sábado, 6 de octubre de 2012

Cuestión de meaditas


Tengo que confesar que me he vuelto adicto a la comida mexicana. Tanto es así que últimamente rara vez pienso en saciar mi apetito de entrehoras con un bocadillo a la española, como es costumbre generalizada en este país de salsas y sopas para mojar. A los españoles nos gusta el pan y pocas cosas nos saben mejor que un buen bocadillo de pan crujiente, relleno de lo que sea, frío o caliente. Sin embargo, la tortilla al estilo de México y Centroamérica me ha hechizado. Hasta tal punto que si no tengo tortillas en mi despensa me entra la ansiedad, comparable a la que me producía cuando era el pan el que faltaba. Comer sin cereales me deja la sensación de no haber hecho una comida completa. Y para completar esa adicción gastronómica también me he acostumbrado a sustituir el chile por la sal, así que ya se pueden imaginar, sin tortillas y sin chiles la vida para mi ya no es lo mismo.

Pues les cuento. Una mañana a mediado de esta semana que se nos va, me entró la neura cuando abrí la puerta de la despensa de la cocina y vi que solo me quedaba una tortilla en el envoltorio que venden con una docena. Decidí que lo primero era acudir al super y proveerme de tortillas. Estas cosas se suelen dejar para luego y después, cuando uno quiere acordar, ya están las tiendas cerradas para la hora de comer. Ya saben que los españoles generalmente pegamos el cerrojazo al comercio a eso de las 1,30 pm, para almorzar y descansar un rato, y regresamos pasadas las 4,30 para continuar hasta el final de la jornada laboral. Me encaminé en busca de las dichosas tortillas y me llamó la atención que el colmado estuviese especialmente concurrido, luego caí en que era primeros de mes y eso supone que algo más de lo acostumbrado últimamente hay en los bolsillos de los españoles en esos primeros días de la treintena.

Me acerqué al estante donde las colocan en el supermercado y metí la mano por detrás, en el último montoncito, para coger unas de las más recientes. Con ellas ya en la mano me sorprendió que un niño de no más de cinco años tratara de imitarme metiendo él también su manita por detrás de los montoncitos, del anaquel más bajo. Agarró sus tortillas y fue corriendo a depositarlas en el carrito de sus abuelas. Sí las dos, la materna y la paterna, y de unas edades ya bien avanzadas. Era una fiesta lo que organizaban las abuelas con cada gracia del niño, y por supuesto él encantado con la permisividad que sus yayas le prestaban. Acabé la compra y salí del establecimiento dirección a mi casa. Pero unos metros más allá de la puerta del super me encuentro de nuevo con el infante y sus abuelas. Una de ellas le ayudaba a retirar el pantaloncito para que hiciera pis en uno de los arriates con grama que habían en la plazuela. Al pasar a la altura del "Manneken Pis" oigo a la abuela que le socorría decir en voz alta y compartiendo con su comadre: -!Pero que meadita más larga! ¿Será que es superdotado?


Ni que decir tiene que me harté de reír. Qué ocurrencia... Claro que no dejé de suponer que la gracia estaba en que la abuela no sabía en qué consistía ser superdotado. Cualquier cosa que a ella le pareciera positiva eso era su nieto. Por cosas así se entiende aquella expresión tan manida que dice que " no necesita abuela", cuando se cae en la prepotencia y se autodestacan los valores o características propias. Se me ocurrió pensar que en caso de haber sido lo contrario, que la meadita hubiese sido corta, ¿qué hubiera dicho la abuela, qué habría pensado, exclamaría con la misma ignorancia que su nietecito podría tener en el futuro problemas de impotencia sexual, o lo que es peor, podría ser gay?

Las expresiones sin sentido que muchas veces pronunciamos ante los menores y las gracias concentidas, pueden suponer un problema de autoestima no solo para ellos sino también para sus compañeros de colegio o juegos. Que un niño mee más o menos, dependiendo de la ocasión, ante otros niños pudiera significar que tiene un problema de masculinidad, lo que acarrearía problemas psicológicos y traumas que pueden perdurar mucho más allá de la infancia. La maldad en los menores es más cruel si cabe, especialmente con otros niños de menor edad. No hay que irse a la novela de Willian Golding, El señor de las moscas, que dirigió para el cine Harry Hook, para comprobar cómo podemos llegar a ser los humanos en estado puro durante la infancia.

No obstante y aunque la imaginación del niño también juega, muchas de esas maldades infantiles son infundidas por nosotros mismos, sus familiares más directos. Les inculcamos unos valores que generación tras generación se hacen injustas y malvadas contra otros niños, sin importar cuál pueda ser la característica, cualquiera de ellas puede ser sinónimo de acoso. Estamos hartos de leer en los medios de comunicación lo que muchos de nuestros hijos y nietos sufren por el acoso de otros niños, marginándolos y provocándoles verdaderos traumas que convierten sus infantiles vidas en auténticos infiernos, hasta el punto de optar muchos de ellos por el suicidio.

En contra de esto y a favor de la integración y el respeto hacia otros de diferentes características, he encontrado esta semana una noticia que me ha llenado de satisfacción por la defensa de los derechos de los niños. La que nos contaba que el gobernador de California, el demócrata Jerry Brown, ha promulgado una ley por la que prohíbe someter a los menores de edad a cualquier tipo de tratamiento para convertir en heterosexual a un homosexual. Entre sus palabras, que recoge la edición digital del diario Los Ángeles Times, Brown dijo:"Estas prácticas no tienen ninguna base científica ni médica y ahora quedarán relegadas a la charlatanería".


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