jueves, 1 de noviembre de 2012

Entre calabazas y melones


Por estos días, en lo que todo lo inunda la dichosa calabaza anaranjada de Halloween, no me queda más remedio que mirar hacia atrás en mis recuerdos para comprobar cómo evolucionan y a qué velocidad se transforman las tradiciones, cada vez más influenciadas por el todo poderoso consumismo que básicamente se pinta con los colores que desde la patria del Tio Sam nos imponen comercialmente. Aunque, no crean que ya lo tienen todo ganado, estoy por apostar que los avispados comerciantes chinos pronto nos atosigarán con sus productos similares (siempre queda mejor que decir copiados), y no porque no tengan capacidad de creación, de hecho les sobra en algunos conceptos. No me dirán que una calabacita para el día de los muertos con los ojos rajaditos no tiene su atrevimiento y toque de vanguardia...

Volviendo a las copias y tradiciones, en las que las primeras aparentan ser sinónimo de los chinos y las segundas de los estadounidenses, no lo es tanto así. Me repatea que tengamos que aceptar nuevos conceptos tradicionales cuando lo que empujan son distorsiones de otras propias nuestras establecidas desde mucho tiempo atrás y que son derrocadas por las novedosas provenientes de otras culturas. ¿Me creerían si les dijera que lo de la calabacita ya se acostumbraba por tiempos de los romanos? Eso es más de dos milenios pasados. Pues así es, sólo que aquí no teníamos calabazas hasta que comenzó la globalización con Colón y su aguerrida, traviesa y malhumorada tropa. Por estas tierras del sur de España, por Andalucía, ya se hacía entonces con melones, a los que se les dejaban huecos extrayéndole la carne y las semillas y se les perforaban en la corteza los rasgos calavericos; se le colocaba una vela encendida en el interior y hacía las veces de farol. Con esta fantasmagórica fruta se rondaba por el hábitat de los dos mundos, por el cementerio a saludar a los muertos y por las casas de amigos y familiares a celebrar el día de difuntos en una fiesta pagana en la que se comían las tradicionales gachas y se tomaban la copitas de aguardiente de anís para ahuyentar el frío e invitar a la alegría.

Algo de influencia también tendrán estas antiquísimas celebraciones sobre otras festividades referentes a los muertos en otros países, como es el caso de México, en el que tan arraigada y tan personalizada está esta tradición. Aunque se me antoja que las costumbres de la patria de Diego Rivera son tan especiales como propias, resultado mestizo y maravilloso, como todo lo que surge de la mescolanza de culturas y razas. De allí proviene la foto que tomé prestada y que complementa este texto, del muro facebulero de mi amiga Angélica, que hoy nos dio los buenos días, a este lado del charco, con la publicación de unas fotos coloristas y alegres del escaparate de la mexicana Dulcería Celaya. 

Es curioso comprobar cómo se transforman los términos cuando se trata de celebrar. "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" dice este refrán que, sin embargo, parece cambiar las tornas en la realidad. Lo que anda de fiesta hoy es el mundo de los muertos, mientras que la tristeza anda viviendo entre muchos colectivos sociales. También aquí la curiosidad crea perplejidad, viendo cómo las tradiciones van y vienen animadas por el consumismo agresivo y en cambio las personas que las mantienen vivas no pueden cruzar las fronteras tan libremente. Para la emigración de personas es todo lo contrario, todo son trabas legales.

Me entristece, en este mundo de los vivos, la situación de los emigrantes que, como alma en vilo, vagan de un lugar a otro en busca de su paz, de su pan, de su dignidad, de su bienestar... y que a diferencia de las tradiciones no son aceptados en muchos lugares. Me llama la atención, y con la que soy solidario, la caravana de madres centroamericanas que por estas fechas recorren México en busca de sus hijos desaparecidos, que un día decidieron emigrar a EEUU, víctimas de las desaprensivas mafias que tan vil y cruelmente truncan las ambiciones y esperanzas de tanta gente humilde que se juegan la vida en busca de un derecho natural, el de acceder a una vida mejor, digna.

Asimismo, de igual manera parece haberse vuelto tradición lo de morir en el Estrecho de Gibraltar buscando el "paraíso". Cualquiera diría que, por estos tiempos en los que vivimos, poder comer todos los días sea sinónimo de paradisíaco. Uno nunca termina por encontrar respuesta a tanta desigualdad, así como a las pérdidas de vidas humanas que se cuelan por el sumidero de la emigración africana, cayendo al desagüe del anonimato y con la frustración como pago a tanto esfuerzo y necesidad. El luto, el dolor, sin fiesta que consuele a sus familiares, habita en muchos lugares de África, de donde partieron las personas que esta semana perdieron la vida en las aguas del Estrecho, en una patera cargada de emigrantes ilegales anónimos. 50 difuntos más por los que festejar, de entre los 68 que ocupaban aquella embarcación rudimentaria naufragada. De entre los 18 rescatados, me atrae especialmente la mujer embarazada de tres meses y procedente de un pueblo cercano a Yamena, capital del Chad. Entre tanta desolación un rayo de esperanza, el de ese hijo/a por nacer, para el que deseo todo el premio que los perecidos emigrantes buscaban y la desgracia no les permitió encontrar. 

¡Feliz día de los muertos!



2 comentarios:

  1. Nuevamente me deleité con tu escrito, muchas gracias por compartir tal gentilmente, buen día Antonio.

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