bangladesh, Burkina Faso, Yibuti, Etiopía, Níger, Senegal o Somalia, millones de niñas sufren la discriminación de género, convirtiéndolas en esposas antes de dar por finalizada la edad educativa. La UNICEF nos dice que aproximadamente 70 millones de mujeres jóvenes de 20 a 24 años, casi 1 de cada 3, se casaron antes de los 18 años. De éstas, 23 millones se casaron antes de cumplir los 15. También nos dice que un componente importante en el mundo entre las niñas de 15 y 19 años son las muertes maternas relacionadas con el embarazo y el parto.



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domingo, 2 de diciembre de 2012

Princesitas descoronadas

¡Buenos días, vecino! -saludaron las dos señoras casi a la misma vez.

Las dos ancianas se han acostumbrado a meter su visita a Mogni en la ruta que recorren los sábados por la mañana, siempre que el tiempo acompañe porque, como dicen ellas, sus cuerpos ya no están para muchos trotes. Fueron a comprar unos caramelos de menta y regaliz que le gustan a una de ellas y, como en la visita anterior no supieron indicarme cómo se llamaban, una por ser invidente y la otra porque apenas sabe leer y su torpeza ya no le acompaña, ayer me trajeron el envoltorio de una bolsita vacía para que se los vendiera iguales. Desconocían que llevaran azúcar, ellas estaban en que eran optimas para diabéticos. Cuando se lo hice saber, la expresión de su cara, acompañado de un: ¡no me diga usted eso!, me dio a entender que le había desaconsejado probablemente alguna de las pocas cosas dulces de las que le quedan por disfruta en esta vida.

Bueno, se come usted menos- le decía la acompañante, aunque no sabría decir con certeza cuál de las dos acompañaba o guiaba a la otra. Es que no se controla- dirigiéndose a mí- abre la bolsita y no para hasta que "no le ve" el fin. Ella no es diabética, pero por prevenir... A estas edades ya está una en riesgo de todo. Hice mía la frase de la señora vecina, la diabetes es una enfermedad muy habitual y extendida en el estilo de vida sin control que llevamos en estos tiempos. Damos rienda suelta a devorar todo lo que se nos viene en gana olvidando el sentido fundamental de la alimentación, al margen de lo sedentarias que se han vuelto nuestras existencias, olvidando el ejercicio físico que tanto bien nos hace. Al mismo tiempo las dos se agarraban del brazo y se despedían hasta el próximo sábado, si el tiempo acompaña.




Seguía con mi tarea preparando algunos adornos artesanos para la decoración navideña de la tienda con el mensaje de la diabetes y otros peligros producidos por la mala alimentación que llevamos en la actualidad cuando entraron una abuela y dos de sus nietos hermanos, niño y niña. Él con una hiper-actividad evidente y de poner de los nervios, saltando de un lado para otro descontroladamente. En ese momento me acordé de una frase de un buen amigo mío y muy amigo de los menores, que dice que: "los niños son como monos con revolver, nunca sabes para dónde van a tirar". Su hermanita, en cambio, iba más tranquilita, agarrada de la mano de su abuela y con una diadema con un lacito rojo y lunarcitos blancos, a lo Minni.

¿A ver, qué queréis?- les preguntaba la abuela a los nietos. La niña pidió un globo blanco con un dibujito de Peppa pig y su hermanito se dirigió directamente a donde las espadas de madera. ¡Yo quiero una espada abuela! Bueno, pues dele usted lo que quieren- me pidió al señora. La niña agarraba el soporte del globo ilusionada con su llamativo adorno en la cabeza, mientras que el niño no paraba de mover todos los juguetes colgados a su altura como tratando de descargar toda su contenida y derrochadora imaginación a la vez. Le dí la espada y, mientras le cobraba a la abuela, el niño, desbordado por su descontrolada energía, comenzó a jugar con su hermana como si de un enemigo con el que guerrear se tratara. Hizo dos ademanes de espadachín justiciero y a la tercera arremetió contra el globo y lo destrozó de un certero golpe, con tan mala suerte que su hiper-actividad le jugó una mala pasada doble, porque no sólo le rompió el globo sino que con la inercia se le fue el arma y con ésta rozó la cabeza de ella descoronándola de su vistosa diadema. La niña comenzó a llorar, después de unos segundos sin reacción sorprendida por el ataque del guerrero, y la abuela a regañar al agresor. ¡Mira que no quería comprarte la espada, que ya te conozco! ¡Que eres mú malo! Es que no se queda quieto ni un segundo- dirigiéndose a mí pero con la mirada en el nieto y la espada, la que le arrebató de un tirón- ¡Este niño parece que tiene azogue!

Se marcharon y me dejaron con dos pensamientos. Uno sobre las satisfacciones que dan los niños, aunque a veces nos causen tantos problemas. Otro sobre las princesitas descoronadas que en plena infancia caen en la crueldad de la esclavitud, convirtiendo sus sueños e ilusiones en atormentadas pesadillas. La princesita del globo blanco me hizo recordar una noticia que leí en un diario no hace mucho tiempo, en el que publicaba la triste y penosa vida de una niña a la que hicieron esclava con nueve años, en plena edad de juegos y educación. Bishnu Chaudhary tiene en la actualidad diecinueve años y el año que viene irá a la universidad a estudiar Derecho, con una sola meta en su futuro, luchar por erradicar esta cruel tradición enquistada en Nepal, su país. Sus padres la enviaron a trabajar de Kalamari (esclava doméstica) a cambio de quince euros anuales durante dos años. Una costumbre muy extendida entre los nepalís para obtener un préstamo. "Trabajaba todo el día, todos los días. Pero nunca estaban contentos conmigo. A veces me pegaban con un palo y no sabía porqué", comentaba la joven entre líneas de la noticia.

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/10/11/actualidad/1349976698_773980.html


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