domingo, 2 de septiembre de 2012

La iniquidad vengativa

No crean que soy un informal, me esmero con esfuerzo hasta por no aparentarlo siquiera. Es lo que habrán pensado de mi algunos de mis seguidores, que no soy constante o que dejé por abandonada la aventura de escribir en este cuaderno de bitágora casi recién comenzado, pero no fue así, existieron sus razones. El último de mis libros me adsorbió demasiado tiempo y no me permitió separarme de él hasta concluirlo, lo que me ha dejado un triple sentimiento como regalo, el de satisfacción, el del deber cumplido y el de libertad. En la nueva etapa, y mientras voy dando forma al nuevo proyecto literario, espero dedicarle a ¡Cúbreme la espalda! la atención que se merece, o por lo menos la que pensé otorgarle en su tiempo, cuando lo ideé.

Después de visitar a mi anciana madre, en esta mañana soleada del primer domingo de septiembre he cumplido con la ya casi obligada parada a la hora del aperitivo. Una cerveza fresquita sin alcohol y una tapa con interrogación que amablemente nos invitan en San Lorenzo, no en la iglesia, en ella solo bebe el cura, en el bar del mismo nombre situado al costado sur de la parroquia. Digo con interrogación porque nunca se sabe en qué consistirá el pincho que acompañan con la bebida. Hoy tocó paella. Diego, el camarero, no pregunta si apetece o no, ni entra a valorar si los carbohidratos pueden resultar desaconsejables para los índices elevados de glucemia, como ocurre en mi caso. Yo tampoco entré ni a valorarlo ni a rechazar el platillo, mucho menos después de lo apetitosa que se presentaba la tapa ante mis sentidos.

Seguidamente, y entre las primeras embestidas que yo acometía al amarillento arroz, el joven barman puso ante mí sobre la barra del bar un portafolios y un bolígrafo. - ¿Esto qué es?- le pregunté, al tiempo que reconocía fotografiadas en el papel la cara de los dos hermanos desaparecidos en Córdoba, Ruth y José. Se trataba de un manifiesto con firmas para solicitar la cadena perpetua para el padre, José Bretón, a quien los familiares de la madre culpan de su desaparición y últimamente de asesinarlos y quemar sus cuerpos en una finca familiar. La cadena perpetua no se contempla en el código penal español, lo que sugiere que pretenden cambiarlo para que el supuesto asesino pague la pena máxima. Pero digo supuesto, porque hasta que no se demuestre lo contrario y salgan a la luz pruebas fiables que lo certifiquen no se puede culpar a nadie por los indicios que aparenten o por la presión popular que se alienta desde la familia materna.


Desde el 8 de octubre del 2011, día en que el padre denunció la perdida de los niños en un parque de la ciudad, el acoso constante no se queda sobre el presunto asesino, también lo sufre su familia, sus ancianos padres, sus hermanos y los hijos de estos que han sido igualmente perseguidos, insultados, hasta golpeados por jaurías furiosas incontroladas y alentadas por la familia de la madre, una mártir casi novelesca que se configura en la cara amable y victimoza en este triste y cruel caso. No voy a discutir ni a poner en entredicho el dolor de madre de Ruth Ortíz, de la que parece quiso vengarse su ex-marido José Bretón haciendo desaparecer a los niños, sin embargo, la justicia no se imparte al albedrío de cada cual y mientras ésta no se pronuncie todo queda en la presunción de inocencia, por más dolor que a veces nos cueste o provoque.

Yo no firmé el manifiesto, me negué por varias razones. Una de ellas porque la justicia no se imparte en caliente y sin pruebas definitivas, influenciado por el dolor y la sed de venganza; otra porque no es aconsejable cambiar el código cada vez que nos mueva el sensacionalismo de un caso; la tercera se apoya en un sentimiento de rechazo hacia la familia de la madre, no por pedir castigo hacia el culpable de la desaparición de los niños, sino por tomarse la justicia por sus manos, acosando, persiguiendo y golpeando a familiares del presunto asesino que no son culpables de nada y que a su vez se han convertido en víctimas de los vengadores. Por la misma razón que censuro al padre, si se demuestra por fin que así fue, por utilizar a los niños buscando la venganza contra la madre, también la censuro a ella por permitir y propiciar que a otros niños, sus sobrinos hijos de la hermana de Bretón, hayan tenido que llevárselos de la ciudad para que no sufran el acoso y los insultos de una jauría sedienta de venganza que ella misma ha promovido con su también delirio vengativo. Los niños no son moneda de cambio para nuestras maldades, deben quedar al margen de las desventuras.


http://www.lasextanoticias.com/videos/ver/acoso_a_los_breton/632703
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