lunes, 2 de mayo de 2011

Demencias dictatoriales

La multitud de gente a un lado y a otro de la carretera esperaba expectante la comitiva que se anunciaba con poca antelación. Todos los habitantes del pueblo se alinearon al borde de la calzada para ver pasar al dictador, unos con admiración, los menos, y la mayoría con el alma recomida por tanta represión padecida. No habían banderitas nacionales para agitar a modo de reconocimiento al gobernante, para no haber no había ni qué llevarse a la boca con que aplacar a las tripas que, como fieras, rugían en los estómagos de los asistentes.

Tampoco hicieron mucha falta las banderitas rojas y gualdas, en el sur somos muy expresivos y rápido echamos mano de las palmas para ovacionar el reconocimiento. Todo el pueblo preparado para el recibimiento, al estilo de Bienvenido, Mister Marshall, como si el mismísimo Luís García Berlanga hubiera dirigido la puesta en escena. Alguien comenzaba a aplaudir y automáticamente el gentío se alborotaba, con sus palmas al aire y el cuello estirado tratando de saciar su curiosidad. El mismo arranque se dio varias veces, hasta que en uno de ellos comenzaron a divisarse a lo lejos de la carretera los primeros coches negros con la banderita oficial, hondeando sus colores y el águila de San Juan como escudo.

De pronto, los gritos de ¡Franco, Franco! Se mezclaron con los aplausos y con un inesperado sonido no menos sorpresivo que el intruso sobre ruedas que aparecía a lo lejos. El tintinear de campanilla anunciaba la inminente llegada del tren por el paso a nivel que cortaba la carretera y atravesaba el pueblo. La comitiva se detuvo al otro lado de las vías esperando que se levantaran las barreras tras el paso del ferrocarril. Después, todo transcurrió muy rápido, tras el tren fue la caravana la que desfiló ante todos, con sus cristales opacos subidos y sin dejar ni siquiera intuir en cuál de ellos viajaba el dictador.

Fue la vez que más cerca estuve del militar gobernante, y tengo mis dudas si fue antes o después de mi primera comunión. Sin embargo, la época del año la intuyo por los pantaloncitos cortos que llevaba puestos. También quiero recordar que fue por aquellos días en los que oí que Franco tenía en su dormitorio la mano incorrupta de Santa Teresa, una noticia que me causó tantas dudas como miedo. ¿Para qué querría Franco la mano de una muerta en su alcoba? No encontraba respuesta para tanta extrañeza.

Pasado el tiempo sí saqué mis conclusiones sobre el fetiche embalsamado. El culto al miembro-objeto buscando la protección a sus temores o la gracia otorgada desde el más allá que cumpliera sus deseos... Es difícil de entender qué esperaba de la mano de la difunta religiosa el malvado personaje, ¿talvez limpiar su conciencia?

Es curioso comprobar cómo estos personajes, tan siniestros y temibles para con sus iguales y ciudadanos, tienen que entregar sus debilidades al fetichismo demencial, tratando de proteger su miedoso y miserable espíritu.



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