sábado, 20 de octubre de 2012

El perverso propósito de acomplejar

"Pensé por unos segundos que perdía el sentido", decía Felix Baumgartner el domingo pasado después de haber retado al peligro que supone superar la osadía que ningún otro ser humano hasta entonces se había atrevido a llevar a cabo. A mí sólo de pensarlo ya me da vértigo, cuanto más si tuviese que ser un servidor de ustedes el que ocupase el lugar del saltonauta austriaco. No es para menos que durante varios días, incluidos anteriores y posteriores al acontecimiento, el mundo entero estuviese pendiente del dichoso salto a una altura de mareo, desde más de 39.000 metros. 10 interminables minutos en caída libre desde unas condiciones muy parecidas a las existentes en Marte, con la presión a menos de una centésima de atmósfera y la temperatura por debajo de los 20 grados, además de estar expuesto a la intensa radiación ultravioleta. Todo un atrevimiento que me recordó a los famosos saltitos de Neil Armstrong en la Luna en aquel caluroso y tórrido verano del 69.

Sin duda son momentos inolvidables que quedan en la retina para siempre. Me atrevería a decir que a nadie, ni a una sola persona que viviese aquellos acontecimientos del alunizaje retransmitidos por televisión, se le olvidó dónde estaba en aquel preciso momento cuando las imágenes mostraban al astronauta clavando en la superficie lunar una bandera norteamericana ingrávida y tiesa como un alambre. En lo que a mi memoria respecta, todavía me permite revivir el momento hasta el punto de acordarme no sólo del lugar y el momento horario, también de lo que mi abuela paterna me dio de merienda aquella tarde a la vuelta del colegio.

Aquellas apetitosas meriendas tuvieron mucha culpa de que yo creciera siendo un niño gordito, lo que me reportó tristes y dolorosos sentimientos provocados por las burlas que otros niños me dedicaban utilizando mi obesidad en forma de arma arrojadiza. Estos desagradables recuerdos de infancia me hacen identificarme con todos los que sufren obesidad, especialmente con los niños y niñas que son blanco del perverso propósito de acomplejar por parte de otros menores, que utilizan cualquier característica diferente para convertirla inconscientemente en motivo de pesadilla para los que lo sufren.


De todas maneras, todo lo que no mata nos hace más fuertes, como dice una conocida frase hecha. La experiencia se va acumulando desde la temprana edad y no deja uno ni un solo momento en ir sumando conclusiones, que son las responsables de forjar o moldear nuestra personalidad. Es por eso que la infancia tiene tanta importancia en la educación, para que desde pequeños vayamos asimilando lo que está bien y lo que no lo es tanto. Mi infancia también me enseñó que ser víctima no es una circunstancia que te deje libre de convertirte en victimario, es más, me atrevería a decir que entre la infancia sumarse al grupo de victimarios es una estrategia muy recurrente para evitar ser el objeto a acosar por el grupo predominante que existe en todos los colegios infantiles.

Nuestra obligación es la de enseñarles a nuestros menores que las diferencias minoritarias merecen la misma consideración que cualquier otro estereotipo y que la violencia no solo se viste de agresión física, que los verbos también pueden hacernos vivir dolorosas experiencias. Como la relatada hace unos días por una escuchante en el programa de radio matinal de la Cadena SER, en el que contaba que desde niña había sufrido acoso en el colegio por su condición de obesa, un comentario que me invitó a ponerle toda la atención.

La mujer decía que siempre había sufrido menosprecio y burla por sus kilos de más, y que descubrir que su hija también padecía los mismos propósitos de ponerla en ridículo por parte de otros niños fue lo que le hizo decidirse por seguir una dieta y perder peso. Un día la niña le pidió que no le acompañara al colegio porque otros niños le dedicaban insultos y se reían de ella gritándole que su madre era una gorda. Quiso evitarle el atosigamiento y con esfuerzo consiguió perder 46 kilos, lo que dejó sin fundamentos a los niños acosadores. Sin embargo, la pérdida de peso de su madre no significó una paz duradera para la menor, pues poco tiempo después la excusa cambiaría de color. Dejaron de castigarla porque su madre era gorda y comenzaron a utilizar el origen magrebí de su padre para tratar de ridiculizarla con frases como: ¡tu padre es moro! o ¡hueles a moro!

No debemos olvidar que a la escuela se va a aprender y que la verdadera educación tiene su sitio en la familia, en nuestros hogares. Es ahí donde las enseñanzas prioritarias deben ir dirigidas a que prevalezca el respeto hacia los demás e inculcarles a nuestros menores que la mayoría de estas características personales que nos hacen diferentes tienen remedio, que lo que no tiene cura es la estupidez humana, aunque no sea algo que se muestre a simple vista.


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