viernes, 21 de septiembre de 2012

Sátiras y violencia

¡Qué difícil resulta el entendimiento! Ni siquiera cuando el respeto mutuo sirve de paño donde depositar las buenas intenciones entre pensamientos distintos se puede dar por seguro que el éxito será el fruto frente al fracaso en este espinoso campo de la concordia. El derecho a respetar y ser respetado es tan frágil que siempre anda por el filo de la navaja. No basta con ser bien intencionado y tratar de no provocar al que piensa diferente, es necesario hasta autoconvencerse de que el irrespetado no es uno mismo al legitimar los derechos y libertades del otro. Será porque al universalizar los derechos se cae en el error ambiguo de que ningún derecho es legítimo por encima de los demás. Esto es que nunca todos a la vez podremos disfrutar de la facultad de exigir todo lo que las leyes establecen a nuestro favor. Siempre quedará alguien injustamente ultrajado en sus libertades en beneficio de otros.

No me gustaría que me identificaran como un islamofóbico, caerían en el error. Para mi humilde pensamiento todas las religiones quedan catalogadas de la misma manera, son culpables en parte del mal entendimiento entre los seres humanos, creadoras del distanciamiento entre culturas y ejemplo claro de la contradicción. Todas llaman al entendimiento y respeto pero ninguna cede sus privilegios ante las demás.

No obstante, quizás debería de ser más explícito para no herir la sensibilidad de los creyentes, hacia los que siempre me mostraré respetuoso. Porque si es verdad que son ellos los que mantienen viva la existencia de los dioses, también lo es que la fe está siempre dispuesta al albedrío de los líderes religiosos. Esto deja a los feligreses entre los no culpables, la fe es una cuestión y las religiones manipuladoras de conciencias son otra.

Podría haber escogido otro tema diferente para ejemplarizar la falta de respeto o provocación y la violencia que a veces trae consigo como respuesta, aunque la actualidad casi obliga a decantarse por este asunto, el de la libertad de expresión que defienden unos y el de las protestas de creyentes musulmanes por sentirse ofendidos. Así que, apoyado en la experiencia y la educación recibida, les pondré un ejemplo también con la religión de por medio. No sabría decir si alguna vez mi padre creyó en divinidades o profesó doctrina religiosa. Supongo que le ocurriría como a muchos, incluido yo. La iría abandonando al tiempo que la descubría. Lo cierto es que, de una manera y de otra, siempre fue respetuoso con los creyentes, no era cuestión de defender los pensamientos propios frente a los de otros, se trataba de respeto hacia los demás. Esas eran las conclusiones que yo sacaba de sus asistencias silenciosas o desapercibidas cuando acudía a la iglesia del pueblo en la despedida de algún ser querido. Algunos como él que no compartían creencias se agrupaban en silencio al final de la parroquia, mostrando respeto máximo por los difuntos y sus familiares. No existía ofensa, solo generosidad.

Generosidad, con mayúscula, así definiría en qué consiste el respeto. Jamás podría existir entendimiento si no hay respeto, ni respetuosidad sin ser generoso. Es necesario ir en parte en contra de uno mismo, ceder en las libertades en favor de otros para no agraviar en la defensa de nuestros derechos. Siempre se encuentra una fórmula para nuestra libertad de expresión sin tener que caer en la provocación y falta de respeto a otros, así como el ofendido tiene que entender que el derecho a expresarse es una propiedad legítima por encima de las creencias, contra la que no cabe la violencia.

Posiblemente  resulte complicada esta reflexión para algunos, pero asimismo es la propia naturaleza del ser humano, pura complicación. Por lo que a veces es mejor no hacer caso a palabras necias, así como en otras es aconsejable cerrar la boca y pensar que lo que se vaya a decir puede significar otro tipo de violencia.



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