sábado, 27 de octubre de 2012

Normalizar el derecho a la igualdad

Hay días en los que especialmente parece como si se pusieran de acuerdo los diarios de la prensa escrita que acostumbro a leer en mostrarnos titulares dolientes, coincidentes todos ellos en patrón y corte de tijera. No, no se trata de modelaje, de moda y costura. Me refiero al corte, al tipo de noticias que por desgracia se muestran demasiado cotidianas, al patrón de actitudes de algunos pueblos y culturas contra sus mujeres, madres, esposas, hermanas e hijas. No obstante, caería en la injusticia si lo hiciera también en la insinuación de inclinarme por una u otra cultura en concreto. Los abusos que se cometen en el mundo contra el género  femenino no pertenecen ni son exclusivos de razas, culturas o religiones. 

No tengo claro cómo expresar el sentimiento que me producen algunas de estas noticias, entre repulsa, indignación y dolor, que parecen sacadas de un contexto de ficción o cuestionario de terror pertenecientes a un mundo de monstruos perversos sin alma ni respeto hacia las féminas. Con muchos de estos protagonistas monstruosos me gustaría mantener una conversación, con la sola y única intensión de alimentar mi curiosidad de saber cuál es el concepto de valor que tienen hacia sus madres, hermanas o hijas, que los lleva a actuar contra ellas de maneras tan crueles e inhumanas. 

Sin embargo, lo peor de todo esto no son los casos aislados que escandalosamente llaman la atención y provocan y sacan de lo más profundo de nosotros la parte más irracional que llevamos dentro, lo más doloroso es lo arraigadas que están esas actitudes de desprecio de valor hacia lo femenino. No hace falta que se cometa una atrocidad violenta para darse cuenta de que existen injusticias tan injustamente normalizadas que forman parte de la propia cultura de un pueblo. 



Casos como el de la mujer pakistaní de Sanghar, a la que un hombre cortó las orejas, la nariz y los labios a su mujer por una cuestión de honor, atraen nuestra mirada más crítica y de repulsa. La crónica cuenta que llevaba un tiempo de maltrato psicológico por parte del marido, pero parece que su deseo de crueldad le exigía dar un paso más y consumar un grado de castigo superior, lo que le empujó a propiciarle una paliza  brutal de la que no sólo quedó como víctima la amputada, también pereció en el marco del violento crimen el hijo de ambos que la madre sostenía entre sus brazos. Caso doloroso y sensacionalista donde los haya. En cambio, existen otras cotidianidades menos llamativas que, a base normalización, de aceptación por la fuerza de la costumbre, se transforman en puertas de acceso hacia la violencia machista siempre injustificada. Estas actitudes son las que tratan a la mujer como ciudadano de segunda fila en derechos sociales y libertades, y contra las que hay que oponerse en favor de normalizar el derecho a la igualdad.

Curiosamente, las injusticias contra las mujeres se multiplican en concordancia con el grado de ignorancia y pobreza de los países donde viven, y a veces, lejos de lo que las luchas y revoluciones les puedan beneficiar,   todo el esfuerzo en pro de luchar por sus derechos se les vuelve del revés. Podríamos poner como ejemplo a Túnez y a su Revolución del Jazmín, en la que la mujer tuvo su papel participativo y de importancia igualitaria al hombre para conseguir los avances por una sociedad más justa para todos. Sin embargo, en este laboratorio sociológico en el que se ha convertido el país para ejemplo de toda la región sublevada contra las dictaduras que padecían, los derechos de la mujer paradójicamente parecen retroceder. 

Si uno pregunta a un tunecino sobre los beneficios reportados por tanto esfuerzo y lucha contra la dictadura de Ben Ali, orgullosamente nos responderá que la islamización no es prioridad, ni para el país ni para el Estado. Nos dirá que Túnez tiene unas raíces muy marcadas de modernización y progreso que nada tienen que ver con las monarquías del Golfo. Pero lo cierto es que, tras la huida del dictador hacia el exilio, el primer cambio palpable fue la salida del islam de su refugio en las mezquitas con la aparición de un salafismo militante que pretende la instauración de un nuevo califato en Túnez y la vuelta de la corriente ortodoxa de la religión a los tiempos del profeta. Un peligro contra los derechos sociales es lo que evidencia la ortodoxia religiosa y aunque a simple vista la moderación sea la característica principal del gobernante partido islamista Ennahda cada vez se muestra más conservador. Ejemplo de ello es su fracasada intención de definir a la mujer en la nueva Constitución como "complementaria", en lugar de "igual".


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